México, Distrito Federal, 1969. De gabardina y sombrero de ala encontramos a Filiberto García sentado en un café de chinos. Fuera de esa cicatriz en su mejilla izquierda, nada en él despierta nuestra curiosidad. Sólo usted sabe, amable lector, (y eso porque tiene el privilegio de escucharlo de mí) que Filiberto anda metido en una intriga. Una intriga internacional, como de esas que pasan en las películas gringas. De su gabardina saca un paquete de Delicados y unos fósforos, enciende un cigarro y lo fuma. Devuelve el paquete a su lugar… ¿Se dio cuenta? ¿No? No se preocupe, que para eso estoy aquí. Si observa bien, puede notar un bulto extraño en la gabardina, en su costado derecho. Por supuesto que es un arma: una cuarenta y cinco para ser exactos. Y es que si en algo es bueno Filiberto, es matando. Aunque justo sobre eso le advirtió el Coronel: “no haga uso de violencia a menos que la situación lo requiera, pero siempre con discreción, García, siempre con discreción”.

Un gato se asoma por debajo de un coche. De pronto, sale de su escondite, se escabulle silenciosamente unos metros más allá y empieza a restregar su pelaje moteado contra la pared de ladrillo rojo. ¿Lo notaste? Eso es amor, nos dice Iris Murdoch. O, en palabras de Isabel a su cuñado Edmund, el protagonista de The Italian Girl: “¿Ves ese gato? Hasta hace poco yo no lo podría haber visto. Ahora existe, está ahí, y mientras está ahí, yo no estoy; simplemente lo veo y lo dejo ser… Así es cómo uno, de pronto, es capaz de ver el mundo y de amarlo, así es cómo uno se sale de uno mismo.” Haciendo eco del pensamiento de Simone Weil, esa mística heterodoxa y peculiar que inspiró a Murdoch, podemos decir que amar es prestar atención y, por lo tanto, el amor tiene algo de llamado y algo de conocimiento a la vez. El amor es una especie de deber epistemológico, deber que sacude a todos los personajes de esta escritora irlandesa heterodoxa y peculiar.

En un breve ensayo titulado “Cómo escribir una historia de detectives”, G.K. Chesterton, cuya conocida saga detectivesca del Padre Brown llevó a Borges a declararlo “discurridor y exornador de elegantes misterios,” nos dice que lo esencial en todo cuento de misterio es la luz, no la oscuridad; que el cuento está escrito para el momento en que el lector entiende, no para todo el tiempo en el que no entiende. Toda la ofuscación, toda la prestidigitación narrativa del autor tiene el objetivo, simple y sencillo, de contrastar con la gran revelación que ocurre al final: el momento en el que se quita el velo y el verdadero responsable queda al descubierto. Permítanme sugerir que este es un buen enfoque hermenéutico para leer el Antiguo Testamento, porque casi siempre el lector moderno de la Biblia se aproxima a este libro con la intención de poner a Dios mismo en el banquillo de los acusados, de juzgarlo por infinidad de crímenes y desacreditar las enseñanzas y la religión emanada de ellas.

El espejo del mito

Acompáñame en este pequeño viaje mítico. El recorrido seguirá la forma de analema, lemniscata, o, para que me entiendas mejor, el símbolo ese que aparece tatuado en la piel de tantas y tantas personas, el infinito: empezaremos por el final y terminaremos por el principio. También habrá héroes, espejos y un momento de iluminación. Mircea Eliade concluye Mito y realidad con la idea de que los humanos llevamos el pensamiento mítico inscrito en nuestro ser: “Ciertos comportamientos míticos perduran aún ante nuestros ojos. No se trata de supervivencias de una mentalidad arcaica, sino que ciertos aspectos y funciones del pensamiento mítico son constitutivos del ser humano.”

La lectura de los versos con los que Godofredo de Estrasburgo inmortalizó los amores de Tristán e Isolda sugirió una empresa condenada al fracaso: reordenar el lirismo de acuerdo al método científico, disolver el tejido simbólico con análisis estructural, descodificar los desgarros imbricados en la disposición silábica… sin arriesgarse a sufrir el destino de Tristán, levantar un soberbio monumento intelectual. Y es que pueden escribirse tratados kilométricos, opúsculos minimalistas, manifiestos candorosos, discusiones más o menos eruditas, pero nada de eso bastaría para encuadrar con finura los sutiles claroscuros del amor erótico. Hace falta experimentarlo para siquiera entender de qué se trata, intentar expresarlo y atisbar apenas destellos, chispas, fulgores –con las consabidas notas sublimes, excepcionales y perversas–.

