De las marchas y protestas por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la imagen más vívida que quedó en mi mente es la de las multitudes en el Zócalo que se congregaban alrededor de unas enormes letras de fuego que decían: FUE EL ESTADO. Recuerdo sentir una extraña conmoción viendo esas imágenes, un sentimiento que oscilaba entre miedo y ansias animales de rebeldía. Como el niño en la escuela que ve que, en ausencia del maestro, el caos se empieza a desatar y se debate entre unirse al creciente frenesí o resguardarse al amparo de la autoridad.

Recibimos una noticia terrible en WhatsApp y la compartimos en un grupo de amigos. “¡Qué barbaridad!”, nos contesta uno. Otros mandan emojis expresando llanto y sorpresa, mientras lo comparten a más contactos. Luego una frase irrumpe, acompañada de un documento que cambia todo el panorama: “¡eso es fake news, es mentira! Que el coronavirus se cura tomando cloro — ¡fake news! — dicen los expertos. Que las cifras de López Gatell están mal — ¡fake news! — se defiende el gobierno.

Vaya época en la que vivimos. Tenemos más información que nunca, pero no sabemos a quién creerle y terminamos dudando de todos. Esto no es casualidad: en internet se han multiplicado nuestras fuentes de información y hay actores malintencionados que las utilizan para intentar dañar nuestra capacidad de discernir lo verdadero de lo falso. A esto se le conoce como desinformación y entorpece la lucha contra los grandes retos que enfrentamos como humanidad, incluyendo el COVID-19 y el calentamiento global. Atenta, también, contra nuestra libertad de expresión y la integridad de nuestras democracias. ¿Cómo sucede y quiénes están detrás? ¿Por qué nos debería de importar y qué podemos hacer al respecto?