Kafka tenía pedos. A esta conclusión puede llegar cualquiera que lea sus cuentos o una de sus novelas. Y los Diarios lo confirman: “…tendría que andar buscando un año entero para hallar en mí un sentimiento auténtico, y he de tener derecho a permanecer sentado en mi sillón, en el café, hasta altas horas de la noche, torturado por las ventosidades de una digestión que es mala a pesar de todo, frente a una obra tan grande.” Vaya que tenía pedos, ¿pero cambia en algo la lectura de sus obras una vez que lees esto? ¿Cambia algo una vez que te enteras de que se le dificultaba relacionarse con las mujeres, odiaba su trabajo, se sentía abrumado frente a la figura de su papá, detestaba el ruido de la casa, simplemente no podía dormir aquejado por un insomnio infernal o se pasaba horas en un café torturado por una mala digestión? ¿Vale la pena enterarnos de las intimidades de los grandes artistas? Si eso es lo que buscas al leer, en este caso, los diarios de un escritor enigmático como Kafka, me adelantaré a arruinarte la historia: además de los traumas ya mencionados, la vida de este escritor checo de habla alemana parece simplemente la búsqueda desesperada de un artista por deshacerse de esa carga expresiva que lleva dentro.

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