En un breve ensayo titulado “Cómo escribir una historia de detectives”, G.K. Chesterton, cuya conocida saga detectivesca del Padre Brown llevó a Borges a declararlo “discurridor y exornador de elegantes misterios,” nos dice que lo esencial en todo cuento de misterio es la luz, no la oscuridad; que el cuento está escrito para el momento en que el lector entiende, no para todo el tiempo en el que no entiende. Toda la ofuscación, toda la prestidigitación narrativa del autor tiene el objetivo, simple y sencillo, de contrastar con la gran revelación que ocurre al final: el momento en el que se quita el velo y el verdadero responsable queda al descubierto. Permítanme sugerir que este es un buen enfoque hermenéutico para leer el Antiguo Testamento, porque casi siempre el lector moderno de la Biblia se aproxima a este libro con la intención de poner a Dios mismo en el banquillo de los acusados, de juzgarlo por infinidad de crímenes y desacreditar las enseñanzas y la religión emanada de ellas.

De Salomón sabemos por el Primer Libro de los Reyes, encontrado en el Antiguo Testamento. Allí se narra algo maravilloso: “Pronunció Salomón tres mil proverbios y sus poemas llegaron a cinco mil; disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en la pared, y sobre los animales, aves, reptiles y peces” (1 Re 5: 12–13). ¡Quién se negaría a una vida así! Una vida dedicada a unir el amor por la creación con el amor por la Creación. Dimensionémoslo un minuto. Si nos propusiéramos escribir un poema diario, tardaríamos más de trece años en emparejarnos con el rey. Y qué decir de sus proverbios; con que nos saliera de la boca uno así de sincero iluminaríamos el resto de nuestros días: “El que vigila sus palabras, guarda su vida; el que habla sin sentido, busca su ruina” (Prov 13: 3). Lo más sorprendente es que estas cuidadosas palabras las pronunció el líder de varios reinos, que iban “desde el río Éufrates… hasta el término de Egipto” (1 Re 5: 1). Sabemos que sus riquezas eran inmensas, casi tanto como sus responsabilidades.

Etiquetado bajo: , , , , , ,

Según el Génesis, lo primero que creó Dios fue la luz: antes que nada, hubo color. En la proposición 2.0251 del Tractatus, Wittgenstein, a diferencia de otros filósofos como Kant, menciona al color como uno de los fundamentos de la estructura del mundo: “Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos”. Ahora intentaré plasmar una divagación que, igual que el universo, comenzó con el color y, en mi caso, terminó con una escalera, una escalera mística. Todo empezó con una comparación: observando la luz que sirve de fondo a las pinturas religiosas de Bartolomé Esteban Murillo y la luz más pálida que emana el Jesús recién nacido de Gerrit van Honthorst en la Adoración del niño (1620), me sentí arrebatado por el amarillo intenso y cálido del primero.