Juego infinito

El hecho ocurrió un miércoles a media mañana. Un día como cualquier otro. Sentado frente a la computadora tecleaba tediosamente línea tras línea de código para validar la integridad de millones de registros. Los registros necesitaban ser verificados antes de ser transmitidos a una base de datos. Nada complicado desde el punto de vista de la programación: un mero ciclo –o loop, para usar la jerga anglófona de la computación– dentro del cual se prueba si algunas condiciones se cumplen o no. If… then… else… Si tal condición está presente, entonces haz esto; si no, haz esto. Una secuencia de bifurcaciones lógicas repetida ad infinitum. Sobre una centena de líneas de código había edificado un laberinto, un laberinto escrito en C# por el que, al instante, transitan millones de Teseos y minotauros binarios, permutaciones de ceros y unos que pueden representar lo que nosotros queramos: la obra completa de Shakespeare, las tablas de los logaritmos de John Napier, el código de Hammurabi, los tweets de Donald Trump. Todo el conocimiento, toda la experiencia de la humanidad — toda su irracionalidad — codificada en dos símbolos. Una Biblioteca de Babel digital que, en vez de colmena de hexágonos sin fin, es telaraña de invisibles transistores.

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Pablo Picasso, Jugador de naipes, 1913–1914, Nueva York, Museum of Modern Art

Cesó el tap tap mecánico de las teclas de la computadora. Me detuve a contemplar. En un pequeño pedazo de circuito, en un punto infinitesimal en el espacio, se hallaba el universo entero. En un instante, ese trozo de silicio podía desplegar ante mí la historia entera de uno y todos los pueblos; podía sumergirme en la literatura de todas las lenguas, conocidas y por conocer; podía mostrarme el David de Miguel Ángel desde cualquier ángulo o traer a mis oídos las deliciosas notas del adagio de Albinoni; podía trasladarme a cualquier punto del planeta y revelarlo a distintas escalas y de diversas maneras; podía poner ante mis ojos la complejidad inconmensurable del cosmos. De pronto, mi entusiasmo se vio reemplazado por otro sentimiento menos agradable. Dicen los psicólogos que la fatiga es causa de esa incómoda sensación de creer ya haber experimentado un momento.

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Jorge Luis Borges, Ficciones, México, Debolsillo, 2011

Sin embargo, mi mente y visión cansadas no bastan para explicar la certeza que tuve en ese momento de haber vivido esto antes. ¿Por qué me habían venido a la mente las salas hexagonales e innumerables de la Biblioteca de Babel? Es cierto que había vuelto a leer varios cuentos de Borges en días pasados, pero ¿era esto un mero recuerdo? ¿Un simple residuo neurológico del deleite que me causó perderme en sus simétricos mundos infinitos, repletos de fractales, paralelismos, cifras y estructuras matemáticas que su maestría narrativa arranca de la abstracción y nos presenta vivas y tangibles? ¿O sería más bien que la ficción estaba mostrando ser más real que la realidad misma? El súbito descubrimiento que siguió a ese instante me dejó paralizado. Mi afán por construir un laberinto cibernético no era distinto al de Pierre Menard, que buscaba reescribir, palabra por palabra, el Quijote. Pero en vez de querer evocar aquella obra inmortal de la lengua española, yo recreaba una versión algorítmica de la imaginaria novela del Jardín de los senderos que se bifurcan. Descubrí que soy Ts’ui Pen. Fue entonces que, con alivio, con humillación, con terror, comprendí que soy una apariencia, que otro me estaba imaginando.

Postsdata, 20 de agosto de 2020: este breve escrito está repleto de referencias a los cuentos más conocidos de Borges –a veces velada, a veces descaradamente. Te invito, estimado lector, a que intentes descubrirlas todas. En algunos casos juego con la idea que uno encuentra en algún cuento, en otros parafraseo (por no decir plagio) frases enteras, en otros menciono explícitamente alguna de sus obras. ¿Cuántas? Confieso que no lo sé. Si no las reconoces, ve a leer a Borges. Y si las reconoces, también.

Autor

  • Ingeniero en Computación por el ITAM, Maestro y Doctor en Ingeniería Industrial por la Universidad de Auburn. Casado y con tres hijos. Amante del bien, la verdad y la belleza. Ingeniero profesional de día y filósofo amateur de noche. Discípulo de Santo Tomás y de G.K. Chesterton. "Defender cualquiera de las virtudes cardinales conlleva, hoy en día, la misma emoción que entregarse a uno de los vicios" --G.K. Chesterton.

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