Ver y oír

La visión es mucho más rápida que la palabra. Esa frase no es mía, ni tampoco de Clarice, pero ella la escribió. La pongo así, desnuda, sin esas comillas estorbosas y artificiales, para intentar comprobar su verdad. ¿Qué vemos antes de digerir las palabras? ¿Qué vemos antes de descifrar las letras y procesar los significados? Nada. O todo, responde Juana, la mujer que es escrita por Clarice, la mujer que ve y oye todo, que ve y oye nada. Muchos pueden ser los temas de la obra de esta escritora brasileña: el amor, la soledad, la eternidad, la ausencia de Dios, la alegría, la tristeza, el cuerpo transparente e impenetrable de la mujer… pero uno solo es el tema de la obra de esta escritora brasileña: el lenguaje. Me atreveré, tentativamente, a agregar: el problema del lenguaje. Luego, con la proposición 6.521 de Wittgenstein, a la velocidad del rayo, haré que se esfume el problema: “La solución del problema de la vida se nota en la desaparición de ese problema.” Algo se resuelve cuando terminas de leer Cerca del corazón salvaje, de eso no cabe la menor duda, pero entonces, ¿qué es ese algo si el lenguaje sigue ahí después de la resolución? ¿Será que no había problema o que no sabemos siquiera cómo plantear la pregunta? ¿Será que, como el problema es la vida misma, no lo podemos hacer desaparecer más que muriendo? Temo estarte confundiendo, así que intentaré pulir mis palabras. Dame otra oportunidad y empezaré de nuevo: comenzaré con la visión, transitaré a la audición y terminaré en lo que yace más allá de toda visión y toda audición.

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Mijaíl Vrúbel, Lila, 1900, Moscú, Galería Estatal Tretiakov

Juana es una niña a quien se le muere el papá. Se va a vivir con la tía gorda que la asfixia con su gordura, la empapa con sus lágrimas y provoca que salga corriendo y vomite en el mar. Luego la mandan a un internado y ahí aparece el profesor. Juana le confiesa al profesor que se siente fea, Juana quiere llorar, Juana quiere salir corriendo, otra vez salir corriendo, pero antes tiene que ver, antes tiene que descubrir algo: “Las cosas habían estado ocultas hasta entonces y ahora se aproximaban, la cercaban, brillando en la penumbra del crepúsculo…” Cuando uno ve, las contradicciones aparentes de las ideas se derriten como la cera de una vela que alguien ha dejado encendida: brillando en la penumbra, brillando en la penumbra. Cuando uno ve, la separación entre las cosas y las ideas estalla como un cohetón en medio de la noche: “la visión consistía en sorprender el símbolo de las cosas en las propias cosas”. ¿Qué es un símbolo que no simboliza nada? Una nota garabateada por Juana, que su esposo Octavio encuentra metida en las páginas de un libro de Spinoza, nos revela con claridad mística que, cuando la visión es depurada de la carga de los pensamientos, esta se convierte en sonido, en música: “La belleza de las palabras: naturaleza abstracta de Dios. Es como oír a Bach.” Y la música es un símbolo que no simboliza nada. Pero las preguntas persisten, por más que ahora Juana las escuche en vez de que las vea. Porque Juana es feliz, por momentos eternos que resuenan como la profundidad del mar, pero también es infeliz, durante horas, minutos, instantes, eternidades.

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Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje, España, Siruela, 2018

Las preguntas persisten: ¿por qué se casó con Octavio? ¿Por qué le arrojó el libro al anciano ese? ¿Por qué le entrega su cuerpo al hombre anónimo que la persigue sin decir una palabra? Y (perdón por las comillas y los paréntesis que aprisionan esta disculpa): “¿Por qué surgen en mí esas sedes extrañas?”, se pregunta Juana y, unas páginas después, se pregunta lo mismo pero ahora por medio de una afirmación: “Lo que deseo todavía no tiene nombre”. Ahora nos enfrentamos, pues, a una sed extraña, un deseo sin nombre, una música muda que impulsa a Juana a vivir o a dejarse vivir. Y esta es la historia de Juana, historia que puede ser leída bajo la lente deformadora del feminismo o bajo la mirada enturbiada de la razón; da lo mismo desde dónde la tergiversemos. Cualquiera de esas negaciones nos priva de la capacidad de ver lo esencial, de oír eso que durante un brevísimo destello se nos revela detrás de la nube del no saber: “el centro luminoso de las cosas, la afirmación durmiendo debajo de todo, la armonía existente bajo lo que no entendía.” Luz, afirmación y armonía son las cosas que se nos ocultan cuando no entendemos, cuando no vemos, cuando no escuchamos. Nuestras mentes embotadas claman a gritos por respuestas “claras y distintas” y lo único que reciben, igual que aquellos ignorantes pescadores judíos, es un enigma disfrazado de regaño y de profecía: “Por mucho que miren, no verán, por mucho que oigan, no escucharán”. Y al final, después de ver y oír, Juana se sube a un barco. Al final, liberada del peso de las palabras, Juana emprende el viaje.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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