Artistas condenados al silencio, películas y series mutiladas, obras de arte censuradas, monumentos decapitados y libros de historia tachoneados, todo bajo los criterios cada vez más recalcitrantes de lo políticamente correcto. Estos son los primeros estragos de la llamada “cultura de la cancelación”. Casi nadie lo externa, pero es generalizado el sentimiento de que ese afán desquiciado de vigilar y castigar atenta directamente contra la naturaleza humana misma. El sentimiento es especialmente doloroso entre aquellos osados que todavía se atreven a pensar, experimentar, crear y, en una palabra, vivir.