Semáforo rojo

Un día más de la pandemia. Despiertas cansada, como siempre, pero un poco menos que en los últimos meses. Sientes que ayer dormiste relativamente mejor. Anoche, durante la cena, escuchaste en las noticias que la próxima semana el semáforo epidemiológico de la Ciudad de México pasaría a color naranja. Naranja… Mucho más acogedor que el rojo… El naranja invade tus sentidos con una sensación de relajación y exuberancia, como una tarde en la playa, bajo la sombra de una palapa comiendo unos cueritos con salsa Valentina, o bueno, así te imaginas que sería una tarde en la playa comiendo unos cueritos con salsa Valentina. Recuerdas el papel naranja con el que forraste el cuaderno de Civismo de Rosita, ¿o era de Historia? Parece que han pasado años desde el último día que llevaste a Rosita a la primaria, pero fue hace sólo unos meses. Recuerdas, también, el disfraz de calabaza de Vale, el primer Halloween que salió a pedir calaverita. Te despabilas en esa atmósfera naranja y un poco de optimismo empieza a recorrer tu cuerpo. Oyes a tu hermana, que usualmente se levanta más temprano que tú, preparando las cosas en la cocina. Luego oyes la voz de Rosita, amodorrada, pidiéndole algo a tu hermana. De seguro Vale sigue dormida. Pensar en ellas te reactiva: hay que ir a trabajar. Afuera hace frío. Durante la noche estuvo lloviendo y el día, aun a pesar de que todavía no amanece, se ve limpio y claro. Quieres subirte al coche lo antes posible para sentir el calorcito. Tu suegro maneja callado, como siempre; atrás, tu hermana y su novio van platicando, viendo videos en el celular.

Van entrando a la Ciudad cuando de pronto el parabrisas se empaña y tu suegro murmura algo. Abres la ventana y el parabrisas se empieza a despejar lentamente. Ya salió el sol. Sientes su presencia y revives ese despertar naranja que te llenó de paz. Volteas a ver las casotas de siempre y los negocios que siguen cerrados. Lo único bueno de la pandemia es que el tráfico ha bajado. Hace unos meses esto ya estaría lleno de coches. Piensas en el tráfico y en el coronavirus: gracias a Dios a nadie de tu familia le ha dado. A Lalo, el hijo de Paty, le dio y siguió yendo a trabajar como si nada; dicen que doña Fide se murió de coronavirus, pero igual ya estaba muy viejita. El virus no te preocupa tanto: piensas en que llevas meses sin vender tus tlacoyos y sientes un poco de esperanza de que ya todo volverá a la normalidad. Escuchas que tu suegro murmura algo. Más adelante ves una camioneta de esas de carga echándose en reversa. Tu suegro quiere pasarse al otro carril. Una camioneta negra le impide el paso. De pronto, escuchas que tu suegro dice una grosería; nunca lo habías escuchado decir algo así. No sabes qué pasa, pero tu cuerpo se tensa y no sabes si gritar u ocultarte. Sientes lo mismo que el día que tembló y todo mundo empezó a correr. Escuchas unos ruidos ensordecedores, desconocidos, como estallidos, como unas matracas. Escuchas los gritos de tu hermana en el asiento de atrás. Sientes que algo te ha invadido, algo ajeno a ti se ha colado en tu cuerpo, en tu mente. Sigues sin saber qué pasa, qué pasó. Sólo han sido unos segundos o una eternidad. Ves todo rojo. El rojo más intenso que hayas visto en tu vida. El rojo se vuelve tan fuerte que dejas de sentir. Ya no sientes nada. De pronto ves el cuaderno forrado de Rosita y el disfraz de calabaza de Vale, pero esta vez los ves de un rojo cegador. Piensas en el color rojo del semáforo epidemiológico. Eso es lo último que ves.

Inspirado en la historia de Gabriela Gómez Cervantes, 26 años, que tenía su puesto de tlacoyos afuera del Auditorio Nacional y murió en el atentado contra García Harfuch.

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