Pearl Harbor: tragedia japonesa

A 80 años del sorpresivo ataque japonés a la base naval estadounidense de Pearl Harbor, Hawái, quizá sea demasiado recetar, en nuestros tiempos de «posverdad» y nuevas supersticiones, de celo identitario y sospechosismo generalizado, el antídoto de la historia. No creo, sinceramente, que la terapia de mirarnos en el espejo del pasado caiga muy bien entre las numerosas tendencias de «antivacunas mentales» que nos afligen. Peor aún, cuando asistimos a la pronta e inevitable desaparición de los testigos de ese mismo pasado, la «Greatest Generation», que se lleva con rapidez a la tumba las lecciones que más necesitamos escuchar cuando más lo requerimos.

Fotografía naval que documenta el ataque japonés a Pearl Harbor, Hawái, que inició la participación de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. El buque de guerra USS ARIZONA se hunde después de sufrir un ataque aéreo japonés el 7 de diciembre de 1941.

No obstante, estemos dispuestos o preparados ―o no― para ello, la realidad es que el mundo actual es producto de la Guerra del Pacífico, tanto o más que la de Europa, y, por tanto, del ataque del 7 de diciembre de 1941. A pesar de que las historias de la II Guerra Mundial suelen centrarse en el continente europeo y, sobre todo, en la perspectiva estadounidense ―en buena medida, gracias a Hollywood―, una mitad entera del Globo ―y la mitad de su población― padeció la guerra durante mayor tiempo y con peor intensidad que las potencias occidentales. Más aún, fue el 7 y 8 de diciembre de ese año, cuando Japón atacó a los estadounidenses en Hawái y desató su propia Blitzkrieg que la guerra se tornó, verdaderamente, mundial.

Más aún, fue el 7 y 8 de diciembre de ese año, cuando Japón atacó a los estadounidenses en Hawái y desató su propia Blitzkrieg que la guerra se tornó, verdaderamente, mundial.

Monarquía constitucional en teoría, en realidad, Japón adolecía de un Estado funcional. Entre 1931 y 1945, tuvo 15 primeros ministros, dos de los cuales fueron asesinados. La figura divinizada del emperador era más bien ceremonial ―a lo que no ayudaba el temperamento timorato del ocupante del trono, Hirohito―, mientras que el gobierno civil estaba dividido entre el parlamento, la corte imperial y el gabinete, con lo cual resultaba impotente frente al Ejército y la Armada ―que se detestaban―. Aunado a ello, la amenaza constante de insubordinación ―como los incidentes que llevaron a la invasión de Manchuria y China― y terrorismo por parte de facciones fuertemente ideologizadas del Ejército y la burocracia contribuyó al caos gubernamental, así como a la radicalización política y agresión militar ―aplaudida ésta por un pueblo japonés víctima de propaganda y represión implacables―.

En apenas dos generaciones, Japón había pasado de ser un país premoderno, agrario, feudal y aislado, vulnerable a las depredaciones imperialistas de Occidente, a una potencia regional, tecnológicamente avanzada, occidentalizada al menos en sus formas ―ciudades con fábricas y rascacielos, calles pavimentadas y cines, obreros de pantalón y diplomáticos de levita― y ya no sólo invulnerable al imperialismo extranjero, sino que había desarrollado su propia versión autóctona. Entre 1874 y 1941, el Imperio del Japón se había hecho de las islas Ryūkyū, Bonín, Kuriles y Vulcano; de Corea, Manchuria y Mongolia Interior; de la isla Marcus, Formosa y Sajalin meridional; de la península de Liáodōng y la provincia de Shāndōng, en China; de los archipiélagos de las Marianas, Carolinas, Marshall y Palaos; y ocupado parcialmente, a partir de 1937, las provincias chinas de: Héběi, Shānxī, Shāndōng, Jiāngsū, Zhèjiāng, Ānhuī, Húběi, Hénán, Shǎnxī, Zhèjiāng, Húnán, Jiāngxī, Fújiàn, Guǎngdōng. Entre septiembre de 1940 y junio de 1942, sumaría, en rápida sucesión, la Indochina francesa, las islas Guam y Wake, las Filipinas, Malaya, Tailandia, Singapur, Hong Kong, Birmania, las Indias Orientales Holandesas, las Gilbert, las Salomón, buena parte de Nueva Guinea y las Aleutianas occidentales, amenazando Australia, la India y Hawái mismo.