Espero que estés bien y saludable a pesar de esta situación. Te escribo para pedirte tu opinión respecto a algo muy curioso que he estado haciendo para sobrellevar los días de confinamiento. ¿Has escuchado cómo algunas personas han recurrido al ejercicio y otras a la meditación? Pues yo –en cambio– he comenzado a hacer equinoterapia. Así como lo lees: equinoterapia, sin salir de casa y sin caballo. Verás, un día –ya no recuerdo cuándo– comencé a leer Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso. Cuando leí su famoso microcuento –que era lo único que ya había leído de este autor– no sabes la alegría que me dio y lo contenta que me puse. A pesar de todo lo malo, todavía estaba allí. Al día siguiente, por casualidad lo volví a leer, pero ya no sentí gusto. Esa vez me produjo angustia saber que todavía estaba allí y sentí una impotencia terrible de no poder hacer nada al respecto. Sorprendida por este cambio tan drástico de percepción, hablé con una psicóloga y terapeuta al respecto.

Lo escribo pensando en que a mi novia no le encantará, aunque seguramente lo comprenderá. ¿Cómo le hago para no sonar como un loco? Ok, ya, ahí va: llevo algunos días enamorado de una escritora. Mejor dicho, de la forma en la que escribe historias esta mujer. Su nombre, Flannery O’Connor. Su prosa es una espada que corta — no únicamente la maraña de nuestro intelecto, sino ese recubrimiento bajo el que solemos ocultar nuestro espíritu. Flannery, qué nombre tan extraño. Floh-neh-rih lo pronucio, como mordisqueando una nube.

Abel vive en un faro con su viejo padre y su madre alcohólica. Se pasea por el muelle viendo los barcos que descargan sus productos en el muelle. A veces se sube a una lancha y rema sin rumbo definido, a veces hace travesuras junto con Olga, de la que siempre permanecerá enamorado. Su madre muere. Él se va a Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, trabaja en una serrería, estudia para ser marinero, abandona los estudios, se casa y tiene un hijo, y luego regresa a su pueblito en Noruega, a orillas del mar. Su padre muere y se va a vivir a un cobertizo viejo y polvoriento. Abel va y viene, como los barcos que descargan sus productos en el muelle. Nadie sabe por qué lo hace, por qué abandona todo y luego regresa, como si nada hubiera pasado. La gente lo mira y se pregunta cuándo sentará cabeza, cuándo se convertirá en alguien por fin

Visitar el Museo del Prado es toda una experiencia estética y religiosa. Contemplar de cerca las pinturas de El Bosco trae a la mente aquella narración de Stendhal sobre sus viajes por Italia, narración que hizo que bautizaran un síndrome muy peculiar con el nombre del escritor francés: ver estas obras de arte te puede sacudir tan fuertemente que las rodillas te tiemblan, el corazón se acelera y puedes, en pocas palabras, sentir un éxtasis de placer espiritual. A la vez, en mi caso, la sala estaba tan llena de turistas, en su mayoría chinos, que la experiencia se convirtió en algo similar a un trasbordo de la línea Tacubaya-Pantitlán. Lo feo y lo sublime conviviendo en el mismo hecho, como una explosión que, de lejos, puede ser un espectáculo hermoso; de cerca, nada más que escombros y aturdimiento. Y las pinturas de El Bosco tienen su encanto, precisamente, en que conmocionan los sentidos; cualquiera, por más ignorante que sea en cuestiones de arte, puede encontrar en su observación algo que le conmueva.

Estuve poco más de tres horas en el infierno. Todo empezó como a eso de las 3:30 de la tarde, última vez que saqué mi celular para ver la hora y los números se derritieron como plomo líquido y se escurrieron pesadamente por la pantalla. Como a las 7 fui regresando lentamente a la conciencia de mi cuerpo, sentado en una banca de esas que hay en el camellón de la calle Ámsterdam. Me dolía el cuello y cada respiro era un alivio celestial. Escuché la voz de otro amigo que no le había entrado al maldito “panqué mágico” y por fin sentí la paz de encontrarme en esta vida, de no estar condenado para toda la eternidad