“Eso de reportear el narco es una tarea bien cabrona, intensa, llena de dolor y asombro”, escribe Javier Valdez en noviembre del 2013. “Es salir cada mañana a buscar una verdad para que sepan que los muertos están vivos en busca de sus difuntos”. El reportero se confronta con una realidad que lo sobrepasa. Cuatro años más tarde, saliendo de trabajar, sus palabras quedarán selladas con balas. Sus asesinos lo bajarán del carro, lo obligarán a arrodillarse y le dispararán doce veces; Ríodoce es el nombre del diario en que trabajaba. Uno de los presuntos autores materiales del crimen será encontrado incinerado en Sonora meses más tarde. Otros dos están en prisión preventiva. Y al que se le identifica como el autor intelectual del asesinato, un tal “Minilic”, está dándole al gobierno de Estados Unidos información sobre los cárteles mexicanos, por lo que es inviable que lo extraditen. Hoy, mientras lees esto, se encuentra en una cárcel de máxima seguridad en San Diego.