Siempre es fácil pensar en extremos; pocas veces conviene hacerlo. A inicios de nuestro siglo esta tentación ha apresado al discurso público y encontrado cauce en la aceptación generalizada y sin matices del pacifismo, la búsqueda de la paz a ultranza: el absolutismo de la paz. Su exaltación en el discurso político pretende convencer a la población de que la guerra es un enemigo que se vence solo con la buena voluntad, el aguante y la extirpación de los líderes ambiciosos de las altas esferas del poder. Sus representantes se cuelgan medallas de sensatez y hacen relucir su superioridad moral en cada ocasión que se les presenta. Reflejo de su influencia es que el 15 de febrero de 2003, la mayor marcha italiana contra la guerra de Irak pusiera al frente de la multitud una pancarta que rezaba “No alla guerra senza se e senza ma”, no a la guerra, sin peros ni quizás[1]. Peligrosa postura. La paz es bien entre bienes, pero no se mantiene con buenos deseos y frases dóciles a la memoria. La paz es la consecuencia de un orden que ha de defenderse. Un orden que reconoce que la maldad existe y arremete y que, en consecuencia, no se negocia con ella ni se le apacigua, sino que se le abate desde sus raíces.

En las páginas introductorias a La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich se autonombra historiadora de muchas cosas: de las mujeres, de los sentimientos, del alma y le faltó decir, agregaría yo, historiadora de los animales que participaron (involuntariamente) en la guerra.

El mundo actual es producto de la Guerra del Pacífico, tanto o más que la de Europa, y, por tanto, del ataque del 7 de diciembre de 1941. A pesar de que las historias de la II Guerra Mundial suelen centrarse en el continente europeo y, sobre todo, en la perspectiva estadounidense ―en buena medida, gracias a Hollywood―, una mitad entera del Globo ―y la mitad de su población― padeció la guerra durante mayor tiempo y con peor intensidad que las potencias occidentales. Más aún, fue el 7 y 8 de diciembre de ese año, cuando Japón atacó a los estadounidenses en Hawái y desató su propia Blitzkrieg que la guerra se tornó, verdaderamente, mundial.

Es común asociar el género fantástico con el escapismo, con la huida de la desagradable y muchas veces cruel realidad. Sería fácil suponer que J.R.R. Tolkien, quien vivió en carne propia los horrores de las trincheras durante “la guerra que terminaría con todas las guerras” y cuyo hijo combatió en la aún más cruenta secuela, escribió su obra como una especie de realidad alterna. No es ese el caso. Su inmersión en el lenguaje y la literatura medievales, así como su profunda fe religiosa, lo habían inoculado contra esa patología moderna que es la desesperanza. Tolkien nunca intentó huir de la realidad, sino adentrarse más profundamente en ella, a diferencia de la modernidad, que se caracteriza por su divorcio de ella.