Querido lector:

Espero que estés bien y saludable a pesar de esta situación. Te escribo para pedirte tu opinión respecto a algo muy curioso que he estado haciendo para sobrellevar los días de confinamiento. ¿Has escuchado cómo algunas personas han recurrido al ejercicio y otras a la meditación? Pues yo –en cambio– he comenzado a hacer equinoterapia. Así como lo lees: equinoterapia, sin salir de casa y sin caballo. Verás, un día –ya no recuerdo cuándo– comencé a leer Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso. Cuando leí su famoso microcuento –que era lo único que ya había leído de este autor– no sabes la alegría que me dio y lo contenta que me puse. A pesar de todo lo malo, todavía estaba allí. Al día siguiente, por casualidad lo volví a leer, pero ya no sentí gusto. Esa vez me produjo angustia saber que todavía estaba allí y sentí una impotencia terrible de no poder hacer nada al respecto. Sorprendida por este cambio tan drástico de percepción, hablé con una psicóloga y terapeuta al respecto. Ella me dijo: “¿No será que El dinosaurio está reflejando tu estado anímico?” y me dio la siguiente explicación: “Las neuronas espejo son aquellas células del sistema nervioso que se activan cuando un animal realiza una acción, pero también cuando el animal percibe que otro realiza dicha acción. De manera que estas células son importantes porque son las responsables de que podamos aprender de los demás, ayudan a identificar las intenciones de los otros y nos hacen capaces de sentir empatía. Es decir, estas neuronas son las responsables de cuestiones triviales como que los bostezos sean contagiosos y que te den ganas de ir al baño si otra persona dice que tiene que hacer pipí; pero también sirven para que un bebé de 3 meses comience a desarrollar el lenguaje y son las que nos permiten conectar a nivel emocional con los demás”.

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Fernando Botero, Caballo, 1998, Bogotá, Museo Botero

“Ahora bien,” –prosiguió con su explicación– “se ha descubierto que los caballos tienen más neuronas espejo que los humanos, cualidad que les permite empatizar con otros seres incluso aún más que las mismas personas. Este es el fundamento de la equinoterapia: al interactuar con los humanos, los caballos pueden detectar y reflejar el estado emocional de una persona”. Su hipótesis es que El dinosaurio es uno de esos animales que tiene más neuronas espejo que los seres humanos –quizá incluso más que los caballos– y, por lo tanto, puede servir de espejo emocional para el lector. Por esta razón, la psicóloga me encomendó que los siguientes cinco días leyera el cuento al despertar por la mañana y registrara lo que me hacía sentir para que se lo contara en una próxima sesión. Así que, al día siguiente, primer día del experimento, volví a leer el cuento y simplemente no podía creer que todavía estaba allí. Me rehusaba a aceptar que fuera cierto. ¿Cómo era posible que todavía estaba allí?

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Augusto Monterroso, Obras completas (y otros cuentos). México, Era, 2005

Al segundo día del experimento, sentí coraje y resentimiento. ¿Por qué fregados estaba allí? Al tercer día, imaginé que ya no estaba allí y fantaseaba acerca del tiempo antes de que estuviera. También me cuestionaba a mí misma ¿qué podría haber hecho yo para que ya no estuviera allí? La mañana del día cuatro, me dio una profunda sensación de tristeza. Entré en crisis al pensar: ¿qué sentido tiene vivir si todavía estaba allí? Me atormentaba pensar que tendría que vivir con esa presencia constante. Para el quinto día, el hecho de que todavía estaba allí ya no me producía sentimientos intensos y más bien estaba simplemente cansada. Supe que era tiempo de aceptarlo y ya: todavía estaba allí. Concluido el experimento, volví a platicar con la psicóloga y le presenté los hallazgos. Me dijo: “¡Qué interesante! Primero, negación; segundo, enojo; tercero, negociación; cuarto, depresión, y quinto, aceptación. Son las cinco etapas del duelo que describió Elisabeth Kübler-Ross. ¿Será que El dinosaurio te está permitiendo darte cuenta de que estás viviendo un duelo?” “Puede ser –le respondí–, pero para estar en duelo, ¿no tendría que haber sufrido una pérdida?” Me replicó: “¿No crees que todos –aunque algunos más que otros– hemos perdido mucho en esta pandemia?” Me sugirió que siguiera con mi especie de equinoterapia y que tuviéramos otra sesión. Querido lector, ahora te pregunto a ti: ¿crees posible que, con cada lectura, El dinosaurio se esté comunicando conmigo y me esté leyendo a mí como si fuera un libro?”

Espero con ansias tu respuesta y te mando saludos.

P.D. Mucho se ha hablado ya de El dinosaurio y su brevedad, pero Monterroso escribió muchas otras joyas, no tan breves, pero de igual genialidad. En particular, Sinfonía concluida es imperdible –en mi humilde opinión.

Autor

  • Estudió Relaciones Internacionales en el ITAM y la maestría en Estudios de Traducción en Kent State, Ohio. Tiene experiencia en el gobierno, el sector privado y como profesora universitaria. Está casada y tiene dos hijos.

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