Sin embargo, el epicentro del Imperio japonés y de su camino irremediable hacia la tragedia era China. En efecto, el país más poblado del mundo sufrió, solo, los prolongados y brutales ―además de espontáneos, con poca aquiescencia de Tokio― embates japoneses desde 1931, con la anexión de su región más septentrional e industrializada, Manchuria, primero, y con una invasión en toda regla, después, en 1937. Gracias a una tenaz e inesperada resistencia, en ocasiones desesperada ―y que no se aprecia con suficiencia―, la visión apocalíptica del expansionismo japonés ―que abrazaría en su seno imperial a todas las naciones de Asia-Pacífico creando una Gran Esfera de Coprosperidad― quedó empantanada en un terrible dilema estratégico. Pese a las terribles pérdidas materiales y humanas del régimen nacionalista chino, para 1941, Japón, que ya había enterrado 185,000 soldados, continuaba atascado en la inmensidad de China, a lo largo de un frente de 3,200 km, con sus recursos mermados y sin indicio alguno de poder resolver pronta ni decisivamente el conflicto. Es más, en el verano de 1945, en la víspera de la derrota, Japón aún tenía 1’000,000 de hombres apostados allí.

Por si fuera poco, la incursión en China encauzó a Japón en un camino autodestructivo cuyas semillas venían sembrándose desde décadas atrás. No sólo lo comprometió en una enorme y prolongada guerra de desgaste para la que carecía de recursos industriales y humanos suficientes, sino que alienó decisivamente a la opinión internacional ―gracias a atrocidades como el bombardeo y sitio de ciudades como Shangháiy Nánjīng― y puso en guardia a sus ya de por sí recelosos vecinos. Asimismo, exacerbó su disfunción gubernamental y radicalizó aún más su política, contaminada de discursos crecientemente xenófobos, ultranacionalistas, autoritarios y militaristas, análogos a los fascismos europeos. Los agravios reales o imaginarios, como los ninguneos o, de plano, los desplantes racistas de los occidentales, más la insatisfacción con las soluciones diplomáticas y la cooperación internacional, comenzaron a ulcerarse, produciendo un enconado recelo y atizando una latente agresividad.

De esta manera, un Japón atascado en China, crecientemente fascista y desdeñoso del Derecho internacional, veía como su principal amenaza a su enemigo norteño tradicional ―y que surtía de armas y asesores a los chinos―, Rusia, ahora tornado mucho más peligroso por su sistema e ideología políticas. Al mismo tiempo, reconocía su precaria posición como nación insular, carente de recursos naturales propios y dependiente de las importaciones del exterior: de ahí la necesidad, para zanjar el problema chino y el problema soviético de una vez por todas, de una estrategia sureña para arrebatarle sus colonias ―ricas en petróleo, minerales, caucho, cereales, ganado, frutas, madera, mano de obra…― a los imperios europeos, que prometían estar ocupadas en una nueva guerra con Alemania.

Olafur Eliasson, The weather project, 2003

El problema era que cualquier avance japonés en cualquier dirección, ya fuera contra la Unión Soviética, contra el Imperio Británico o para rematar a China, sobre todo una vez comenzada la guerra en Europa, enemistaría aún más a Japón con los Estados Unidos, que le proveía, por cierto, de 80% del petróleo que consumía. Para colmo, un avance hacia el suroeste y el sur dejaría expuesto el flanco japonés ante las fuerzas estadounidenses del general MacArthur asentadas en las Filipinas. Esto equivalía a que cualquier curso de acción, fuera de la retirada de China y la renuncia a la expansión, provocaría una guerra con Estados Unidos, cuya economía era diez veces el tamaño de la japonesa. 

