Réquiem por la sociedad burguesa

Voyager, c’est bien utile, ça fait travailler l’imagination. Tout le reste n’est que déception et fatigues. Notre voyage à nous est entièrement imaginaire. Voilà sa force. Il va de la vie à la mort. Hommes, bêtes, villes et choses, tout est imaginé. C’est un roman, rien qu’une histoire fictive. Littré le dit, qui ne se trompe jamais. Et puis d’abord tout le monde peut en faire autant. Il suffit de fermer les yeux. C’est de l’autre côté de la vie.

-Louis-Ferdinand Céline

Burgués irredento, dandi y sibarita, coleccionista de honores sociales y conspirador de delirios metafísicos e ínfulas aristocráticas, Gustav von Aschenbach es un escritor exitoso que, alejado de banalidades y excentricidades, poseía el talento necesario para cautivar a todo tipo de paladares literarios. Su ascenso al Parnaso no ha sido el de un cometa que desgarra el cielo, sino la serena elevación de una monja octogenaria en la Escalera Santa de San Juan de Letrán. La perseverancia ha sido la divisa de su vida y su palabra favorita era la resistencia (Durchhalten). El fabulador de epopeyas sobre Federico el Grande y miglior fabbro del lenguaje en el ensayo “Espíritu y arte” ha hecho todo lo que tiene que hacer y no lo ha hecho nada mal. No parece haber nada en su vida de qué arrepentirse. Pero resulta que, al pasar los cincuenta años, este asceta sobrio y disciplinado, de pronto tiene la sensación de que, después de décadas de abstinencia, no ha sido un éxtasis místico lo que ha experimentado, sino la náusea por una existencia intrascendente. Entonces abandona su departamento en la Prinz-Regentenstraße de Múnich con dirección al cementerio inglés. Ahí, entre las esculturas funerarias de bestias apocalípticas que vigilan el pórtico, Von Aschenbach divisa a un hombre pelirrojo con rasgos exóticos y siente un repentino deseo de viajar. Esta es la premisa de La muerte en Venecia del escritor alemán Thomas Mann. A pesar de las visiones que reducen el libro a un panegírico pederasta (cuyas derivas más estridentes amenazan incluso con retirarlo de los anaqueles), la novela es siempre algo más: una moraleja sobre los sacrificios que exige la literatura, una disquisición filosófica sobre las pasiones humanas, un testimonio de la presencia de los países mediterráneos en la cultura alemana, un manifiesto esteticista y hasta una exquisita alegoría de la Europa aburguesada que, infatuada por las ideologías finiseculares, se arrojará a la pira en la Primera Guerra Mundial. En las páginas aparece el legado de Platón y Plutarco, pero también se asoman Nietzsche, Goethe y Wagner. La reflexión erudita imbricada en estilo preciosista está vertebrada por la tensión entre dos formas de buscar la belleza: el paciente perfeccionamiento de los cánones estéticos y el instante sublime del arrebato lírico.

