Hablemos de nuestras ciudades 🏙

Hablemos de las grandes ciudades en que habitamos. De sus calles repletas de automóviles, de la forma en que sus edificios crecen hacia arriba. Detengámonos a pensar en este espacio físico que inevitablemente compartimos con millones de personas. ¿Por qué se puede caminar por aquí y no por allá? ¿Por qué huele a caño toda esta avenida? ¿Por qué allí hay un centro comercial y no un parque? ¿En dónde esperamos que jueguen los niños?

Una comunidad política que no se cuestiona sobre la urbe que habita está adormecida. Peor aún, está condenada a habitar en la fealdad. El propósito de nuestra vida social, de la política, podría resumirse en embellecer el espacio que compartimos. Evidentemente, no lo hemos logrado y a esto se suma el gran reto de nuestra época de crear megaciudades sostenibles. Si no nos abocamos a ello enteramente, estamos perdiendo nuestro sentido como ciudadanos y condenando a las futuras generaciones a vivir en espacios inhabitables. Ya no hay punto de retorno.

En este número te damos la bienvenida al urbanismo, el estudio humano de las ciudades densamente pobladas. Te explicaremos lo mínimo sobre el futuro de las megaciudades, su razón de ser y cómo mejorarlas. Como sociedad, tenemos aún muy poco conocimiento de hacia dónde nos dirigimos.

La megaciudad de Tokio. Créditos: Héctor M. Lucero (2020).

Los puntos clave del tema

Nuestro mundo es el de las megalópolis. Pensar que sólo nos movemos según las divisiones políticas que aparecen en los mapas más elementales es no ver la verdadera dinámica. Globalmente, existen 59 megaciudades â€” áreas en las que viven más de 10 millones de personas. Estas concentran la mayoría de las transacciones económicas del mundo, demandan casi la totalidad de los recursos naturales y aglomeran a gran parte de la población. En México hay dos claramente identificables: la Ciudad de México con su área conurbada y la “Bajalta California”, cuyo núcleo es Los Ángeles, California, y que incluye hasta más allá de Tijuana.

Para comprenderlas mejor, hay que tomar en cuenta lo siguiente:

  • El orden global del siglo XXI se determinará por un pequeño grupo de megaciudades. A inicios del siglo xx, sólo 1 de cada 10 habitantes del planeta vivían en ciudades. Para el año 2000, por primera vez en la historia, más personas vivían en ciudades que en áreas rurales. Esta tendencia no se revertirá. Se calcula que para el 2025, 447 millones de personas vivirán en las megaciudades. Para 2030, se estima que el área conurbada de la Ciudad de México tendrá 23.86 millones de habitantes y Bajalta California 19.28 millones.
  • En las megaciudades se debatirá la gran dicotomía política de nuestra época. En ellas se decidirá si prevalece una economía cada vez más globalizada o un grupo de políticas localistas. Cada vez vemos más demandas populares por mayor autonomía local, nuevos nacionalismos y la búsqueda de independentismos regionales, aun cuando las cadenas productivas siguen interconectándose. Esto sugiere más confrontaciones civiles en el futuro.
  • Hay un sinfín de enfoques para estudiar las ciudades. Lo importante es hacerlo continuamente. Una propuesta sencilla es considerarlas según cuatro rubros: condiciones naturales, movilidad, energía y comunicación. El desarrollo arquitectónico y urbano de una ciudad se basa en gran medida en las condiciones naturales del lugar (frío, calor, montañas, ríos, etc.). Además, nos puede interesar ver cómo se trasladan las personas dentro y fuera de la ciudad, qué fuentes de energía sostienen las actividades industriales y cómo se comunica con otras poblaciones urbanas. Cada una de estas líneas es un reto que requiere de la iniciativa privada y de buenas políticas públicas para atenderse.
  • La actual realidad urbana es resultado del pensamiento moderno. Sí, los rascacielos, las grandes avenidas y los colores grises de nuestras ciudades provienen de un modo particular de pensar que se puede rastrear hasta la Ilustración (s. XVIII). Los políticos y arquitectos “modernos” buscaron hacer ciudades funcionales, pensadas para el carro y no para mejorar la vida humana. Sus características son las siguientes:

▹ La modernidad aborrece la historia. La vieja ciudad histórica, con sus grandes domos e iglesias, fue repudiada. En un mundo nuevo la historia sale sobrando; la utilidad de los edificios y la eficiencia económica se vuelven lo más importante.

▹ La modernidad se cree dueña de la sociedad. Los “modernos” pensaron que, por fin, se podría imponer un orden al espacio urbano de nuestras ciudades. Arquitectos y urbanistas, obviamente sin la preparación adecuada, creyeron dominar temas sociales que apenas empezaban a ser estudiados por la ciencia, lo que resultó en efectos contraproducentes para la vida de las ciudades.

▹ La modernidad busca convertirse en utopía. La “modernidad” de las ciudades se presenta como la solución a todos los problemas. Pero es al contrario: dicho movimiento actuó en una realidad muy concreta y, a su vez, fue sólo una representación de ella.

Lo anterior nos debe de ayudar a entender que nuestras ciudades se crearon con una visión funcionalista (“con que funcione es suficiente”) que ha cambiado poco y por ello las urbes son cada vez más grandes, descontroladas e interconectadas. En el caso específicamente de México, hay que agregar que la mayoría de las ciudades no tienen planeación ni orden.

La “Bajalta” California. Créditos: Héctor M. Lucero (2020).

Un ejemplo claro: la ciudad postfronteriza

Solemos aprender mejor con ejemplos. Veamos brevemente la “Bajalta California” — espacio singular que va desde Los Ángeles, pasando por San Diego y expandiéndose hacia Tijuana, Ensenada y Mexicali. Funciona como una ciudad-región única, integrada económica y culturalmente y atravesada por una frontera internacional. En menos de 100 años, esta región creció al tamaño de Nueva York, París y Londres, algo sin precedentes históricos.

Se trata de una ciudad “postfronteriza” con características muy concretas: una conciencia común, integración lingüística y prácticas comunes de consumo. En 2001, aproximadamente 97 millones de vehículos cruzaron su frontera; durante los últimos veinte años, los festejos de quinceañeras — una celebración distintivamente mexicana — se han disparado en EE.UU., donde habitan casi 40 millones de latinos (2019); y el “spanglish” es una realidad. Pensemos en el uso de palabras como parquearse para decir estacionarse, mopear para decir trapear e irse de chopin para decir irse de compras.

Cerramos. Cualquier ciudad es un fenómeno colectivo, y necesita, por ello, alcanzar un balance entre azar y diseño. Sólo pensándolas colectivamente, abordando sus problemas por partes, elaborando políticas públicas integrales y asimilando el azar y diseño al planificarlas, estaremos en mejores condiciones de abordar sus problemas. Problemáticas que hay que atender ya, pues incluso ahora — con todo y los cambios que traerá la pandemia — es demasiado tarde.

Escrito por:

* Benjamín Castro, Lic. en Ciencia Política (ITAM)
* Héctor Lucero, Mtro. en Arquitectura (USC)

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

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