Si a ello sumamos que, pese a la firma del «Pacto de Acero» entre Alemania, Italia y Japón, en 1939, era un exceso llamar «aliados» a las potencias del Eje, la posición geoestratégica de Japón no podía ser peor. Se trataba, más bien, de cobeligerantes, pues jamás intentaron coordinar sus objetivos estratégicos ni planificar operaciones conjuntas y apenas colaboraron en modestos intercambios tecnológicos ―en gran parte, debido a las enormes distancias que los separaban, pero no menos a causa de la desconfianza y pocas afinidades mutuas―. Así como Hitler sorprendió a Japón con su pacto de no agresión con la URSS en el verano de 1939, éste optó por hacer lo mismo en la primavera del 41, lo cual habla mucho de la relación entre «aliados».

Los triunfos alemanes, empero, debilitaron considerablemente la posición en el Pacífico de los imperios británico, francés y holandés, y alentaron a Japón a tomar la iniciativa. Decidido el Ejército a no abandonar China y atacar hacia el sur, pese a las reticencias de la Marina ―que veía a Estados Unidos al principal enemigo―, el gobierno civil quedó a la deriva, entre la indecisión y la ambigüedad, y se resignó a dejarse llevar por la corriente de los acontecimientos ―lo que llegó a designarse shikata ga nai, «no puede ser de otro modo»―, apenas dedicando tímidos esfuerzos para llegar a un acuerdo diplomático y sin voluntad ni capacidad de constreñir a las Fuerzas Armadas ―pues se temía un golpe militar o nuevos actos de terrorismo político―. Sorprendentemente, como indica el magno historiador de la Guerra del Pacífico, Richard B. Frank: «En ningún punto entre 1937 y 1941, los líderes japoneses adoptaron formalmente una política que autorizara un cronograma específico de agresión».[1] Todo fue, en cambio, una sucesión de acciones oportunistas, emprendidas de manera descentralizada o incoherentemente decididas por comité, donde cualquier reserva individual fue desoída y la responsabilidad última acabó diluyéndose.

El paso decisivo fue la ocupación, tras la caída de Francia, de Indochina, que llevó a sanciones financieras y restricciones comerciales por parte del Gobierno de Roosevelt, las cuales, ejecutadas celosamente por sus subordinados, degeneraron en un embargo petrolero total que amenazó con asfixiar a Japón en cuestión de meses. Éste se percibió a sí mismo, entonces, atrapado en un callejón sin salida: obligado a renunciar a sus conquistas en China y capitular ante la presión económica de Estados Unidos, o bien, atacar hacia el sur, haciéndose de las materias primas necesarias para sostener su imperio y llevar a cabo una guerra larga, y crear un cinturón defensivo de seguridad, esperando alguna paz negociada o milagrosa victoria ―tipo Tsushima―. Era la gloria o la perdición, según dijo el primer ministro durante aquellos fatídicos días de diciembre y que acabó por militarizar al gabinete, el general Hideki Tōjō.

Lo peor es que todas las figuras principales del gobierno japonés, desde el emperador a los primeros ministros, pasando por los jefes de Estado Mayor, sabían que la perdición era casi segura. Japón no tenía la base industrial ni científico-tecnológica para emprender una guerra a gran escala ni de larga duración, mucho menos en las inmensas extensiones del Pacífico ni contra varios enemigos simultáneos…

