Tiempos aburridos

Encontré el libro hace años en la puerta del departamento. Estaba en una caja junto a otras cosas viejas y hubiera tirado todo si uno de mis roomies no me hubiera dicho: “quédate con ese, Papini es bueno”. El tomo estaba deshojándose. La portada estaba forrada con una tela naranja y mohosa que llevaba por título tres letras: “GOG”. Olía a biblioteca y ceniza, pero aún así cometí el error de guardarlo. Más grave fue también haberlo leído.

Papini recupera los escritos fragmentarios de un millonario sin escrúpulos, diabólico, llamado Gog. En ellos conocemos las vivencias que su dinero le permite: sentarse a platicar con Henry Ford, Einstein, Freud, Ghandi, Edison, Lenin, etc., burlarse de un caníbal vegetariano, contratar a místicos charlatanes para que le hagan un “milagrito”, hacerse de una colección de gigantes, sosias y corazones de cerdo, construir una fortaleza en medio de la nada y un santuario ecológico amurallado en medio de Nueva York y disponer de múltiples recintos religiosos en el patio de su casa. Toda excentricidad ha sido superada por Gog. Sus interlocutores son desdichados movidos por el dinero, la ambición y la conveniencia. Se trata de gorrones y charlatanes dispuestos a desnudar su supuesta intimidad ––poética, científica, espiritual–– frente a un “hombre de éxito”. El punto de partida de estos encuentros es, llanamente, el aburrimiento crónico. Este veneno ha hecho de sus vidas un tragamonedas a la espera de un pico de excitación, del premio mayor y el éxito rotundo, de ser la trascendencia o redención del mundo y la naturaleza: en dos palabras, puras tonterías. ¿Qué es todo esto sino un sucio espejo en el que uno preferiría no verse? Después de tantos adelantos tecnológicos y de la extensión de una desquiciada industria del entretenimiento que se ha encargado de trivializar al ser humano, seguimos tanto o más aburridos que cuando se publicó este libro, en 1931. Veámonos en este cristal mediante cuatro breves citas:

«No tengo todavía una religión a mi modo y no me atrevo a decir, hasta hoy, cuál será la divinidad que más me conviene». Gog, reconoce que algún valor hay en las religiones (si hay tantas, algo han de tener) y decide explorarlas todas. Derrocha sus dólares para construirse sus propios recintos ––budista, musulmán, hinduista, pagano, zoroastrista (a hacer uno cristiano no se atreve) –– mas ninguno mueve su espíritu. Ha probado cuantas ideas trascendentales puede, como el hombre de hoy, y ninguna le ha sentado bien. Le convendrá pues, vivir sin ello o conformarse a interpretarlo desde fuera, como el científico que no es el objeto de análisis en un experimento. Gog no se inmuta y nosotros tampoco: ¿para qué buscar dioses cuando podemos googlearlo todo?

Dos cuadros de Paolo Uccello (1397), cara a cara. A la izquierda, Retrato de un hombre joven, 1440; a la derecha, Retrato de una mujer, s.f.

«El después es el que explica el antes y no viceversa». Gog desprecia la Historia con ambición y desdén. Ambiciona colocarse en ella, aunque marginalmente, para saciar sus ansias de diversión; desdeña los sucesos determinantes en tanto que los encaja dentro de sus propios juegos monetarios. En él, el pasado se supedita a su propio entretenimiento. Tiempo moderno y lineal: el después es el que explica el antes. Para él, el pasado es un álbum de estampitas coleccionables que uno mismo va inventando; de ahí su búsqueda de los grandes genios de su época para mofarse de ellos. Me parece que esto hacemos en nuestros días. El pasado nos llega como entretenimiento mediante series de Netflix y se siente siempre lejano. Explicamos lo acontecido con el ahora según nos plazca, para justificar ideologías, programas de gobierno, modas o nuevas indiferencias. La Historia como museo de cera, olvidable en cuanto se cruza la puerta de salida.

«Batir un récord es hoy el ideal de todos; de los antiguos era la sabiduría, la paz, la renuncia». Según Gog, vivimos en una paidocracia, es decir, en el reino de los adolescentes, el dominio de los impúberes. Es cierto, un infantilismo malsano recorre nuestros días. No me refiero a nuestra tendencia natural al juego, esplendor de la vida adulta, sino a la actitud caprichosa que roe muchos de los altos estrados de la civilización occidental. En los parlamentos escasean los argumentos y las redes sociales se asemejan cada vez más a un chiquero; en las nuevas estrellas de K-Pop se consolida la sentencia de Gog: «El ideal de la mujer antigua era la matrona; el de la modernísima, el efebo». La adolescencia como la eterna transición a la nada. Lo importante es resaltar, romper récords que sorprendan a alguno y obtener los quince minutos de fama que anticipó Warhol. ¿Sabiduría, paz y renuncia: quién tiene tiempo para eso?

Un ejemplar similar al original. Giovanni Papini, Gog, Barcelona: Apolo, 1934.

«Bajo la luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida». Para este momento, Gog se ha topado con una ciudad abandonada, pulcra y suspendida en medio del desierto. No hay en ella algo que lo distraiga. Entre sus calles malditas el silencio lo atormenta: se ha quedado solo, embelesado ante la soledad. ¿Qué es nuestra época sino un abandono autoinducido? Huérfanos de un Padre (algún filósofo, según esto, mató a dios), nos precipitamos, golosos, hacia el abismo de la nada. Un vacío que, además de todo, está lleno de ruido en forma de noticias, eventos y monólogos que hacemos pasar por conversaciones. El silencio nos resulta insoportable y espantoso; dentro de este laberinto, buscamos ignorarnos. Huimos de la soledad sumergiéndonos en una aún mayor, la que ignora el vértigo que produce la vigilia.

Dentro del ejemplar derruido encuentro un negativo que no ha sido revelado. En él se distingue una madre que abraza a sus tres hijas, todas niñas, todas sonrientes. Ella ha leído este libro hace muchos años y ha olvidado esto adentro; quién sabe cuántas peripecias más habrá pasado antes de llegar a mis manos. Como a Kundera[1], no se me escapa el signo -el tomo abandonado, la foto sin revelar-, la vida está en otra parte.


[1] Milan Kundera, La vida está en otra parte, Tusquets, México, 2016.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.