Mi viaje a Utopía

Decidí hacerlo en pleno siglo XXI. Preparé el navío y, ya en el mar, esquivé los bajíos y escollos que dificultan la entrada al golfo de Utopía. La travesía fue difícil, por no decir que casi imposible. Me separaban de la ciudad no sólo la geografía, sino los quinientos años desde su fundación en el imaginario de santo Tomás Moro, escritor, padre de familia, humorista, traductor, lord canciller y gran “traidor” a la pretensión absolutista del monarca Enrique VIII. El mártir inglés me dio las coordenadas de la isla y hacia allá zarpé, lleno de esperanzas. Permanecí allí casi un mes y me convencí de la honorabilidad de las instituciones de sus ciudadanos, los utópicos. ¡Cuánta patria hay en imaginar una república feliz! En Utopía no hay ninguna casa cuya puerta esté enllavada; todo es de todos, es decir, de nadie. La deliberación pública es tan común al “hombre común” que se resguarda como sacra y se exhibe todos los días. Todos trabajan, niños incluidos, en el campo y los oficios determinantes: tejer, construir, manipular madera, metales y barro. No hay espacio para el ocio durante las seis horas diarias destinadas al trabajo y, no obstante, nadie llega a fatigarse como bestia de carga. En la isla no hay profesiones inútiles y superfluas que se midan por la frivolidad del dinero, “inventado para mostrarnos el camino del bienestar pero que nos lo cierra en realidad”. A los esclavos — generalmente personas que fueron condenadas a muerte en ciudades extranjeras y que los utópicos compran — se les imponen grilletes de oro para restarle todo valor social a este metal; y a los niños se les regalan diamantes, mismos que rechazan definitivamente al crecer y percatarse de que ningún adulto los usa. Singular pedagogía del desapego.

Image for post
Alexander Deineka, Stakhanovites, 1937, Rusia, Perm State Art Gallery

El tiempo libre, por otro lado, se ordena voluntariamente al cultivo de las letras (esa “elevación del alma”), a la música, a las lenguas, a escuchar bufones o a ejercitarse en el arte de la guerra. Sus relaciones se entonan con acentos impensables para nuestra época. Por ejemplo, cuando dos jóvenes se quieren casar, tanto el hombre como la mujer son mostrados desnudos uno frente al otro, para evitar que halla “desagradables descubrimientos” corporales una vez contraído el matrimonio. Lo anterior sucede con estricta supervisión y no es mal visto que alguno de los dos enamorados rechace la unión vitalicia con su contraparte. Tomás Moro, humorista. Los utópicos no toleran, además, que se mate a seres vivientes y tienen médicos que curan con dulzura y piedad a los enfermos terminales, a quienes acompañan con su plática. Y ¿quiénes mandan en esta república? Los magistrados, elegidos entre los más sabios de la familia, y quienes no pueden aspirar al cargo, pues, de hacerlo, perderían toda esperanza de alcanzarlo. Se entiende bien que la salud del Estado depende de la prudencia de los gobernantes y se hace lo alcanzable para desterrar a esas dos malas hierbas que corrompen toda ciudad: la parcialidad y la avaricia. Vi con claridad que el núcleo indiscutible de la sociedad utópica es la familia; de aquí que los jóvenes sirvan a sus antecesores y coman con ellos a diario y que haya pocas leyes, entendibles para la mayoría.

Image for post
Tomás Moro, UtopíaEditorial Porrúa, México, 1975

En estas sencillas prácticas está la médula de esta isla feliz, y es que, como decía Chesterton, “si los individuos albergan cualquier esperanza de proteger su libertad, deben proteger su vida familiar”[1]. Es a través de la familia que se reduce la servidumbre material, se favorece la libertad y se cultiva la inteligencia. ¿Qué pasa, en cambio, con las familias de mi tierra? Se desproporcionan, se desgajan, se tuercen. Los niños apagan su llanto con la luminosidad de un iPad. Los jóvenes postergan, fatigados, la entrega a sus amados. Los adultos justifican sus ausencias con la carga, frecuentemente bestial, de trabajo. Y los ancianos se acostumbran al silencio y la irrelevancia, añejados por noticias que los mortifican y desesperanzan. En nuestra patria, la familia ha sido reducida a su carácter contractual y se le relega en la arena pública; otros llegan al extremo de argumentar que es la fuente de todos los males; hay incluso un grupo criminal que se ha apropiado de este sustantivo. Confiamos más en la capacidad transformadora de la protesta callejera y la embriaguez informativa que en la virtud política, centrada y poderosa de quienes nos acompañan a diario bajo un mismo techo. ¿Cómo salir de esta trampa? Otra vez, Chesterton: “Para nosotros, el Progreso es siempre un problema de Proporción: la mejoría consiste en encontrar una proporción adecuada, no en el mero movimiento hacia una sola dirección”[2]. La buena familia, la familia virtuosa, es la proporción adecuada para cimentar el orden republicano y limitar el alcance del brazo gubernamental.

Finalmente, anuncio mi partida y los utópicos me colman de regalos; algunos ya los he mostrado. Al retorno, el oleaje se torna apacible y algunas aves pescadoras sobrevuelan los inmensos cielos del porvenir. ¡Qué les puedo decir! Se ha inflamado en mí un cariño por santo Tomás Moro. La bruma lleva sus bromas; el registro en los peñascos me recuerda su prolífica escritura, que llegó a superar el medio millón de palabras en solo tres años[3]. Pero es el horizonte el que más me acerca a él. Allá distingo a un Moro que quiere tiernamente a su esposa e hijos, adamantino, eternamente en paz con su conciencia… Santo Tomás Moro, ora pro nobis.

[1] Chesterton, G.K. (2006). St. Thomas More. En The Well and the Shallows. Ignatius Press. (Traducción propia).

[2] Ibidem. (Traducción propia).

[3] Kenny, Anthony. (2014). Tomás Moro. Fondo de Cultura Económica.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

Comparte

Debes ser identificado introducir un comentario.