Visiones contrastantes

En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida. Me vi extraviado y confundido en la oscuridad de un posmodernismo que ofrece diversas visiones del mundo y de la sociedad, todas plagadas de incoherencias y contradicciones, todas repletas de abstracciones y vagos ideales, ninguna enraizada en la realidad. En medio de esa oscuridad encontré a un inesperado guía, Dante Alighieri, el gran poeta florentino. En un principio dudé que semejante guía podría ayudarme, pues ¿cómo habría de sacarme de la oscuridad un hijo del oscurantismo? Soy, me guste o no, heredero de la Ilustración y, por tanto, estoy lleno de ignorantes prejuicios, y mis ojos, acostumbrados a la tenue luz del siglo de las Luces, se ven cegados por la deslumbrante luz del medioevo, a la que confunden, en su estéril arrogancia, con oscuridad. Así como yo, el lector contemporáneo de Dante enfrenta varias dificultades para entender y valorar su gran Comedia. Por un lado, la educación moderna, con su énfasis en las disciplinas tecnológico-científicas, nos ha dejado ignorantes de aquellas otras disciplinas que nos permiten entendernos a nosotros mismos, aquellas que por algo se denominan humanidades: la historia, la filosofía, la literatura, el arte, la teología. Nos ha sido negada la sabiduría necesaria para poder participar, siquiera de forma imperfecta, de la visión de Dante. Está también el problema, quizá causado por lo anterior, de que la Comedia generalmente se lee de forma meramente superficial. En todas las escuelas se lee la primera parte de la Divina Comedia, el Infierno. Existe una fascinación con esa parte del poema que raya en el morbo. Uno se deleita en leer los tormentos que Dante ha imaginado para los condenados. Pero el infierno es una tercera parte de la Comedia. Las dos partes restantes, el Purgatorio y el Paraíso, son igual de importantes, si no es que más importante que la primera.

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El Bosco, Jardín de las delicias, 1490–1500, Museo Nacional del Prado, Madrid

Y ciertamente no se puede entender lo que Dante buscaba comunicar si se les excluye de la lectura. Pero hay un problema aún más profundo. El lector contemporáneo vive, se mueve y tiene su ser en un ambiente intelectual antitético al de Alighieri. La cosmovisión moderna (y posmoderna) es la negación de la cosmovisión medieval. Esto es lo que me mostró Dante. Para poder entenderlo, sin embargo, hay que seguirlo en una travesía semejante a la suya. Una travesía que es necesariamente purgativa. Dime, estimado lector, si estas visiones no coinciden con la forma en que tú entiendes el mundo: infinidad de partículas entrando y saliendo de forma azarosa, violentamente empujadas por la fuerza de la gravedad a conglomerarse en compuestos más complejos, formando la materia inerte del mundo. Millares y millares de organismos mutando aleatoriamente, sin dirección ni sentido, la mayoría muriendo, la minoría sobreviviendo; luego son empujados por una fuerza selectiva a continuar su camino sin rumbo ni destino. Millones de organismos con cerebros más avanzados, obligados por los impulsos eléctricos de su sistema nervioso a maximizar el placer y minimizar el dolor, enfrascados en guerra perpetua, cuyas vidas pasan de ser duras, cortas y miserables bajo la constante amenaza de violencia por parte de los demás, a ser duras, cortas y miserables bajo el monopolio de la violencia del monarca que se erige sobre ellos. Miles de millones de esos mismos organismos en conflicto continuo de intereses materiales, “compitiendo” por acaparar más y más, domados por las inmutables leyes de la oferta y la demanda. ¿Qué cosmovisión es la que representan estas ideas? La respuesta es simple: desorden, anarquía y conflicto, un mundo carente de lógica intrínseca. El orden impuesto desde afuera por la fuerza y la violencia. Si las cosas no tienen una esencia propia, si carecen de una naturaleza, lo que son sólo les puede ser impuesto de forma arbitraria. El mundo como materia prima sujeta a nuestra manipulación. Un mundo en cuyo origen está la irracionalidad, “en el principio era el caos.”

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Dante Alighieri, Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2015

Esto, para Dante, es lo que caracteriza al infierno. El que vive (o muere) aquí pierde toda esperanza. En esta árida y helada parodia del mundo reina el que en su soberbia se rebeló contra el orden divino. Y bajo su yugo viven, por toda la eternidad, los pecadores, pues pecar es entregarse libremente a la irracionalidad. Sigamos ahora a Dante y veamos, sin prejuicios, el mundo en el que él vivió y dejemos que esta visión nos purifique de nuestras ideas preconcebidas. Su mundo era un mundo con sombras, sin duda, pero también con brillantes luces: el mundo que erigió las gloriosas catedrales góticas; que produjo los Cuentos de Canterbury, la Chanson de Roland, el Cantar del Mío Cid; el mundo en el que nacieron las grandes universidades y que dio luz a las Sentencias de Pedro Lombardo y la Summa Theologiae de Tomás de Aquino; el mundo que nos legó el canto gregoriano y las Cantigas de Santa María. Un mundo, pues, en que la belleza tenía un lugar de honor, como lo atestigua hasta nuestros días cualquier aldea medieval. Con eso en mente, dejémonos purgar contemplando su belleza, por ejemplo, la del arcoíris de la Sainte-Chapelle. Si procedo ahora a describir la cosmovisión medieval no es para presentar un mero artefacto histórico, una curiosidad que pertenece en un museo o una reliquia de una era supersticiosa. Lo que Dante nos expresa es, en las palabras de Paul Claudel, “una realidad sagrada.” Dante escribió su obra magistral para expresar la verdad acerca del mundo. Su vocación es desvelarnos la realidad más profunda del cosmos. En la Divina Comedia culminó su misión. Tan es así que poco después de concluirla, murió. Iniciemos, pues, la última etapa de nuestro viaje. Ascendamos con Dante a las esferas celestiales. Lo que aparece ante nuestros ojos aquí es lo contrario de lo que vimos en el infierno. Aquí impera la armonía y la recta relación, es decir, el bien común. Las almas de los bienaventurados se mueven en una danza cósmica y su canto, unido al de los coros angelicales, es una gran sinfonía. Dante, como buen hombre medieval, presupone un orden racional que permea a toda la realidad: “en el principio era la Palabra.” Ese orden se encuentra de forma perfecta en el Paraíso, pero el deber del ser humano es conformar su vida y la de su sociedad a aquel orden en el aquí y el ahora. El hombre debe participar ya en esta vida, de forma imperfecta pero real, de esa gran danza celeste. Si Dante fulmina con palabras de imprecación a su amada Florencia, es porque ésta ha preferido la irracionalidad de sus pasiones infernales a la paz racional del orden celestial. Dante juzga a monarcas y papas, a personas y ciudades, a su sociedad entera a la luz del orden que impera en el cielo. Déjate arrebatar, junto con Dante en extática visión, hasta que tu amor y tu deseo también se vean movidos por el “amor que al sol mueve y las estrellas” y juzga ahora cuál de las visiones prefieres.

Autor

  • Ingeniero en Computación por el ITAM, Maestro y Doctor en Ingeniería Industrial por la Universidad de Auburn. Casado y con tres hijos. Amante del bien, la verdad y la belleza. Ingeniero profesional de día y filósofo amateur de noche. Discípulo de Santo Tomás y de G.K. Chesterton. "Defender cualquiera de las virtudes cardinales conlleva, hoy en día, la misma emoción que entregarse a uno de los vicios" --G.K. Chesterton.

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