Variaciones sobre un tema erótico

La lectura de los versos con los que Godofredo de Estrasburgo inmortalizó los amores de Tristán e Isolda sugirió una empresa condenada al fracaso: reordenar el lirismo de acuerdo al método científico, disolver el tejido simbólico con análisis estructural, descodificar los desgarros imbricados en la disposición silábica… sin arriesgarse a sufrir el destino de Tristán, levantar un soberbio monumento intelectual. Y es que pueden escribirse tratados kilométricos, opúsculos minimalistas, manifiestos candorosos, discusiones más o menos eruditas, pero nada de eso bastaría para encuadrar con finura los sutiles claroscuros del amor erótico. Hace falta experimentarlo para siquiera entender de qué se trata, intentar expresarlo y atisbar apenas destellos, chispas, fulgores –con las consabidas notas sublimes, excepcionales y perversas–.

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Jean Auguste Dominicque Ingres, Ruger salva a Angélica, 1819, París, Museo del Louvre

Para evitar encallar en la esterilidad erudita, lo más conveniente es adentrarse en la fronda de recuerdos (Minne, Erinnerung, Gedächtnistrank), asombrarse con los claros de luz que salgan al paso. En esta cuestión, como pensaba el escritor Antonio Alatorre, son preferibles las conversaciones en que se habla de lo bonito de unos versos, de lo emocionante de una novela, del decepcionante desenlace de un cuento, a “los productos de cerebros robotizados en que la impresión producida por una obra literaria, su resonancia íntima, ha sido escrupulosamente raspada”.

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Tienes siete años. Desde la cama admiras los reflejos matinales que las ramas proyectan en la pared. Te levantas adormilado y contemplas el brillante desplegado de azules, múrices y escarlatas en el horizonte. Ciertos prodigios, ahora perfectamente desencantados, conforman entonces referentes necesarios: los gorriones callejeros, las flores de jacaranda, el pasto llovido, el musgo en la piedra volcánica… pero sobre todo las jacarandas. Es lo que mejor recuerdas. Cuando llegas al colegio ocurre la escisión primigenia: separado del líquido amniótico has quedado a merced de un montón de extraños. Es probable que todos los futuros abandonos, con esa mezcla abrumadora de soledad y perplejidad, no sean más que una variación de este rompimiento original.

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Gottfried von Strassburg, Tristan und Isolde, Alemania, Insel, 1991

Todo lo demás es rutinario, perfectamente olvidable, hasta que divisas una presencia auroral entre sombras espectrales: la sonrisa milagrosa, el brillo vestal en la mirada, los tiernos hoyuelos en las mejillas, la cascada solar de su cabello (Isot, Isot la blonde, merveille de tout le monde…). Experimentas la misma revelación de Tristán e Isolda tras beber el filtro. Traslumbramiento: el presente resulta mucho más complejo, lleno de matices y se disfruta de otro modo: como cuando imaginas, gracias a las descripciones de Godofredo de Estrasburgo, la sala del rey Gurmun, con nervaduras, doseles y arquivoltas; arabescos, candelabros y medallones; arpas joviales, brocados púrpura, cinturones de seda, vestidos cubiertos de ágatas, jacintos y zafiros; y, en el centro, superando el abismo de claridades, Isolda la Rubia. Y ese momento procura un placer tan fascinante, tan embriagante, que, con el pasar de los años, vuelves cada vez más temerario a buscarlo. ¿Cuántos embelesos, cuántas pasiones y enamoramientos, cuántos delirios y juegos pasionales, cuántas oleadas de deseo todos estos años? Recuerdas las niñas que idealizaste en la infancia, las chicas que amaste de joven, las mujeres que quisiste ya hombre, cada una diferente de las demás, delgadas unas y otras rellenas, intelectuales y atléticas, nostálgicas y temperamentales, pero lo más importante era la llama diáfana de la identidad que las hacía insustituibles (Isold la belle | Isold aux blanches mains).

