Pieter Brueghel el Viejo: Proverbios flamencos

Las bestias se conforman con los hechos, con lo empírico, son literalistas natos. Los animales racionales necesitamos más, por eso escribimos y leemos literatura. Amamos la ficción, pues los hechos no nos satisfacen: necesitamos verdades.

En una de sus obras hagiográficas, no recuerdo cuál, Chesterton dice que el santo es un antídoto contra las tendencias

Una ficción distópica sobre los alcances de la opinión pública Este texto se extrajo del cerebro de un cadáver exhumado

Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de

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En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida. Me vi extraviado y confundido en la oscuridad de un posmodernismo que ofrece diversas visiones del mundo y de la sociedad, todas plagadas de incoherencias y contradicciones

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México, Distrito Federal, 1969. De gabardina y sombrero de ala encontramos a Filiberto García sentado en un café de chinos. Fuera de esa cicatriz en su mejilla izquierda, nada en él despierta nuestra curiosidad. Sólo usted sabe, amable lector, (y eso porque tiene el privilegio de escucharlo de mí) que Filiberto anda metido en una intriga. Una intriga internacional, como de esas que pasan en las películas gringas. De su gabardina saca un paquete de Delicados y unos fósforos, enciende un cigarro y lo fuma. Devuelve el paquete a su lugar… ¿Se dio cuenta? ¿No? No se preocupe, que para eso estoy aquí. Si observa bien, puede notar un bulto extraño en la gabardina, en su costado derecho. Por supuesto que es un arma: una cuarenta y cinco para ser exactos. Y es que si en algo es bueno Filiberto, es matando. Aunque justo sobre eso le advirtió el Coronel: “no haga uso de violencia a menos que la situación lo requiera, pero siempre con discreción, García, siempre con discreción”.

Un gato se asoma por debajo de un coche. De pronto, sale de su escondite, se escabulle silenciosamente unos metros más allá y empieza a restregar su pelaje moteado contra la pared de ladrillo rojo. ¿Lo notaste? Eso es amor, nos dice Iris Murdoch. O, en palabras de Isabel a su cuñado Edmund, el protagonista de The Italian Girl: “¿Ves ese gato? Hasta hace poco yo no lo podría haber visto. Ahora existe, está ahí, y mientras está ahí, yo no estoy; simplemente lo veo y lo dejo ser… Así es cómo uno, de pronto, es capaz de ver el mundo y de amarlo, así es cómo uno se sale de uno mismo.” Haciendo eco del pensamiento de Simone Weil, esa mística heterodoxa y peculiar que inspiró a Murdoch, podemos decir que amar es prestar atención y, por lo tanto, el amor tiene algo de llamado y algo de conocimiento a la vez. El amor es una especie de deber epistemológico, deber que sacude a todos los personajes de esta escritora irlandesa heterodoxa y peculiar.

Decidí hacerlo en pleno siglo XXI. Preparé el navío y, ya en el mar, esquivé los bajíos y escollos que dificultan la entrada al golfo de Utopía. La travesía fue difícil, por no decir que casi imposible. Me separaban de la ciudad no sólo la geografía, sino los quinientos años desde su fundación en el imaginario de santo Tomás Moro, escritor, padre de familia, humorista, traductor, lord canciller y gran “traidor” a la pretensión absolutista del monarca Enrique VIII. El mártir inglés me dio las coordenadas de la isla y hacia allá zarpé, lleno de esperanzas.

El espejo del mito

Acompáñame en este pequeño viaje mítico. El recorrido seguirá la forma de analema, lemniscata, o, para que me entiendas mejor, el símbolo ese que aparece tatuado en la piel de tantas y tantas personas, el infinito: empezaremos por el final y terminaremos por el principio. También habrá héroes, espejos y un momento de iluminación. Mircea Eliade concluye Mito y realidad con la idea de que los humanos llevamos el pensamiento mítico inscrito en nuestro ser: “Ciertos comportamientos míticos perduran aún ante nuestros ojos. No se trata de supervivencias de una mentalidad arcaica, sino que ciertos aspectos y funciones del pensamiento mítico son constitutivos del ser humano.”

La lectura de los versos con los que Godofredo de Estrasburgo inmortalizó los amores de Tristán e Isolda sugirió una empresa condenada al fracaso: reordenar el lirismo de acuerdo al método científico, disolver el tejido simbólico con análisis estructural, descodificar los desgarros imbricados en la disposición silábica… sin arriesgarse a sufrir el destino de Tristán, levantar un soberbio monumento intelectual. Y es que pueden escribirse tratados kilométricos, opúsculos minimalistas, manifiestos candorosos, discusiones más o menos eruditas, pero nada de eso bastaría para encuadrar con finura los sutiles claroscuros del amor erótico. Hace falta experimentarlo para siquiera entender de qué se trata, intentar expresarlo y atisbar apenas destellos, chispas, fulgores –con las consabidas notas sublimes, excepcionales y perversas–.