Toda una vida vagando

Abel vive en un faro con su viejo padre y su madre alcohólica. Se pasea por el muelle viendo los barcos que descargan sus productos en el muelle. A veces se sube a una lancha y rema sin rumbo definido, a veces hace travesuras junto con Olga, de la que siempre permanecerá enamorado. Su madre muere. Él se va a Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, trabaja en una serrería, estudia para ser marinero, abandona los estudios, se casa y tiene un hijo, y luego regresa a su pueblito en Noruega, a orillas del mar. Su padre muere y se va a vivir a un cobertizo viejo y polvoriento. Abel va y viene, como los barcos que descargan sus productos en el muelle. Nadie sabe por qué lo hace, por qué abandona todo y luego regresa, como si nada hubiera pasado. La gente lo mira y se pregunta cuándo sentará cabeza, cuándo se convertirá en alguien por fin. Oportunidades de trabajo no le faltan; mujeres, tampoco: una noche, hasta Olga se le entrega en ese cobertizo viejo y polvoriento. ¿Por qué vive así Abel? ¿De qué huye? Cuando vemos nuestras vidas en forma de historia, como un montón de oraciones impresas en torres de papel destinado a la basura, muchas preguntas parecen no tener una respuesta clara. El sentido de nuestras acciones se nos escapa, se oculta, se niega a dar la cara. ¿Por qué hice esto y no aquello? ¿Por qué acabé estudiando una carrera que ni me gustó ni me ha abierto todas esas puertas que tanto me prometieron? ¿Qué carajos hago ahora, encerrado en mi casa, con los mismos shorts y la misma playera de hace dos días, escribiendo sobre un sujeto que va y viene sin razón?

Peter Balke, Stormy Sea with Sailing Shipin Distress, est. 1860. Extraído de: https://daxermarschall.com/en/portfolio-view/peter-balke-stormy-sea-with-sailing-ship-in-distress-1860s/

La historia de Abel, que Hamsun nos narra de manera parca y directa, parece no dar ninguna respuesta. Quizá un lector atento encuentre algunos destellos de claridad en los diálogos casuales de los personajes, como cuando Abel le dice a Olga que nunca la ha intentado retener, pues: “No hay manera de retenerte. Eres como esa luz eléctrica del techo. Es un fuego creado únicamente para los ojos, para la visión. Dará algo de calor también, pero no como una estufa”. Con el avance de la tecnología y el dominio cada vez más acelerado sobre lo material, la vida se vuelve más fácil, más eficiente. La vida se vuelve, también, mucho menos disfrutable. Tal vez eso quiere expresar este escritor antimoderno con su estilo escueto de narrar, tal vez eso mueve a Abel a huir, tal vez eso me motivó a tomar tantas decisiones extremas de las que al día siguiente me arrepentí. ¿Quién sabe? Al final lo único que tenemos es literatura.

Knut Hamsun, El círculo se ha cerrado, España, Nórdica, 2017

El círculo se ha cerrado es la última novela que escribió Hamsun y en ella parece ilustrar, con toda la maestría de su prosa, el ideal del vagabundo por voluntad propia, del hombre que ha alcanzado la trascendencia en la ascesis cotidiana de una vida absolutamente simple. De la edición de Nórdica no me gustó la traducción, ni del título, que en el noruego original es de sólo dos palabras: Ringen sluttet, ni del lenguaje en general, que puede parecer algo acartonado. Recomiendo la Trilogía del vagabundo como mejor opción para aproximarse a la obra del noruego ganador del Nobel. En estas novelas se pueden encontrar más respuestas que en El círculo se ha cerrado, aunque se trate de respuestas que no satisfacen a un lector superficial, acostumbrado a la cultura de lo instantáneo y la salida fácil. El personaje sin nombre que se va a vivir al bosque en La última alegría, por ejemplo, podrá iluminarnos respecto a la pregunta de la eternidad, única pregunta que vale la pena hacerse en esta vida: “La eternidad”, dice sucintamente el protagonista sin nombre de esta novela, “no es más que tiempo aún no creado; nada más, tiempo aún no creado” …

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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