Visitar el Museo del Prado es toda una experiencia estética y religiosa. Contemplar de cerca las pinturas de El Bosco trae a la mente aquella narración de Stendhal sobre sus viajes por Italia, narración que hizo que bautizaran un síndrome muy peculiar con el nombre del escritor francés: ver estas obras de arte te puede sacudir tan fuertemente que las rodillas te tiemblan, el corazón se acelera y puedes, en pocas palabras, sentir un éxtasis de placer espiritual. A la vez, en mi caso, la sala estaba tan llena de turistas, en su mayoría chinos, que la experiencia se convirtió en algo similar a un trasbordo de la línea Tacubaya-Pantitlán. Lo feo y lo sublime conviviendo en el mismo hecho, como una explosión que, de lejos, puede ser un espectáculo hermoso; de cerca, nada más que escombros y aturdimiento. Y las pinturas de El Bosco tienen su encanto, precisamente, en que conmocionan los sentidos; cualquiera, por más ignorante que sea en cuestiones de arte, puede encontrar en su observación algo que le conmueva.