Ecología sexual y el fin de los tiempos

Han arruinado la tierra, dijo tras más o menos un minuto, al tiempo que su mirada volvía a cobrar vida, es decir, regresaba a sus ojos el color de charco espeso que los caracterizaba.

László Krasznahorkai, Ha llegado Isaías

La historia ocurre en 1992. Korin llega tambaleándose a un bar y comienza a hablarle a un hombre que fuma silencioso frente a la barra. El hombre del cigarro no se inmuta ante la presencia de Korin, que empieza un soliloquio etílico sobre la disolución del mundo y el fin aparente de los tiempos. Las únicas otras personas que se encuentran en el lugar son un par de ancianos indigentes, que, más adelante en la historia, en un frenesí inhumano de inercia sexual empiezan a revolcarse entre bolsas de plástico llenas de cosas inútiles. Con esta imagen apocalíptica de Krasznahorkai, escritor húngaro contemporáneo, imagen tenebrosa del individualismo desesperanzado y la frivolidad sexual que ya no puede despertar nada más que fealdad y esterilidad, podemos acercarnos al pensamiento de Wendell Berry, escritor poco conocido que, desde finales de los 60, ha escrito sobre ecología y ha denunciado la destrucción del planeta a manos del industrialismo.

La escena de los ancianos apareándose como animales, diría Berry, condensa la imagen de la sexualidad industrial: una acción despojada de todo sentido, un automatismo meramente productivo, que se opone radicalmente a la actividad libre y plena de la sexualidad humana. Cuando la sexualidad es meramente productiva, divide, afea, esclaviza y encierra a las personas en un individualismo desesperante, como dos vagabundos estrellando sus cuerpos entre desperdicios de plástico. En cambio, cuando la sexualidad es libre y plena, es reproductiva: genera más, multiplica el bien, fomenta la libertad y posibilita la existencia de la comunidad, como una tierra bien nutrida que, agradecida, da frutos, alimento y cobijo. Y esto no es sólo una cuestión de moral o de estética, de sostener una vida sexual más apegada a lo natural o lo artificial, lo bueno o lo malo, sino que es un símbolo de la vida misma y la forma en la que la vivimos, pues:

Algunos dirán que la producción es el principio masculino aislado del principio femenino. Aislado así, el principio masculino quiere ejercerse a sí mismo absolutamente; quiere ‘hacer todo al mismo tiempo’ ̶ que es, precisamente, lo que sucederá el día del juicio final. Pero la reproducción, que es la unión de los principios masculino y femenino, es propicia, paciente, se resigna al ritmo de las temporadas y las vidas, es respetuosa de la naturaleza de las cosas.

La prueba de que Berry no está hablando aquí de la sexualidad como una mera actividad humana que podemos separar del resto de la vida es que, unas oraciones más adelante, enlaza esta idea de los principios sexuales con la actividad concreta de los granjeros: “En la cúspide de su actividad, los granjeros siempre han sostenido este principio ancestral de la reproducción. Sin él, hacen que su arte sea tan estéril como la minería”. La minería es, por antonomasia, la actividad productiva de una sociedad industrial, la principal forma de explotación de la tierra.

Vale la pena enfatizar que, para Berry, no es que la disolución de la familia y el desenfreno impulsado por la llamada “revolución sexual” de los 60 sea la causa de la crisis ecológica (nótese, además, la etimología de la palabra “ecología”, con sus ecos griegos y cristianos, su larga historia de una humanidad específica de carne y hueso, cuerpo y espíritu, sus rumores de Aristóteles, sus murmullos del Logos que se hizo hombre y habitó entre nosotros, en oposición al término “ambientalismo” usado en la actualidad, palabra inerte que sólo remite a un espacio vacío, un conjunto de condiciones físicas y meteorológicas, un límite que divide a lo humano de lo no humano y que se convierte, paradójicamente, en el campo de batalla del “activismo ambientalista”), sino que la sexualidad es un símbolo de nuestra condición humana, nuestra condición de creaturas, de personas, de seres pensantes, de seres pertenecientes a un lugar, de seres enraizados a la tierra. Para la economía industrial, en cambio, la sexualidad es un mero intercambio de bienes, una relación contractual entre individuos autónomos, que se convierte así en materia de dominio público y, por lo tanto, objeto de la intervención del Estado. De esta manera se entiende perfectamente la aparente paradoja de que la utopía feminista de la liberación sexual requiere necesariamente de un Leviatán todopoderoso que reglamente las interacciones entre los individuos. “Más derechos, más autonomía, más libertad” significa “más leyes, más vigilancia, más Estado”. Entonces, ¿en dónde halla Berry la “salvación” de la humanidad? Ni en las instituciones, ni en el Estado, ni en el activismo o las leyes. Tampoco descarta la validez de muchas de estas luchas, pero la esencia del problema radica en algo más sencillo y, por eso mismo, más atacado por la economía desenfrenada que sólo busca el lucro, la movilidad y lo instantáneo; la esencia del problema radica en la supervivencia de la comunidad.