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Construir una catedral no es prodigio de un día (por más que hoy abunden impostores que pretendan convencer de lo contrario), como reconoció Goethe arrodillado frente al prodigio gótico de Estrasburgo: “Yo quería degustarla y disfrutarla, porque procedía de miles de particularidades armónicas, pero de ninguna manera podía conocerla ni explicarla. Dicen que cuenta con el beneplácito del cielo, y cuántas veces he regresado para disfrutar de esa alegría celestial y terrenal a la vez […] Le resulta difícil al espíritu humano reconocer que la obra de su hermano es tan sublime que tan sólo puede inclinarse ante ella y rezar”. Las amplias naves y los gigantescos pilares de la catedral simbolizan los siglos que la civilización europea requirió para florecer, pero también el trabajo que le ha costado al protagonista de la novela de Thomas Mann edificar una fecunda carrera de escritor. Es una forma de belleza que se cocina a fuego lento con sacrificios cotidianos: “el arte es una vida enaltecida; produce satisfacciones más profundas, desgasta más rápido. Graba en el rostro de sus siervos rastros de aventuras imaginarias y espirituales y produce en el tiempo, incluso en la tranquilidad monacal, una delicadeza, un refinamiento, un cansancio y una curiosidad de los nervios, más intensos que los que podría provocar una vida de pasiones y goces violentos”. En un ensayo titulado “Goethe como representante de la época burguesa” (1932), Mann recuerda que el artífice del Fausto solía afirmar que sólo había dos formas de alcanzar algo importante en la vida: violencia y constancia. Lógicamente, el único camino posible ante esta disyuntiva para un hombre pacifista como Goethe –a quien, por cierto, el primero nunca dejó de profesar una admiración condensada en el adagio Anch’io sono pittore!– fue la consecuencia, la tenacidad, la tranquila perseverancia. El precio de la vocación literaria fue demasiado alto. Goethe, escribía Mann páginas más adelante, había llegado a confesar que, si sumaban todas las buenas horas de su vida, no había sido feliz ni siquiera cuatro semanas. En esta dolorosa confesión subyace la santificación del tiempo, el trabajo febril hasta el último aliento y el ascetismo fervoroso de la ética protestante. Pero también se refleja el mundo apolíneo que Friedrich Nietzsche caracterizó en El nacimiento de la tragedia (publicado primero en 1871 y 1872 y luego en 1886) como mesura, perfección de formas, cordura, sueño y poesía. Por eso, el ensayo se detiene en el horror que le provocaba al sabio de Weimar la Revolución francesa como la “democratización de Europa” con el nacionalismo como “ornamento espiritual”.

Ferdinand von Keller, Selene, 1886, Colección privada

La caracterización de la sociedad burguesa está esparcida a lo largo de toda la obra de Thomas Mann: desde la Muerte en Venecia hasta su reformulación musical del Fausto; desde la nostalgia por una Europa moribunda en La montaña mágica hasta el ascenso y caída de una familia de comerciantes en Los Buddenbrook; desde la construcción teatral del personaje público a quien Carlos Fuentes, tras mirarlo en el Baur au Lac, describió como un caballero de más de 70 años, “tieso y elegante como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco cruzado e inmaculadas camisa y corbata”, cuyos “dedos largos y delicados rebanaban un faisán frío con minuciosa cortesía”, “envergado como una vela, con una rigidez militar”, mientras “sus ojos brillaban con el fogoso fuego del capricho” hasta el sentimiento de abandono que le provocó la pérdida de estatus tras la muerte del padre a los dieciséis años; desde la asidua complacencia en publicar casi todas sus obras en la editorial Fischer hasta el “matrimonio ejemplar” que ocultó durante toda su vida las pulsiones homoeróticas. La sociedad burguesa –con la irremediable inclinación a la demencia, la intermitencia de placeres y la fugacidad de su cobijo– le brindó la calma necesaria para edificar, en la serena sobriedad de incontables madrugadas, catedrales literarias. Pero la estabilidad contiene en sí el germen de su caducidad. Bajo los trajes almidonados y las bóvedas con frescos de Pinturicchio palpita un impulso dionisíaco que impele al hombre apolíneo a entregarse a una carrera frenética hacia la autodestrucción.

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En Venecia, un siniestro gondolero (¿Caronte?) conduce a Gustav von Aschenbach a un lujoso hotel en Lido, donde le han reservado una espaciosa habitación con vista al mar. El esteta queda arrobado de inmediato por la belleza arbotante de la basílica de San Marcos, el orgulloso león alado sobre una columna a punto de emprender el vuelo (“Pax tibi Marce, evangelista meus. Hic requiescet corpus tuum”), la dignidad de la cúpula de Santa Maria della Salute, los balcones de mármol salpicados con verdín, las aguas turquesa con manojos ondulantes de algas y las seductoras contorsiones del joven Tadzio (figuración del barón Władysław Moes, a quien Thomas Mann conoció en el Hôtel des Bains): nada tan logrado en la naturaleza ni en las artes plásticas como la cabeza marmórea de Eros bajo los rizos color miel. Al contemplar la encarnación del Spinario en la playa entre haces fulgurosos, el escritor experimenta un entusiasmo desbordante provocado por el eco de un poema primitivo que se superpone al cruce de ojivas. El mar representaba una perfección inarticulada, desmedida y eterna: todo lo contrario a las exigencias de su misión en el mundo. La belleza, “divina y visible al mismo tiempo” (“göttlich und sichtbar zugleich”), es el único “camino del artista hacia el espíritu”. El arte como “vida elevada” en pos de una belleza distinta a la de las catedrales europeas puede ser “amoral” (unsittlich) e incluso “inmoral” (widersittlich). No es casualidad que Von Aschenbach, en medio del éxtasis contemplativo, evoque a Platón, pues en El Banquete éste postula, en boca de Diotima, que la función del demonio

