El hecho ocurrió un miércoles a media mañana. Un día como cualquier otro. Sentado frente a la computadora tecleaba tediosamente línea tras línea de código para validar la integridad de millones de registros. Los registros necesitaban ser verificados antes de ser transmitidos a una base de datos. Nada complicado desde el punto de vista de la programación: un mero ciclo –o loop, para usar la jerga anglófona de la computación– dentro del cual se prueba si algunas condiciones se cumplen o no. If… then… else… Si tal condición está presente, entonces haz esto; si no, haz esto. Una secuencia de bifurcaciones lógicas repetida ad infinitum. Sobre una centena de líneas de código había edificado un laberinto, un laberinto escrito en C# por el que, al instante, transitan millones de Teseos y minotauros binarios, permutaciones de ceros y unos que pueden representar lo que nosotros queramos: la obra completa de Shakespeare, las tablas de los logaritmos de John Napier, el código de Hammurabi, los tweets de Donald Trump. Todo el conocimiento, toda la experiencia de la humanidad — toda su irracionalidad — codificada en dos símbolos. Una Biblioteca de Babel digital que, en vez de colmena de hexágonos sin fin, es telaraña de invisibles transistores.

Visitar el Museo del Prado es toda una experiencia estética y religiosa. Contemplar de cerca las pinturas de El Bosco trae a la mente aquella narración de Stendhal sobre sus viajes por Italia, narración que hizo que bautizaran un síndrome muy peculiar con el nombre del escritor francés: ver estas obras de arte te puede sacudir tan fuertemente que las rodillas te tiemblan, el corazón se acelera y puedes, en pocas palabras, sentir un éxtasis de placer espiritual. A la vez, en mi caso, la sala estaba tan llena de turistas, en su mayoría chinos, que la experiencia se convirtió en algo similar a un trasbordo de la línea Tacubaya-Pantitlán. Lo feo y lo sublime conviviendo en el mismo hecho, como una explosión que, de lejos, puede ser un espectáculo hermoso; de cerca, nada más que escombros y aturdimiento. Y las pinturas de El Bosco tienen su encanto, precisamente, en que conmocionan los sentidos; cualquiera, por más ignorante que sea en cuestiones de arte, puede encontrar en su observación algo que le conmueva.