El conservadurismo de sir Roger Scruton es un escándalo: propone criterios para distinguir al arte de la provocación gratuita, se atreve a criticar al mâitre-à-penser de la nueva izquierda, Michel Foucault, y, por si fuera poco, reivindica el hechizo rúnico de las óperas wagnerianas. Despierta la misma indignación que hoy en día provoca comer una bistecca alla fiorentina dejando un rastro de sangre en el plato o acudir a una corrida de toros sin acto de contrición.