Lo escuchamos de vez en cuando y después se ahoga en un mar de noticias: “el trabajo en el futuro no será igual”. Se nos dice que la automatización, la globalización y el envejecimiento de la población cambiarán para siempre la dinámica laboral. De vez en cuando, nos topamos con alguna estimación contundente como que el 65% de los niños que actualmente están en la guardería tendrán un trabajo que aún no existe o que cerca del 50% de los trabajos serán automatizados. Pero aún no terminamos de comprender cómo y cuándo sucederá.

Hablemos de las grandes ciudades en que habitamos. De sus calles repletas de automóviles, de la forma en que sus edificios crecen hacia arriba. Detengámonos a pensar en este espacio físico que inevitablemente compartimos con millones de personas. ¿Por qué se puede caminar por aquí y no por allá? ¿Por qué huele a caño toda esta avenida? ¿Por qué allí hay un centro comercial y no un parque? ¿En dónde esperamos que jueguen los niños?

Una comunidad política que no se cuestiona sobre la urbe que habita está adormecida. Peor aún, está condenada a habitar en la fealdad. El propósito de nuestra vida social, de la política, podría resumirse en embellecer el espacio que compartimos. Evidentemente, no lo hemos logrado y a esto se suma el gran reto de nuestra época de crear megaciudades sostenibles. Si no nos abocamos a ello enteramente, estamos perdiendo nuestro sentido como ciudadanos y condenando a las futuras generaciones a vivir en espacios inhabitables. Ya no hay punto de retorno.