Sobre el alma (o las almas)

Quien, por un prodigio de infusión, supiera lo que pesa un individuo cualquiera, tendría bajo los ojos, como un planisferio, todo el Orden divino.

– Léon Bloy, El alma de Napoleón

Ahora pienso: “Hubiera sido mejor que me hubieran herido en el brazo o en la pierna, que me doliera el cuerpo. Porque el alma… duele mucho”.

– Klavdia Grigórievna Krójina, sargento, francontiradora

Las ratas de Lovecraft

En las páginas introductorias de La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich se autonombra historiadora de muchas cosas: de las mujeres, de los sentimientos, del alma y le faltó decir, agregaría yo, historiadora de los animales que participaron (involuntariamente) en la guerra. Muchos de los testimonios desgarradores que recopiló la autora bielorrusa están repletos de imágenes impactantes de los efectos de los humanos sobre los animales: los caballos que de pronto le pierden el miedo a los cadáveres y aprenden a pisotearlos, la vaca escuálida que le roban a la campesina que no tendrá con qué alimentar a sus hijos, el ratón que pone a gritar a todo un regimiento de francotiradoras adolescentes, el potrillo que sirven en la sopa después de meses sin comer carne, la beluga a la que una mujer confunde con un hombre ensangrentado en el mar de Azov, las ratas, los ejércitos de ratas que abandonan Stalingrado antes del bombardeo de los alemanes… Esta escena pesadillesca me recordó inmediatamente aquel relato de H.P. Lovecraft que se compagina bien con las anécdotas escalofriantes de Alexiévich: «…fui acosado por los sueños más espantosos. Parecía estar mirando desde una altura inmensa hacia una gruta crepuscular en la que, con inmundicia que llegaba hasta las rodillas, un demonio con barba blanca dirigía con su cayado de porquerizo un rebaño de bestias mohosas y flácidas cuya apariencia me llenó de repugnancia y terror. Luego, cuando el demonio-porquerizo se detuvo un instante en su labor, un ejército monstruoso de ratas se desparramó sobre el abismo pestilente y empezó a devorar a bestias y hombres por igual». En el horror sobrenatural de Lovecraft, “bestias y hombres” sucumben ante las fuerzas de un mal ciego y violento; en el horror natural, terriblemente natural, de Alexiévich, mujeres, hombres, niños y animales son arrastrados por el huracán de la estupidez humana para ser ahogados en un mar de sangre y brutalidad. Pero la igualdad en el destino, la igualdad en el dolor, no los hace iguales en su realidad esencial. La historia de los animales se cruza aquí con la historia del ser humano, pero estas no se sobreponen, no se confunden; al contrario, se entrelazan para formar dos tapices muy distintos el uno del otro, pues sólo el humano es capaz de escribir la crónica del conflicto bélico, sólo el humano es capaz de redactar la huida masiva de las ratas de una ciudad a punto de ser bombardeada o de imaginar las olas de roedores desatadas por los rituales oscuros de un linaje de nobles malditos. Dicho de manera sucinta: Lovecraft puede entender el dolor físico de las ratas, pero las ratas no pueden entender el dolor existencial de Lovecraft.

La religión sentimentalista

Contrario a lo que piensa la mayoría, el problema de nuestra época no es la falta de empatía. Empatía nos sobra. Tanto así que la derrochamos con ojos vidriosos y ríos de cariño incondicional sobre los animales, esos tiernos y buenos animales. El imperativo categórico de nuestros tiempos es “Los animales también sienten” y de ahí construimos una ética que refleja claramente nuestra obsesión con los sentimientos y nuestra incapacidad de encontrar una respuesta al problema del dolor desde una concepción de vida anclada en valores trascendentales. Para dar tan sólo un ejemplo, partiendo de ese axioma innegable: “Los animales sienten”, pronto arribamos a absurdos posmodernos como que los animales también tienen derechos. No quiero ni entrar en el mundo disparatado de los derechos en general, esas abstracciones que, a modo de placebo, apaciguan a las masas de ciudadanos iluminados del siglo XXI, esas palabras huecas inscritas en nuestra conciencia colectiva como mandamientos del mismísimo Dios (el Estado); sólo quiero preguntar dónde quedaría el contrapeso intrínsecamente necesario de todo derecho, es decir, la obligación. ¿Podríamos encarcelar a los lobos que devoran inocentes venados o a los gatos domésticos que depredan aves, lagartijas, roedores y otros animales pequeños sólo por diversión? El abismo que no alcanza a ver alguien que aboga religiosamente por los derechos de los animales es el abismo que separa al ser humano del animal. Y temo decir que esta ceguera es voluntaria, resultado de nuestra mentalidad demasiado secular, de nuestra cosmovisión enturbiada por ideologías simplistas que se aferran a las emociones como si estas fueran lo único verdadero, lo único real. En el fondo, esta ceguera proviene de una exaltación desenfrenada de los sentimientos que degenera en una negación (o un silenciamiento) de la realidad del alma humana.

