Según el Génesis, lo primero que creó Dios fue la luz: antes que nada, hubo color. En la proposición 2.0251 del Tractatus, Wittgenstein, a diferencia de otros filósofos como Kant, menciona al color como uno de los fundamentos de la estructura del mundo: “Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos”. Ahora intentaré plasmar una divagación que, igual que el universo, comenzó con el color y, en mi caso, terminó con una escalera, una escalera mística. Todo empezó con una comparación: observando la luz que sirve de fondo a las pinturas religiosas de Bartolomé Esteban Murillo y la luz más pálida que emana el Jesús recién nacido de Gerrit van Honthorst en la Adoración del niño (1620), me sentí arrebatado por el amarillo intenso y cálido del primero.