Lo peor es que todas las figuras principales del gobierno japonés, desde el emperador a los primeros ministros, pasando por los jefes de Estado Mayor, sabían que la perdición era casi segura. Japón no tenía la base industrial ni científico-tecnológica para emprender una guerra a gran escala ni de larga duración, mucho menos en las inmensas extensiones del Pacífico ni contra varios enemigos simultáneos ―invulnerables ciertamente, pues Londres, Moscú o Washington quedaban 100% fuera del alcance japonés; e incluso Canberra o hasta Chóngqìng se antojaban elusivos―: sus ventajas en aviación, entrenamiento o armamento naval ―por lo demás, insostenibles a largo plazo― se veían mermados por insuficientes e inadecuadas dotaciones de blindados y artillería, radar e inteligencia, logística e intendencia. Concluye Frank al respecto:

En los últimos meses rumbo a Pearl Harbor, todas las élites del Japón, en uniforme o sin él, habían contribuido a empujar a la nación hacia la guerra. Más todavía, el liderazgo civil y militar había atizado al público a apoyar su belicosa senda. Numerosos soldados y marinos japoneses de alto rango entendían perfectamente que una guerra con los Estados Unidos podría terminar en catástrofe. Estos mismos oficiales compartían arraigadas sensibilidades como guerreros de la elitesca raza yamato. Asimismo, consideraban cualquier retirada de China como una traición a sus compatriotas caídos desde 1937. Su fallo no fue una ceguera fanática ante la situación que enfrentaban, sino, en última instancia, una falta del coraje moral que la conducción de su nación requería.[2]

O, en otras palabras, la nación japonesa padecía una delusión colectiva e insistía en cultivar una desinformación deliberada: líderes y público por igual, lo mismo estrategas que propagandistas, creían que Japón prevalecería a fuerza de espíritu, no de recursos materiales ni capacidades armamentísticas, gracias a la inquebrantable lealtad al emperador, la desenfrenada brutalidad contra los enemigos y la sobrehumana capacidad de sacrificio de sus soldados de a pie. Al fin y al cabo, sus enemigos eran esencialmente inferiores: corruptos y atrasados los chinos, incompetentes y vulnerables los soviéticos, débiles y decadentes los europeos y frívolos y pusilánimes los estadounidenses; mientras que sus «aliados» mostraban convicción ideológica, disciplina férrea y cosechaban grandes éxitos militares. ¡Vaya, el 7 de diciembre de 1941, los alemanes estaban a las puertas de Moscú!

Si tan sólo hubieran puesto un poco más atención sus diplomáticos y agregados militares a cuanto sucedía en el frente ruso o se rumoraba en las capitales europeas, quizá Japón habría reconsiderado su estima de Alemania ante la testarudez británica o el tesón soviético. Al fin y al cabo, el 7 de diciembre, el general Rommel replegaba sus fuerzas en el desierto libio, superado por el VIII ejército británico; mientras que el 8 dio inicio la contraofensiva del Ejército Rojo frente a Moscú, realizada en buena parte con las reservas siberianas liberadas por el pacto de neutralidad firmado con Tokio ―y que acaso diera al traste con la única posibilidad real del Eje de derrotar a la URSS y, casi con seguridad, a los Aliados―. Según el historiador Sir Max Hastings:

El error cardinal japonés fue suponer que Tokio podía imponer límites a la guerra que había comenzado, como, por ejemplo, permanecer al margen de la lucha germano-soviética. En realidad, una vez que Japón transformó la guerra europea en un conflicto global, humillando a sus enemigos occidentales, los únicos desenlaces posibles eran la victoria absoluta o la derrota absoluta. Japón atacó basado en cálculos introspectivos ―o ensimismados, aun para estándares de los Estados-nación―, sólo igualados por una supina ignorancia geopolítica.[3]

El caso es que cualesquiera ganancias inmediatas que pudiera tener Japón serían producto de la debilidad aliada y podrían ser contrarrestadas en el mediano y largo plazo. Todo el mundo lo sabía, incluyendo los Estados Mayores de Japón ―que suponían, ingenuamente, que podían forzar una solución política sobre unos estadounidenses reacios a pelear― y de EE. UU. ―que estaba dispuesto a tolerar grandes pérdidas materiales y territoriales en un principio, mientras echaba a andar su máquina de guerra―.

