Siempre es fácil pensar en extremos; pocas veces conviene hacerlo. A inicios de nuestro siglo esta tentación ha apresado al discurso público y encontrado cauce en la aceptación generalizada y sin matices del pacifismo, la búsqueda de la paz a ultranza: el absolutismo de la paz. Su exaltación en el discurso político pretende convencer a la población de que la guerra es un enemigo que se vence solo con la buena voluntad, el aguante y la extirpación de los líderes ambiciosos de las altas esferas del poder. Sus representantes se cuelgan medallas de sensatez y hacen relucir su superioridad moral en cada ocasión que se les presenta. Reflejo de su influencia es que el 15 de febrero de 2003, la mayor marcha italiana contra la guerra de Irak pusiera al frente de la multitud una pancarta que rezaba “No alla guerra senza se e senza ma”, no a la guerra, sin peros ni quizás[1]. Peligrosa postura. La paz es bien entre bienes, pero no se mantiene con buenos deseos y frases dóciles a la memoria. La paz es la consecuencia de un orden que ha de defenderse. Un orden que reconoce que la maldad existe y arremete y que, en consecuencia, no se negocia con ella ni se le apacigua, sino que se le abate desde sus raíces.