Es común asociar el género fantástico con el escapismo, con la huida de la desagradable y muchas veces cruel realidad. Sería fácil suponer que J.R.R. Tolkien, quien vivió en carne propia los horrores de las trincheras durante “la guerra que terminaría con todas las guerras” y cuyo hijo combatió en la aún más cruenta secuela, escribió su obra como una especie de realidad alterna. No es ese el caso. Su inmersión en el lenguaje y la literatura medievales, así como su profunda fe religiosa, lo habían inoculado contra esa patología moderna que es la desesperanza. Tolkien nunca intentó huir de la realidad, sino adentrarse más profundamente en ella, a diferencia de la modernidad, que se caracteriza por su divorcio de ella.