He ahí tal vez la insensatez de la apuesta de ese gran apostador que era el almirante Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Combinada, al idear el ataque a Pearl Harbor y defenderlo obstinadamente como la única alternativa. Su objetivo primordial no era solamente neutralizar durante al menos seis meses la Flota del Pacífico de EE. UU., mientras el Ejército se encargaba de conquistar las colonias europeas y crear una barrera isleña de seguridad, sino asestar un golpe definitivo a la moral de los estadounidenses, hundiendo los máximos símbolos de su poderío militar e industrial: sus acorazados. Yamamoto creía que ésa era la única mano que Japón podía jugarse y que el invierno de 1941-1942, con la atención del mundo puesta en Europa y antes de que el rearme naval de EE. UU. alterara irrevocablemente la balanza a su favor, constituía la única oportunidad.[4]

Así, una vez aprobados y puestos en marcha los diversos planes, de ataque hacia el sur y de golpe sorpresa en Pearl Harbor, los intentos de negociación paralelos a los preparativos militares ―incluyendo una insólita reunión entre el Presidente y el Emperador― carecían de ímpetu suficiente para llegar a buen puerto… y sirvieron nada más para añadir ofensa al daño, desmintiendo cualquier discurso sobre honor que pudiera esgrimir Japón. Algo parecido había sucedido ya con su discurso contra el imperialismo europeo y en pro de una visión panasiática: las atrocidades japonesas en China ―y las muchas que seguirían, a lo largo y ancho de la Gran Esfera de Coprosperidad― habían dejado caer la máscara y revelado a los japoneses como peores opresores que «los blancos». La suerte, de Yamamoto y de Japón, parecía estar echada. Ni siquiera la voz del Emperador ―una decidida y majestuosa, no tímida y poética, como la de Hirohito― podía accionar un freno de emergencia. Sin importar sus instrucciones o esfuerzos, a falta de superiores en Tokio no resignados a la guerra, el embajador en Washington, D. C., Kichisaburō Nomura, y el enviado especial, Saburō Kurusu, no podrían evitar la guerra una vez que levara anclas y zarpara la poderosa Kidō Butai ―la flota aérea compuesta por los portaaviones Akagi y KagaHiryū y Sōryū, Shōkaku y Zuikaku, bajo el vicealmirante Chūichi Nagumo―.

La negligencia estadounidense contribuiría decisivamente al éxito táctico japonés, aunque, probablemente, también previno un desastre mayor ―como que la fuerza atacante hubiera sido descubierta y la flota estadounidense hubiera salido en su búsqueda, sólo para ser hundida en mar abierto en vez de las arenas hawaianas―. A pesar de la numerosa evidencia de un inminente ataque japonés ―incluso sin conocer su objetivo exacto― o el ejemplo del audaz ataque británico a la flota italiana en Tarento apenas un año antes, el autoengaño o ignorancia culpable también primaron aquí. Un «cisne negro» ―diría Nassim Nicolas Taleb― que se cree que no puede suceder sólo porque no puede imaginarse: porque nunca nadie había amasado varios portaaviones a la vez, porque las bases japonesas estaban demasiado lejos del archipiélago hawaiano, porque los aviadores y aviones japoneses se consideraban inferiores, porque la bahía de Pearl se tenía por demasiado somera para el uso de torpedos, porque se creía que nadie atacaría sin previa declaración de guerra, porque los poderosísimos y costosísimos acorazados eran supuestamente invulnerables cuando no inhundibles ―pese a las profecías de Billy Mitchell o los ejemplos recientes del Royal Oak, el Bismarck o el Littorio―…[5]

