La rebelión primordial

Es común asociar el género fantástico con el escapismo, con la huida de la desagradable y muchas veces cruel realidad. Sería fácil suponer que J.R.R. Tolkien, quien vivió en carne propia los horrores de las trincheras durante “la guerra que terminaría con todas las guerras” y cuyo hijo combatió en la aún más cruenta secuela, escribió su obra como una especie de realidad alterna. No es ese el caso. Su inmersión en el lenguaje y la literatura medievales, así como su profunda fe religiosa, lo habían inoculado contra esa patología moderna que es la desesperanza. Tolkien nunca intentó huir de la realidad, sino adentrarse más profundamente en ella, a diferencia de la modernidad, que se caracteriza por su divorcio de ella. Lo vemos en la filosofía contemporánea, para la cual es imposible entrar en contacto con las “cosas en sí mismas”; lo vemos en el arte, que ya no refleja lo real, sino que es mera expresión individual. Y si las cosas carecen de peso ontológico, si no son buenas por el simple hecho de ser, entonces se vuelven simples instrumentos cuya bondad sólo puede medirse con referencia a nosotros, a su utilidad hacia nosotros. Este es el pecado original de la tecnología.

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Rafael, San Miguel, 1518, París, Museo de Louvre

Desde la modernidad, el hombre vive en un mundo fracturado, y por ello está encerrado en sí mismo, incurvatum in se (encorvado en sí mismo), diría San Agustín. ¿Cómo vencer ese solipsismo? ¿Cómo regresar a lo real? Lo que se necesita es una explicación de alcance universal que nos abra las puertas de las realidades más profundas, una nueva cosmovisión. Y sólo existen dos modos de expresión capaces de abrir esas puertas: la metafísica y la mitología. Tolkien no era filósofo, era experto en lenguas antiguas, así que recurrió a esta última. Tolkien siempre se lamentó que Inglaterra no tuviera una mitología propia, así que se propuso escribir una. Menos conocida y más difícil de leer que El Señor de los Anillos, la colección de mitos compilados póstumamente en El Silmarrilión era, según el propio autor, su obra más importante y a la que dedicó toda su vida. El hilo conductor que une a todos estos mitos es la idea de la subcreación, una idea que, como artista, le fascinaba. La idea de que el hombre no es creador, cualidad reservada a Dios, sino subcreador:

…el hombre, subcreador, luz refractada,
en la cual la única Luz Blanca es fracturada,
en tintes varios que en infinita variedad se combinan
en formas vivientes que de mente en mente brincan.

El gran drama de El Silmarrilión surge por la rebelión contra esta subordinación, es decir, como una insubordinación: el intento de usurpar el lugar de Ilúvatar, el creador. Primero por Melkor, el más grande de los Valar, seres divinos que crean la Tierra Media con su música; después por los elfos, que abandonan su estado de bienaventuranza para hacerle guerra al que se robó los Silmaril, las joyas de luz que son su más preciada creación. Y eventualmente aparecen los hombres, que en su rebeldía intentan arrebatar por la fuerza la inmortalidad, que no les ha sido concedida. El drama, pues, procede del rechazo a lo que ha sido dado libremente y al intento de usurpar lo que no les corresponde.

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J.R.R. Tolkien, El Silmarrilión. España, Minotauro, 2009

En su rebelión, los subcreadores se vuelven no ya creadores, sino destructores. Melkor tortura y deforma elfos para dar origen a los orcos. Los elfos, poseedores de la inmortalidad, se enfrascan en conflictos que conducen a muchos de ellos a la muerte y al colapso de sus reinos. Y el afán de los hombres conduce a la gran catástrofe: la destrucción de Númenor. Cuando los subcreadores intentan tomar por la fuerza lo que no les corresponde, no se vuelven señores, sino tiranos. Su capacidad de subcreación deviene en mero poder, en técnica, o, para usar el término más apropiado, en “magia.” Y ello no puede más que hacer violencia a las cosas, deformarlas, corromperlas. En Mythopoeia, poema poco conocido de donde proceden los versos citados arriba, Tolkien describe el proceso de subcreación a través de Philomythus, amante de los mitos, que los defiende contra la opinión de Misomythus, referencia a C.S. Lewis, gran amigo, que antes de su conversión los despreciaba: “Aun bajo la ley que fuimos creados, creamos”. Pero cuando el hombre se rebela contra esa ley, cuando niega la naturaleza de las cosas, ya no crea, sino que manipula, y con ello corrompe y destruye. Y la destrucción no implica solamente a las cosas, sino al ser humano mismo, que con esta manipulación niega su propia dignidad:

No andaré con tus simios progresistas,
erguidos y sapientes. Ante ellos se abre ya
el abismo oscuro al que su progreso tiende
si por la gracia de Dios el avance alguna vez acaba,
y no continúa sin cesar
el mismo curso estéril con distinto nombre.

Tolkien vislumbró el abismo, experimentó los efectos destructores de la técnica, pues peleó en la primera guerra tecnológica de la historia; vio en los vapores mortíferos que inundaban las trincheras lo que sucede cuando el subcreador se erige en tirano; vio en sus compañeros de armas cómo esta tiranía consume las entrañas, cómo destruye desde adentro. Para él las bombas que pulverizaron a Hiroshima y Nagasaki representaban la conclusión lógica de la rebelión primordial. Tolkien no presumía ser creador, sino mera luz refractada; por tanto, sus mitos no son más que un eco de otro más antiguo, en el que el primero en decir “no serviré” susurró en el oído de nuestros primeros padres la gran mentira: “Estira la mano, come, y seréis como dioses.”

Autor

  • Ingeniero en Computación por el ITAM, Maestro y Doctor en Ingeniería Industrial por la Universidad de Auburn. Casado y con tres hijos. Amante del bien, la verdad y la belleza. Ingeniero profesional de día y filósofo amateur de noche. Discípulo de Santo Tomás y de G.K. Chesterton. "Defender cualquiera de las virtudes cardinales conlleva, hoy en día, la misma emoción que entregarse a uno de los vicios" --G.K. Chesterton.

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