Edward Hopper, Mañana en una ciudad, 1944, Massachusetts, Williams College Museum of Art

Crónica de una discusión dolorosa

Leía y tomaba apuntes. Circulaba tenuemente algunas palabras, subrayaba las oraciones memorables, trazaba líneas casi invisibles al margen de los párrafos que después consultaría. Todo lo hacía delicadamente, porque no me gusta rayonear los libros. Entre las palabras importantes que aprisioné en esos círculos de grafito en el libro de Alexiévich, aparecían guerra, dolor, género (literario), recordar, alma, verdad, tiempo, humano, realidad, mujeres, sufrimiento. Luego, mientras preparaba la discusión que tendríamos después, me pregunté por dónde empezar, teniendo ahí tantos temas que bien ameritan toda una vida de reflexión. De pronto, mis afinidades electivas me dieron la respuesta: Empieza planteando la pregunta sobre el género literario (¿Cuál es la diferencia entre ficción y no ficción, entre novela y crónica?), luego habla del alma (¿Qué carajos es el alma? En De Anima, Aristóteles distingue entre los tipos de…) y finalmente enlaza la idea del tiempo con la de crónica (El mismo nombre nos evoca la realidad mítica detrás de nuestras concepciones del tiempo: para los griegos, Cronos era el padre de los dioses…). Ahí tenía mi hilo conductor: entre Saturno devorando a sus hijos de Goya y El mito del eterno retorno de Mircea Eliade se hizo la conexión luminosa, la sinapsis neuronal. Sentí el regocijo de hacer una bella y deliciosa conexión. ¿Y si me echo un cigarrito después de tan placentera conexión?, me pregunté en tono triunfal. Pero no cantes victoria tan pronto: falta probar el éxito de tu plan de ataque durante la reunión con los demás. Conecté y prendí el micrófono, me puse los audífonos, le di clic al enlace de Zoom, acepté conectarme al audio y video de la computadora, saludé a los presentes, esperamos unos minutos, empezó la discusión… Nadie comentó nada sobre la cuestión del alma, nadie comentó nada sobre la diferencia entre ficción y no ficción, nadie ahondó en nuestra concepción lineal del tiempo como mera acumulación de sucesos inertes… Pero recuerdo (“Recordar es un acto creativo”, dice Alexiévich) que alguien relató su experiencia al leer La guerra no tiene rostro de mujer. Ese alguien comentó que llegó un momento en el que no pudo seguir leyendo, se tuvo que detener, ya no podía más. Los testimonios eran demasiado espantosos para continuar. “El sufrimiento es el grado superior de información”, dice Alexiévich.

Svetlana Alexiévich, La guerra no tiene rostro de mujer, Ciudad de México, Debolsillo, 2018. (Fotografía del autor).

Alma y memoria

La reflexión sobre los animales no sucedió en realidad. Nunca mencionamos el tema en la reunión que tuvimos hace unos días. Sólo tuvo lugar en mi cabeza y luego se materializó en la escritura de este texto. Siento que la sesión no estuvo tan mal, pero el mensaje que quería transmitir sobre el alma humana corre el riesgo de perderse en el limbo de las ideas no concretadas. Por eso me siento a escribir. Reviso los apuntes que tomé y encuentro una referencia que tampoco incorporé a la discusión de ese día (¿De qué carajos hablé entonces?). Es una cita de Léon Bloy que une los hilos que he ido desmadejando en este pequeño tratado. La transcribo completa aquí: «Es ya mucho para un creyente que el alma pueda ser pensada y me atrevo a decir que es incluso del todo sobrenatural que se hable de ella continuamente. No se trata, evidentemente, del alma de los animales o de las plantas; es decir, de su principio de vida, que no es realmente fácil de explicar ni de demostrar. Se trata del alma humana imperecedera, cuya existencia misma no es conocida sino por la operación de la Gracia, del alma invisible que debe sobrevivir a un cuerpo visible al cual está llamada a reintegrarse un día, de esa alma que Dios ha hecho partícipe de sí mismo y que es más duradera que todos los mundos». Alexiévich busca escribir la historia del alma. En esa historia, que es también la historia de la guerra, vemos la degradación absoluta del ser humano, vemos el dolor en estado puro, la muerte, la soledad, la estupidez total, vemos a los animales como víctimas inocentes de la barbarie. Vemos, si fijamos fuertemente la mirada en ello, la diferencia radical entre los animales y nosotros, porque “los pájaros pronto olvidaron la guerra”. Nosotros, en cambio, estamos condenados a tener alma, no es nuestra elección, no es un invento de la superstición cristiana o una fantasía del hombre primitivo. Si nosotros leemos a Alexiévich es porque no podemos olvidar, porque tenemos un alma “que es más duradera que todos los mundos”. Nosotros vemos películas de guerra y leemos sobre las atrocidades más crueles de la humanidad porque es nuestro deber hacerlo. Es una exigencia de nuestra naturaleza. En la guerra no sólo están en juego los intereses económicos de los poderosos, las ambiciones de los malvados, las necedades de los populistas; en la guerra están en juego nuestras almas. Y nuestras almas no pueden olvidar.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.