Aunque es indudable el éxito táctico de Japón en su ataque, su incapacidad endémica de sacar provecho de sus victorias iniciales, ya sea por insuficiencias materiales o mentales ―o su tendencia a planes grandilocuentes y complicados―, de hecho, no causó severos daños permanentes a la flota estadounidense del Pacífico. La falta de una tercera o cuarta oleada ―no sólo implausibles, ni siquiera planificadas― que destruyeran diques secos y tanques de combustible, la mediocre precisión de los bombardeos y selección de blancos o la fortuita ausencia de los portaaviones estadounidenses en la bahía el 7 de diciembre hicieron que los daños fueran relativamente menores y reparables. El doblez diplomático y la alevosía del ataque sirvieron, encima, para unificar políticamente a un pueblo en torno a una terrible indignación, tornada tóxica por un poco velado racismo, cumpliéndose así la liliputiense metáfora apócrifa de Yamamoto: «Me temo que no hemos hecho más que despertar a un gigante enojado»; tal como concluyó, por su parte, John Steinbeck: «El ataque [a Pearl Harbor], sin importar lo que haya ganado desde el punto de vista táctico, fue un fracaso porque unió y motivó al país. Perderíamos muchos barcos durante un rato, pero ganaríamos al final».

Olafur Eliasson, The weather project, 2003

Ya en la segunda semana de diciembre de 1941, Estados Unidos botó 13 nuevos barcos de guerra y 9 mercantes y tenía en construcción 15 acorazados, 11 portaaviones, 54 cruceros, 193 destructores y 73 submarinos más. De los buques atacados, sólo el Oklahoma y Arizona fueron pérdidas totales. El Nevada volvió al servicio activo en menos de un año y participó en tareas de escolta en el Atlántico y en bombardeos costeros en las Aleutianas, Normandía y el sur de Francia, Iwo Jima y Okinawa. El West Virginia y el California fueron modernizados y, a partir de 1944, sirvieron en las batallas de las Filipinas, Iwo Jima y Okinawa. El Pennsylvania y el Maryland ya estaban de vuelta en servicio para la batalla de Midway y, junto con el Tennessee, sirvieron en la captura de las islas Marshall y Marianas, entre otras campañas. Los cruceros Helena, Honolulu y Raleigh fueron reparados en cuestión de semanas; de los cuatro destructores y los cinco auxiliares dañados, para 1944, todos habían vuelto al frente. Y, si bien se perdieron 188 aviones y 159 resultaron dañados ―la mitad de las defensas aéreas de Hawái―, EE. UU. acabó produciendo, hacia 1945, 325,000 aviones de todos los tipos ―frente a tan sólo 76,000 de Japón, 11,000 de Italia y 120,000 de Alemania―. La Marina de Estados Unidos, de tener 394 embarcaciones de todos los tipos a mediados de 1939, tenía 6,768 apenas seis años después ―con lo cual la razón estratégica para el mismísimo Canal de Panamá se volvió redundante―.

Por otra parte, la idiocia estratégica del Eje, producto de la ceguera ideológica, le ahorró a Roosevelt y a Churchill un enorme dilema político: ¿qué hacer con la otra mitad del globo si la guerra estallaba en una de ellas? El primero no estaba seguro de que el electorado estadounidense aceptaría declarar la guerra a Japón si éste atacase solamente a los británicos y neerlandeses o qué hacer con Italia y Alemania ―de lejos, la amenaza más peligrosa―, luego de Pearl Harbor. Por fortuna para Churchill, quien durmió, al fin, aquel 8 de diciembre, «el sueño de los salvados y agradecidos», Hitler y Mussolini se adelantaron a las circunstancias, declarando la guerra a EE. UU., pese a no estar estrictamente obligados a ello por el Pacto de Acero.

