Según el Génesis, lo primero que creó Dios fue la luz: antes que nada, hubo color. En la proposición 2.0251 del Tractatus, Wittgenstein, a diferencia de otros filósofos como Kant, menciona al color como uno de los fundamentos de la estructura del mundo: “Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos”. Ahora intentaré plasmar una divagación que, igual que el universo, comenzó con el color y, en mi caso, terminó con una escalera, una escalera mística. Todo empezó con una comparación: observando la luz que sirve de fondo a las pinturas religiosas de Bartolomé Esteban Murillo y la luz más pálida que emana el Jesús recién nacido de Gerrit van Honthorst en la Adoración del niño (1620), me sentí arrebatado por el amarillo intenso y cálido del primero.

La pandemia ha hecho que muchos se queden encerrados. Algunos hemos aprovechado para salir más que nunca. Za-zen. 29 minutos al día. Ininterrumpidamente. 53 días. Siéntate y no hagas nada. Acción contemplativa. Contemplación activa. Meditar es salir de uno mismo. Un curso de Samuel Sagan, médico de formación y fundador de Clairvision; La religión de los samuráis, de Kaiten Nukariya; la conferencia de Borges sobre budismo; el discurso de Benarés de Siddhartha Gautama… Cuatro son las causas del dolor: el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Para superar el dolor, sobrevuela. Me maravilla la Bhagavad-gītā, obra perfecta. Tú eres Arjuna, y tu destino ya ha sido. No hay de qué preocuparse. Entre tales lecturas y la espartana meditación, encuentro un compendio de pensamientos de Taisen Deshimaru. Educado por un samurái (su abuelo), estudió el cristianismo y vivió la Segunda Guerra Mundial en una pequeña isla de Indonesia.