Hacer nada, desprenderse de todo

La pandemia ha hecho que muchos se queden encerrados. Algunos hemos aprovechado para salir más que nunca. Za-zen. 29 minutos al día. Ininterrumpidamente. 53 días. Siéntate y no hagas nada. Acción contemplativa. Contemplación activa. Meditar es salir de uno mismo. Un curso de Samuel Sagan, médico de formación y fundador de ClairvisionLa religión de los samuráis, de Kaiten Nukariya; la conferencia de Borges sobre budismo; el discurso de Benarés de Siddhartha Gautama… Cuatro son las causas del dolor: el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Para superar el dolor, sobrevuela. Me maravilla la Bhagavad-gītā, obra perfecta. Tú eres Arjuna, y tu destino ya ha sido. No hay de qué preocuparse. Entre tales lecturas y la espartana meditación, encuentro un compendio de pensamientos de Taisen Deshimaru. Educado por un samurái (su abuelo), estudió el cristianismo y vivió la Segunda Guerra Mundial en una pequeña isla de Indonesia. Enseñó za-zen a los lugareños, fue acusado de rebelde por el Ejército Japonés de Ocupación y condenado a muerte, pero en el último momento salvó la vida. Después, vivió en Francia y cumplió la misión que le había sido asignada: expandir el budismo en Occidente. “Hablar de lo sagrado no nos da su verdadero sabor. Es preciso comerlo para conocer su sabor”, escribe. No sirve leer sobre lo sagrado. Hay que experimentarlo. Es una aserción obvia y, sin embargo, ¿cuántos son los académicos que han estado en una ceremonia de iniciación? ¿Cuántos ateos tratan de explicar a Dios? ¿Cuántos buscan desacreditar las plantas de los dioses sin haberlas probado? Son como los comentaristas gordos del fútbol que nunca han pateado un balón.

Marc Chagall, El paseo, 1918, San Petersburgo, Museo Estatal Ruso

El dharma es nuestro destino y, sin embargo, no es “nuestro”: es la voluntad superior. El karma es el ego que trata de convertirse en destino: “Karma en sánscrito significa acción y sus consecuencias. Se distinguen tradicionalmente tres clases de acciones, según intervengan el cuerpo, la palabra o la conciencia. Golpeemos o besemos, la acción prolonga indefinidamente sus efectos. Los menores gestos, palabras o pensamientos ejercen una influencia, son “granos de karma”. Así, si se ejerce la violencia, la violencia recaerá sobre nosotros. Si se contribuye al chisme, el chisme caerá sobre nosotros. Si le escupimos al cielo, el escupitajo nos caerá de vuelta. El karma es esa gravedad. ¿Qué hacer para desprendernos de esa herencia? Za-zen. El za-zen consiste en sentarse y respirar. Con las dos rodillas en contacto con la tierra, imitamos la imagen de la montaña. Quien medita es mucho más que yo: “Es como mirarte en un espejo: la forma y el reflejo cara a cara. Tú no eres el reflejo, pero el reflejo eres tú”. En za-zen, “Las zonas frontales del cerebro y del córtex, que corresponden a las facultades mentales y a la actividad intelectual, entran en reposo, mientras las cavernas profundas del cerebro, o “cerebro primitivo”, y el tálamo-hipotálamo, sede de la intuición, despiertan y entran en actividad”. Sin embargo, no hay camino para el despertar, para la iluminación, para el satori. Si el satori llega, lo hará gratuitamente y “de golpe”. Por eso los maestros del zen japonés responden de forma aparentemente absurda a las preguntas de sus discípulos, y utilizan una caña para golpearlos oportunamente mientras meditan.

Taisen Deshimaru, La práctica del zen, Barcelona, Kairós, 2005

De las historias que narra Deshimaru, esta es mi favorita. Érase una vez un monje al que le encargaron que llevara un manuscrito de un monasterio a otro. En un puente, un samurái temible le impide el paso. El samurái ha matado a todos los que se han acercado: 99 víctimas en total. El samurái reta al monje, y este, urgido por entregar el manuscrito, le pide que le permita pasar a cambio de jurarle que volverá para luchar con él en cuanto cumpla su cometido. El samurái acepta. Al entregar el manuscrito, el monje le pregunta al gran maestro que lo recibe qué debe hacer: “Levanta la espada por encima de tu cabeza y, solo cuando sientas que el hielo de la muerte se acerca, bájala”. De regreso en el puente, el joven monje cierra los ojos y con tremenda concentración levanta la espada. El samurái, al verlo, piensa que está loco. Lo observa con calma, confianza y desdén. Se ríe. El monje no se mueve, concentrado con la espada en alto, sin titubear. El samurái duda: “¿por qué ni tan siquiera me mira?” El monje se mantiene impertérrito. Impactado, el samurái duda todavía más de sus propias fuerzas y, finalmente, concluye que tiene ante sí a un gran maestro y guerrero: solo eso puede explicar su infinita seguridad. Depone el arma y le pide que lo acepte como discípulo: “Debemos practicar el za-zen con la misma concentración que si fuera el último za-zen antes de nuestra muerte”.

Ahora escribo aforismos.

El guerrero no lucha contra su karma: lo observa. Y así lo vence.

Medita como una pantera al acecho. Como si estuvieras dormido y no buscaras despertar.

*Javier Martínez Villarroya es doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona y profesor en el Departamento de Lenguas del ITAM.

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