El hecho ocurrió un miércoles a media mañana. Un día como cualquier otro. Sentado frente a la computadora tecleaba tediosamente línea tras línea de código para validar la integridad de millones de registros. Los registros necesitaban ser verificados antes de ser transmitidos a una base de datos. Nada complicado desde el punto de vista de la programación: un mero ciclo –o loop, para usar la jerga anglófona de la computación– dentro del cual se prueba si algunas condiciones se cumplen o no. If… then… else… Si tal condición está presente, entonces haz esto; si no, haz esto. Una secuencia de bifurcaciones lógicas repetida ad infinitum. Sobre una centena de líneas de código había edificado un laberinto, un laberinto escrito en C# por el que, al instante, transitan millones de Teseos y minotauros binarios, permutaciones de ceros y unos que pueden representar lo que nosotros queramos: la obra completa de Shakespeare, las tablas de los logaritmos de John Napier, el código de Hammurabi, los tweets de Donald Trump. Todo el conocimiento, toda la experiencia de la humanidad — toda su irracionalidad — codificada en dos símbolos. Una Biblioteca de Babel digital que, en vez de colmena de hexágonos sin fin, es telaraña de invisibles transistores.