En una de sus obras hagiográficas, no recuerdo cuál, Chesterton dice que el santo es un antídoto contra las tendencias

En un breve ensayo titulado “Cómo escribir una historia de detectives”, G.K. Chesterton, cuya conocida saga detectivesca del Padre Brown llevó a Borges a declararlo “discurridor y exornador de elegantes misterios,” nos dice que lo esencial en todo cuento de misterio es la luz, no la oscuridad; que el cuento está escrito para el momento en que el lector entiende, no para todo el tiempo en el que no entiende. Toda la ofuscación, toda la prestidigitación narrativa del autor tiene el objetivo, simple y sencillo, de contrastar con la gran revelación que ocurre al final: el momento en el que se quita el velo y el verdadero responsable queda al descubierto. Permítanme sugerir que este es un buen enfoque hermenéutico para leer el Antiguo Testamento, porque casi siempre el lector moderno de la Biblia se aproxima a este libro con la intención de poner a Dios mismo en el banquillo de los acusados, de juzgarlo por infinidad de crímenes y desacreditar las enseñanzas y la religión emanada de ellas.