De esta manera, casi en automático y de un día para otro, lo que hasta entonces habían sido dos conflictos aislados ―eso sí, cruentísimos―, confinados a China y Europa, más algunos pequeños focos periféricos, se derramaron sobre el resto de los continentes y garantizaron una escalada inaudita de violencia mundial. La Guerra del Pacífico, pese a su escala relativamente «menor», se inscribe en los anales bélicos por su peculiar salvajismo, producto de un coctel tóxico de racismo e incomprensión de ambos bandos, furia y ansia de venganza de uno y fanatismo a ultranza del otro, marinados por la inclemencia de los elementos. No es casualidad que el ciclo de violencia se acabó cerrando de manera narrativamente perfecta: lo que comenzó el 7 de diciembre de 1941 con la terrible explosión ―la más letal de una sola bomba hasta entonces― del acorazado USS Arizona, que aún reposa en Pearl Harbor ―como naufragio y memorial―, llevaría a las aún más tremendas explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki y terminaría sobre la cubierta de otro acorazado que también permanece ―como museo flotante― en Pearl Harbor, el USS Missouri, con la rendición incondicional japonesa, el 2 de septiembre de 1945.

Sin la cruenta guerra en China, que costó alrededor de 20 millones de vidas, Japón no habría tenido por qué emprender su estrategia sureña ni se habría enemistado con los Estados Unidos. Sin ella, la disfuncionalidad de su régimen no habría degenerado rápidamente en una dictadura militar de corte fascista. Japón tampoco habría atacado a Estados Unidos, prescindiendo de la terrible devastación y ruina que se le infligió, pero también de su milagro económico y democrático de posguerra, como tampoco habrían tenido lugar el ascenso meteórico de Surcorea, Taiwán, Singapur, Vietnam, Tailandia o China misma tras las reformas de Dèng Xiǎopíng. Vaya, sin la invasión japonesa, la victoria de los comunistas sobre los nacionalistas en 1949 sería imaginable ni, por tanto, conflictos subsiguientes como los de Corea o Vietnam. Vaya, ¿quién sabe si, a falta de Pearl Harbor, en 2019 hubiera habido un negligente laboratorio de virología en Wǔhàn? Ciertamente, no habría habido una superpotencia estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX que se disputara el espacio con la Unión Soviética y cuya gigantesca e imbatible Armada patrullara los océanos del mundo, haciendo posibles la revolución digital y la globalización económica.

Más allá de los qué-tal-si, la medicina de la historia ―y el merecido homenaje en la memoria a los caídos y testigos― bien puede inocularnos, hoy, contra nuestras propias delusiones colectivas, regímenes inoperantes, fatalismos cínicos y liderazgos pusilánimes, para evitar, así, caminar como sonámbulos resignados rumbo a abismos y catástrofes como los de 1914 o 1941. A diferencia de las tragedias clásicas, el Ícaro japonés no tenía por qué caer ni abrasar a media Asia con el Sol Naciente.  

A diferencia de las tragedias clásicas, el Ícaro japonés no tenía por qué caer ni abrasar a media Asia con el Sol Naciente.  


[1] Richard B. Frank, Tower of Skulls. A History of the Asia-Pacific War, July 1937-May 1942, Nueva York, W. W. Norton & Company, 2020, p. 186. La traducción es mía.

[2] Ibid., p. 227.

[3] Sir Max Hastings, Inferno. The World at War, 1939-1945, Nueva York, Vintage Books, 2011, p. 192. La traducción es mía.

[4]Vid. Ian W. Toll, Pacific Crucible. War at Sea in the Pacific, 1941-1942, Nueva York, W. W. Norton, 2012.

[5] Vid. Craig Nelson, Pearl Harbor. From Infamy to Greatness, Nueva York, Scribner, 2016.

Autor

  • Filósofo de formación, editor de profesión e historiador de vocación. Ha impartido clases de Humanidades en distintas universidades y actualmente es editor en jefe de la revista Algarabía, socio de Aliosventos Ediciones, colaborador del think tank Política de a Pie y coconductor del pódcast Lo bueno, lo malo y lo feo.