Imaginemos el paisaje nevado de Skjolden, Noruega, a principios de diciembre. Ahora imaginemos a un ermitaño recibiendo en su cabaña

En el primer episodio de Conversaciones necesarias nos sentamos a platicar sobre Wittgenstein y su peculiar forma de enfrentar los problemas filosóficos. Nos hacemos preguntas sobre cómo usamos los conceptos cuando nos referimos a robots o programas de inteligencia artificial y, en el camino, descubrimos ideas fundamentales de la segunda etapa del pensamiento de este filósofo austríaco: uso primario y secundario de las palabras, situación paradigmática, instituciones, procesos internos, lo imponderable, confusiones filosóficas, visión del mundo, entre otras.

Ver y oír

La visión es mucho más rápida que la palabra. Esa frase no es mía, ni tampoco de Clarice, pero ella la escribió. La pongo así, desnuda, sin esas comillas estorbosas y artificiales, para intentar comprobar su verdad. ¿Qué vemos antes de digerir las palabras? ¿Qué vemos antes de descifrar las letras y procesar los significados? Nada. O todo, responde Juana, la mujer que es escrita por Clarice, la mujer que ve y oye todo, que ve y oye nada. Muchos pueden ser los temas de la obra de esta escritora brasileña: el amor, la soledad, la eternidad, la ausencia de Dios, la alegría, la tristeza, el cuerpo transparente e impenetrable de la mujer… pero uno solo es el tema de la obra de esta escritora brasileña: el lenguaje. Me atreveré, tentativamente, a agregar: el problema del lenguaje.

Según el Génesis, lo primero que creó Dios fue la luz: antes que nada, hubo color. En la proposición 2.0251 del Tractatus, Wittgenstein, a diferencia de otros filósofos como Kant, menciona al color como uno de los fundamentos de la estructura del mundo: “Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos”. Ahora intentaré plasmar una divagación que, igual que el universo, comenzó con el color y, en mi caso, terminó con una escalera, una escalera mística. Todo empezó con una comparación: observando la luz que sirve de fondo a las pinturas religiosas de Bartolomé Esteban Murillo y la luz más pálida que emana el Jesús recién nacido de Gerrit van Honthorst en la Adoración del niño (1620), me sentí arrebatado por el amarillo intenso y cálido del primero.