Estuve poco más de tres horas en el infierno. Todo empezó como a eso de las 3:30 de la tarde, última vez que saqué mi celular para ver la hora y los números se derritieron como plomo líquido y se escurrieron pesadamente por la pantalla. Como a las 7 fui regresando lentamente a la conciencia de mi cuerpo, sentado en una banca de esas que hay en el camellón de la calle Ámsterdam. Me dolía el cuello y cada respiro era un alivio celestial. Escuché la voz de otro amigo que no le había entrado al maldito “panqué mágico” y por fin sentí la paz de encontrarme en esta vida, de no estar condenado para toda la eternidad