Thomas Mann, Der Tod in Venedig und andere Erzählungen, Fráncfort del Meno, Fischer, 2012. (Fotografía del autor)

Amor es mediar entre los dioses y los hombres para que los segundos se eleven a lo divino. A diferencia de lo que ocurría en la sociedad burguesa biempensante a la que pertenece Thomas Mann, en la tradición griega, una relación pederasta no era motivo de escándalo, sino una suerte de educación sentimental. Al contemplar la belleza del dios mancebo emergiendo del mar, Von Aschenbach siente que las heridas provocadas por las exigencias de la formalidad burguesa quedan cauterizadas con la frescura del cuerpo núbil. La sal de las aguas bautismales libera los grilletes oxidados y augura un nuevo comienzo por la senda vibrante del vino, la fiesta y la sexualidad desenfrenada. El escritor desea a Tadzio con urgencia inconsolable, porque le recuerda el niño que fue y querría detener el crepúsculo con el mediodía eterno de la costa adriática. Es la misma ilusión de haber sido otro la que invade al septuagenario Goethe, cuando a los 74 años, se enamora en Marienbad de Ulrike von Levetzow, esbelta como flor de tallo largo e irradiando vitalidad desde las blancas sandalias hasta la cinta entrelazada del cabello, con el apremio frenético de un adolescente. Pero la empresa es, desde antes de comenzar, una derrota. Tanto Goethe como Von Aschenbach descubren, con melancólica resignación, que ya no hay tiempo para rebobinar: “Cuando el hombre suele enmudecer en su tormento, a mí me ha encomendado un dios expresar lo que padezco” („Und wenn der Mensch in seiner Qual verstummt / Gab mir ein Gott zu sagen was ich leide“). La nostalgia de la última pasión es el estado de apagamiento de la ceniza, un tiempo para irse despidiendo de la belleza del mundo, la única “distracción posible para quien no cree en el futuro”. Persiguiendo la belleza por la belleza, el escritor se entrega a la embriaguez y al deseo, que, según advertía Platón, eran capaces de inducir a un hombre noble a cometer atrocidades. ¿Qué podía importarle la virtud frente a las ventajas del caos para quedarse solo en la isla con el hermoso adolescente? En sueños, Von Aschenbach contempla a mujeres con pieles blandiendo panderetas con serpientes a la cintura, hombres con cuernos tocando tambores, niños desnudos azuzando a machos cabríos con varas floridas, una cópula promiscua fluyendo como una hemorragia imposible de cortar. Otra noche, un grupo de músicos callejeros organiza una representación bufa en el jardín del hotel, mientras la peste toma silenciosamente la ciudad. Otro mundo, otra cultura, otra época se avecinan. En el último acto del Crepúsculo de los dioses de Richard Wagner, Brunilda, para redimir el mundo por amor, se sacrifica junto al héroe germano Sigfrido en una pira. Mientras el Rin se desborda, llevando a las doncellas sobre las ondas con el anillo, las llamas crecen en intensidad hasta convertir el Walhalla (la morada de los dioses) en una gigantesca antorcha. Los cisnes presienten la catástrofe y emigran hacia otros continentes, llevándose con ellos las montañas cegadoras donde reinaban nieves perpetuas.

Autor

  • Actualmente cursa el doctorado en Filosofía política en la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, donde también realizó sus estudios de maestría. Es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y cuenta con estudios en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM. "—¿Qué es más precioso que el oro? —preguntó el rey. —La luz —contestó la serpiente. —¿Qué es más reconfortante que la luz? —preguntó aquél. —La conversación —respondió aquélla." - Johann Wolfgang von Goethe

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