De Salomón sabemos por el Primer Libro de los Reyes, encontrado en el Antiguo Testamento. Allí se narra algo maravilloso: “Pronunció Salomón tres mil proverbios y sus poemas llegaron a cinco mil; disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en la pared, y sobre los animales, aves, reptiles y peces” (1 Re 5: 12–13). ¡Quién se negaría a una vida así! Una vida dedicada a unir el amor por la creación con el amor por la Creación. Dimensionémoslo un minuto. Si nos propusiéramos escribir un poema diario, tardaríamos más de trece años en emparejarnos con el rey. Y qué decir de sus proverbios; con que nos saliera de la boca uno así de sincero iluminaríamos el resto de nuestros días: “El que vigila sus palabras, guarda su vida; el que habla sin sentido, busca su ruina” (Prov 13: 3). Lo más sorprendente es que estas cuidadosas palabras las pronunció el líder de varios reinos, que iban “desde el río Éufrates… hasta el término de Egipto” (1 Re 5: 1). Sabemos que sus riquezas eran inmensas, casi tanto como sus responsabilidades.

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