Tratado sobre los horrores de la vida cotidiana, repartido en tres libros, en los cuales también se ponen muchos frutos y milagros del individuo ante la tiranía, y de la vida colectiva, y del uso correcto del lenguaje, y de la capacidad de sobrevivencia en el exilio

La trilogía de Ágota Kristóf, que la editorial Libros del Asteroide publicó bajo el título Claus y Lucas,recopila los afanes, desventuras, requiebros y tormentos de dos hermanos en un país imaginario –todo apunta a que se trata de Hungría– sujeto a cálculos geopolíticos ajenos, tiranizado por soldados extranjeros y acosado por las consecuencias de una economía colapsada. Claus y Lucas han sido puestos por su madre al cuidado de su abuela: “Nosotros la llamamos abuela. La gente la llama la Bruja. Ella nos llama ‘hijos de perra’”. La abuela, cuentan los niños, no se lava jamás, se seca la boca con una pañoleta después de comer y cuando tiene que orinar, simplemente separa las piernas y se mea en el suelo. Queda claro muy pronto que los niños no llegaron al paraíso del Chocolate Abuelita, sino a la siniestra cabaña de Baba-Yaga.

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Käthe Kollwitz, “Muerte, del ciclo Una revuelta de tejedores, 1893–1897, Köln, Köln Museum

En la casucha no hay agua corriente, la letrina es sucia y pestilente y las paredes de la cocina están recubiertas de hollín. Para sobrevivir en aquel antro, los hermanos –cuyos padres murieron en las guerras mundiales o se marcharon a otro lado para nunca volver– recurren a diversos “ejercicios”. Para soportar el dolor, empiezan a darse puñetazos el uno al otro hasta que la cara les queda tumefacta. Para acostumbrarse a las palabras hirientes, se instalan en la cocina y, mirándose fijamente a los ojos, se dicen insultos cada vez más soeces. Recordar que su madre les llamaba “mis pequeñines adorados” resulta una cruz demasiado pesada. Si el ejercicio de mendicidad consiste en el derroche picaresco de ponerse andrajos e ir descalzos a pedir dinero al pueblo, el ejercicio de crueldad reviste cierta elegancia minimalista al limitarse a matar a los mejores animales de la granja. Una vez curtidos ante las situaciones adversas, los hermanos emprenden una educación autodidacta con apenas un diccionario abandonado por su padre y una Biblia que encuentran en el desván. En un cuaderno anotan los hechos más relevantes de aquella temporada en el infierno. Tienen tan solo una regla: la redacción debe ser verdadera. Está prohibido escribir, por ejemplo, “la abuela se parece a una bruja”, pero sí está permitido escribir: “la gente llama a la abuela ‘la Bruja’”. Aunque parecería que esta veta temática –el sufrimiento de las poblaciones en Europa del Este durante la primera mitad del siglo XX– ya ha sido sobreexplotada –Imre Kertész, Herta Müller, Melinda Nadj Abonji–, Kristof ofrece una mirada distinta. Para empezar, no parte del condicional perpetuo “si tan solo” las personas fueran buenas por naturaleza, se acabaran las guerras, no existiera el racismo, nos pudiéramos comunicar en esperanto, bailáramos todos agarrados de las manos (invito al lector a insertar en esta lista su deseo altruista más profundo). No hay nada de eso. Entre una y otra página cintilan escenas crudas y espantosas, que impactan con denuedo en los sentidos e instruyen al lector en las miserias de la vida.

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Agota Kristof, Claus y Lucas, España, Libros del Asteroide, 2019

Kristof quiso novelar el abominable páramo de cadáveres en medio de fuegos cruzados, las sombras calcinadas por las bombas y los cuerpos torturados en los campos de trabajo forzado: un mundo de matanzas aleatorias, violaciones tumultuarias, ejecuciones sumarias y delaciones a la policía secreta. Y entre la ristra de casas saqueadas y calcinadas se escucha el eco de las botas de la Wehrmacht y del Ejército Rojo. Como escribía Imre Kertész: “En Europa del Este, el problema individual-ético no es saber si unirme o no a alguna corriente teórica, si elijo ésta o aquélla, porque sólo puedo elegir entre asesinar y ser asesinado y, para colmo, entre asesinar o ser asesinado sin sentido”. Lo que el lector tiene en sus manos es, sin intención manifiesta de su autora, un manual político –a la altura de Maquiavelo o Diego Saavedra Fajardo– redactado en lengua francesa por una exiliada, con retórica llana, sin florituras, al alcance de un público mayoritario. Tengo la impresión de que en estos libros palpita una idea de la política que, comprendida a cabalidad, permitiría un mundo más estable que el de las utopías descabelladas. Tanto más si se piensa que uno de los males contemporáneos, y no menor, es la legión de moralistas que nos agobia con recetas de todo tipo para alcanzar el paraíso y se lamenta a gritos cuando la realidad no se ajusta a sesudos modelos de ingeniería social. En Alemania, por ejemplo, Jürgen Habermas fantasea con el paraíso de ciudadanos razonables que cumplen con leyes susceptibles de ser razonadas, deliberaciones que discurren en el espacio público libres de premisas ideológicas e instituciones políticas que velan por una discusión no distorsionada por relaciones de poder. No parece sospechar que sea necesario cierto orden para discutir así o que la gente razonable a lo mejor no existe. “Dios todopoderoso, bendice a estos niños. Sea cual sea su crimen, perdónalos. Ovejas descarriadas en un mundo abominable, son víctimas de nuestra época pervertida y no saben lo que hacen. Te imploro que salves sus almas infantiles y las purifiques en tu infinita bondad y misericordia. Amén”, Kristof dixit.

Autor

  • Actualmente cursa el doctorado en Filosofía política en la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, donde también realizó sus estudios de maestría. Es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y cuenta con estudios en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM. "—¿Qué es más precioso que el oro? —preguntó el rey. —La luz —contestó la serpiente. —¿Qué es más reconfortante que la luz? —preguntó aquél. —La conversación —respondió aquélla." - Johann Wolfgang von Goethe

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