Burgués irredento, dandi y sibarita, coleccionista de honores sociales y conspirador de delirios metafísicos e ínfulas aristocráticas, Gustav von Aschenbach es un escritor exitoso que, alejado de banalidades y excentricidades, poseía el talento necesario para cautivar a todo tipo de paladares literarios. Su ascenso al Parnaso no ha sido el de un cometa que desgarra el cielo, sino la serena elevación de una monja octogenaria en la Escalera Santa de San Juan de Letrán. La perseverancia ha sido la divisa de su vida y su palabra favorita era la resistencia (Durchhalten). El fabulador de epopeyas sobre Federico el Grande y miglior fabbro del lenguaje en el ensayo “Espíritu y arte” ha hecho todo lo que tiene que hacer y no lo ha hecho nada mal. No parece haber nada en su vida de qué arrepentirse.

Ningún deseo es reprobable. Nadie puede ser juzgado por un pensamiento íntimo y secreto, por más depravado que sea, porque la maldad de una sola de estas imaginaciones nos haría merecedores de una tortura perpetua en la prisión más oscura y pestilente. Sólo las acciones pueden ser valoradas moralmente. En el caso del arte, la división entre lo implícito y lo explícito no es suficiente para determinar si se trata efectivamente de arte o de algo totalmente diferente. Intentaré aclarar a lo que me refiero: una novela puede narrar una violación, una película puede mostrar un caso de abuso sexual, pero cómo se presentan los hechos hace un mundo de diferencia entre si se trata de la descripción artística de un evento o más bien de una justificación del acto descrito. En otras palabras, en materia de arte no hay temas prohibidos: el juicio moral recae en la forma en la que se tratan estos temas.