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Entras al Museo Estatal Ruso en San Petersburgo para refugiarte de una ventisca que aguijonea tu rostro sin misericordia. En medio de grupos taciturnos, te distrae una escultura de Venus desanudando los listones de su zapatilla. El efecto lumínico del mármol confiere a la escultura una claridad inaudita en la penumbra (man wird innerlicher ohne Sonne). Más aún que las caderas frondosas, los muslos torneados o el triángulo del pubis, ese grácil ademán con el que la figura se despoja de la prenda restante es lo que más te gusta. La perspectiva de que, una vez liberada de la zapatilla, la encontrarás en el lecho, en duermevela sensual, con las turgencias en floración, te imanta el cuerpo hasta volverlo brasa. Ante ese pedazo de mármol inerte, te sientes como Spinell en Tristan de Thomas Mann: un escritor que prefiere mirar a una mujer de reojo (mit einem halben Blick) para idealizarla después. De fondo escuchas “Isoldes Liebestod” de Franz Liszt, interpretada por unos jóvenes ensayando para un recital. La sensualidad abrumadora del piano no hace más que desarticularte del espacio, aislando el espíritu de modo que, cuando te das cuenta, las emociones han trocado ya la escultura satinada en una reverberación del mundo evanescido de la niñez (Blonde, aux yeux noirs, en ses habits anciens/ Que dans une autre existence peut-être/ J’ai déjà vue, et dont je me souviens…)

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Cierta mañana, pasadas las negras tormentas de la juventud, te despiertas en la penumbra de otro amanecer nevado, con una tenue luz invernal penetrando en el dormitorio… no divisas jacarandas ni ramas de árboles en la pared, pero ahí está el rostro de una mujer vuelto hacia ti, los ojos cerrados, aún profundamente dormida, las mantas subidas hasta el cuello, asomando únicamente la cabeza, y te maravilla lo preciosa que está, lo joven que parece, incluso ahora, varios años después de la primera vez que te acostaste con ella (dâ was doch man bî wîbe, sô was ouch wîp bî manne: wes bedorften si danne?). No es sólo la ternura con la que la miras; es esa clase de amor que estimula el tacto y los sentidos. Es algo envidiable, difícil y, por desgracia, frágil y perecedero (dûze amîe, bêle Îsôt, gebietet mir und küsset mich!)

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Como pensaba Denis de Rougemont, el gran hallazgo de los poetas europeos es el amor recíproco desgraciado. El amor erótico termina siempre con la muerte o la separación. Llegará el día en que, bajo la evocación de un nombre, sólo habrá una herida supurante, una ventana clausurada, una presencia insuperable (waz mac ouch liebe nâher gân/ dan zwîvel und arcwân). La vida era luminosa y el mundo acogedor porque el otro era único e indispensable. Tristán era más fuerte y más noble, más osado en sus empresas, porque estaba Isolda. Es posible que, después de la partida de Tristán, Isolda rehaga su vida de forma sensata con Mark. Tristán se rehúsa a entenderlo: contra lo que venga, sigue siendo fiel a Isolda y no para de preguntarse cómo vivirá ella al otro lado del mar, no entiende cómo podría ella seguir sin él, si ellos habían hablado tanto de Dido, Cánace y Filis. Aferrado a un manojo de recuerdos marchitos, Tristán está condenado a vivir bajo el sol negro de la melancolía. Bajo su paso doliente cruje la hojarasca, dejando tras de sí memorias derramadas. La perspectiva de Isolda no promete armonías menos sombrías: con la edad, el desdoro de la vida rutinaria terminará por exigir una nueva pasión clandestina, como el fugaz idilio entre Spinell y la señora Klöterjahn: plenamente humano, perfeccionado por la conciencia de muerte.

Autor

  • Actualmente cursa el doctorado en Filosofía política en la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, donde también realizó sus estudios de maestría. Es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y cuenta con estudios en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM. "—¿Qué es más precioso que el oro? —preguntó el rey. —La luz —contestó la serpiente. —¿Qué es más reconfortante que la luz? —preguntó aquél. —La conversación —respondió aquélla." - Johann Wolfgang von Goethe

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