Placeres y moralejas

Visitar el Museo del Prado es toda una experiencia estética y religiosa. Contemplar de cerca las pinturas de El Bosco trae a la mente aquella narración de Stendhal sobre sus viajes por Italia, narración que hizo que bautizaran un síndrome muy peculiar con el nombre del escritor francés: ver estas obras de arte te puede sacudir tan fuertemente que las rodillas te tiemblan, el corazón se acelera y puedes, en pocas palabras, sentir un éxtasis de placer espiritual. A la vez, en mi caso, la sala estaba tan llena de turistas, en su mayoría chinos, que la experiencia se convirtió en algo similar a un trasbordo de la línea Tacubaya-Pantitlán. Lo feo y lo sublime conviviendo en el mismo hecho, como una explosión que, de lejos, puede ser un espectáculo hermoso; de cerca, nada más que escombros y aturdimiento. Y las pinturas de El Bosco tienen su encanto, precisamente, en que conmocionan los sentidos; cualquiera, por más ignorante que sea en cuestiones de arte, puede encontrar en su observación algo que le conmueva.

Stefan Fischer, El Bosco. La obra completa, Eslovaquia, Taschen, Bibliotheca Universalis, 2014

Su obra apela a las masas, es de alcance universal, de gusto democrático, para decirlo en otras palabras. Siguiendo con mi historia, al terminar mi recorrido me compré unos recuerdos en la tiendita del museo, unas reproducciones en miniatura de los trípticos más famosos de este enigmático pintor holandés. Los pequeños souvenirs de cartón se doblan para que se parezcan en todo a los trípticos originales. De esta forma, la obra se puede leer como un libro desde la comodidad de tu hogar. El jardín de las delicias, por ejemplo, se lee así: en la portada vemos el tercer día de la creación del universo, cuando Dios separó las aguas y surgieron las primeras plantas; adentro del libro leemos la historia de la humanidad concentrada en tres momentos: la creación de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso, la vida en la Tierra después del diluvio y, finalmente, los tormentos infernales como resultado de la vida disoluta y frenética. A través de una narración, El Bosco argumenta que nuestras decisiones morales tienen consecuencias, argumenta que el desarrollo histórico de la humanidad es también un drama de tintes bíblicos. El pintor hace que una narratio y una argumentatio se entrelacen genialmente a través de los colores y las figuras de una pintura. Y este pequeño recuerdo del Museo del Prado me ha resultado útil a la hora de enseñar a escribir una crónica: Detrás del relato de cualquier evento, le digo a mis alumnos, el escritor debe esconder una crítica argumentada, igual que en El jardín de las delicias de El Bosco. Una buena crónica te atrapa con lo que narra, le sigo diciendo a mis alumnos, pero a la vez te deja, aunque sea implícitamente, un mensaje relevante.

Otto Dix, Tríptico de la gran ciudad, 1928, Stuttgart, Kunstmuseum Stuttgart

Ahora bien, esto no lo aprendí de mi visita al Museo del Prado, sino del libro de Taschen que recibí una vez como regalo de Navidad. Esta obra de Stefan Fischer es una preciosidad en todos los sentidos: el detalle de las ilustraciones permite observar las pinturas mucho mejor que en el museo y la calidad del texto es superior incluso al placer de su contemplación. Leí este libro de arte con la misma avidez con la que se lee una novela emocionante. De ahí extraje, para seguir con el encomio de esta pequeña joya, la máxima que me guía como profesor y que el autor, a su vez, toma prestada del ilustre poeta Horacio: Docere et delectare. Toda obra de arte debe enseñar y deleitar al mismo tiempo.Todo docente debe ser un artista y todo artista debe educar con su obra. Este libro y las pinturas asombrosas de El Bosco nos demuestran que la vida misma es una mezcla de placeres y moralejas: a veces te toca bajarte en una estación, a veces en otra, a veces en el Jardín de las delicias, a veces en el Infierno.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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