Wendell Berry con sus binoculares para observar pájaros (https://www.newstatesman.com/culture/books/2017/01/farmer-activist-economist-seer-why-wendell-berry-modern-day-thoreau)

Para Berry, la familia es la unidad económica básica, no el individuo. Y un conjunto de familias que habita un lugar determinado, con una responsabilidad por la salud de ese lugar, un cariño y un conocimiento histórico y espiritual de él, se junta de manera natural en una comunidad. Familiares y vecinos son los miembros que conforman el cuerpo de la comunidad, no meros ciudadanos, abstracciones o potenciales enemigos. Vemos aquí cómo la realidad de la comunidad entra en conflicto directamente con las nociones económicas modernas: la comunidad no tiene como meta un lucro ilimitado, un afán “faustiano” de poseerlo todo, de dominar la materialidad; la comunidad defiende su tierra, protege a los suyos y no persigue un “progreso” infinito, mucho menos si este progreso implica la destrucción del lugar que habita. Este principio “estático”, “conservador”, “mesurado” de la comunidad es el que la economía de mercado se ha encargado de despreciar y destruir por medio de la publicidad que enaltece los logros profesionales, la expresión individual, el éxito, la fama y la movilidad por encima de los valores atrasados y arcaicos de la familia que vive contenta con lo que la naturaleza le ha dado. El principio productivo masculino de la economía industrial ha arrasado con todo, literalmente con todo, para poder seguir con su loca producción mundial, sin fronteras, sin diferencias. Y lo primero que ha tenido que dinamitar es la complaciente y fructífera vida de la familia en comunidad.

Berry remarca este hecho a través de la supuesta liberación de los individuos frente a la opresión de la familia, liberación que significó la posibilidad de emanciparse de los lazos familiares y comunitarios y convertirse en un individuo consumidor. Antes las familias eran unidades productivas, en el buen sentido de la palabra, porque producían gran parte de su propia comida y permanecían así independientes de las posibles irrupciones de la cadena de suministro. Al ser productores, además de consumidores, eran libres de verdad y fomentaban el intercambio y el crecimiento de la comunidad. Ahora tenemos sólo la libertad de consumir lo que queramos; esa es nuestra gran libertad. Pero para lograrlo sólo tenemos que abandonar a la familia, recibir una educación universitaria en alguna institución de prestigio, recorrer el mundo en avión, conseguir un trabajo de altísimo nivel, mantener un buen historial crediticio, contar con la tecnología más avanzada para no quedarnos atrás, aprender muchos idiomas, mantenernos en forma para contrarrestar el estrés, tener un buen coche que nos transporte y a la vez no contamine, mantenernos informados de las noticias del mundo, encontrar una pareja estable que nos apoye en nuestro crecimiento personal, adoptar un perro abandonado en la calle, viajar para olvidar la presión del trabajo… Todo esto sucede, diría Berry, sin darnos cuenta de que este ritmo de vida y esta mentalidad “masculina” de optimizar ciegamente, como meros individuos autónomos, es la misma inercia que ha llevado a la crisis ecológica, social, política y económica que tanto nos abruma; sin darnos cuenta, además, de que al “liberarnos” de la carga de trabajo de la agricultura y la producción de comida, por ejemplo, nos volvimos totalmente dependientes de las grandes empresas de alimentos, que se mueven en la tan añorada “aldea global” como peces en el agua. Un campesino medieval era más libre, al tener que esforzarse por entender a la naturaleza y desarrollar las habilidades necesarias para sobrevivir, que nosotros, que ya no tenemos que esforzarnos por nada y podemos pedir comida a través de un teléfono inteligente.

Este texto se empieza a parecer mucho al debraye aparentemente sin sentido de Korin, personaje del pequeño relato de Krasznahorakai con el que empezamos, así que aquí me detengo. Y termino, por lo tanto, retomando su discurso fatalista: “…la razón barrió todo aquello en lo que hasta entonces se había basado el mundo, simplemente echó abajo los fundamentos de éste, dando a entender, concretamente, que aquellos fundamentos no existían y añadiendo, más exactamente, que dichos fundamentos no habían existido jamás ni resucitarían nunca de su no existencia allá en el futuro esperado en vano.” Esta es la voz de la desesperación individual. La desesperación que no es capaz de proponer soluciones fuera del esquema mental de la economía industrial y que nos llena de pánico ante el “futuro esperado en vano”. Berry, por su lado, le podrá responder que los fundamentos siguen ahí y siempre seguirán. Aunque quizá no le responda con el discurso de “la razón y la ilustración”, que tanto frustra a Korin, sino con su vida misma, con el ejemplo de una vida forjada en el silencio de la agricultura y la soledad sonora de la escritura. La respuesta no vendrá en la forma de una apasionada invectiva frente a la ONU o la redacción inerte de una ley, sino que la respuesta será Berry mismo mostrándonos su granja en Kentucky y presentándonos a Tanya, su esposa de toda la vida. Y en este gesto resonarán sus palabras: “el amor sexual es el corazón de la vida comunitaria”.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.