Un gato se asoma por debajo de un coche. De pronto, sale de su escondite, se escabulle silenciosamente unos metros más allá y empieza a restregar su pelaje moteado contra la pared de ladrillo rojo. ¿Lo notaste? Eso es amor, nos dice Iris Murdoch. O, en palabras de Isabel a su cuñado Edmund, el protagonista de The Italian Girl: “¿Ves ese gato? Hasta hace poco yo no lo podría haber visto. Ahora existe, está ahí, y mientras está ahí, yo no estoy; simplemente lo veo y lo dejo ser… Así es cómo uno, de pronto, es capaz de ver el mundo y de amarlo, así es cómo uno se sale de uno mismo.” Haciendo eco del pensamiento de Simone Weil, esa mística heterodoxa y peculiar que inspiró a Murdoch, podemos decir que amar es prestar atención y, por lo tanto, el amor tiene algo de llamado y algo de conocimiento a la vez. El amor es una especie de deber epistemológico, deber que sacude a todos los personajes de esta escritora irlandesa heterodoxa y peculiar.