Hablemos de las empresas que hacen política

Hay frases que de entrada suenan bien. Una de época es “hay que separar el poder económico del poder político”, popularizada por el Presidente de la República. Observémosla con detenimiento. Se trata de un enunciado que cualquier persona puede entender. En dos ocasiones se resalta la palabra poder, para que no se nos escape el hecho, al parecer innegable, de que hay otros que toman decisiones que pesan más que las nuestras. También oímos una afirmación pegajosa, que hay una unión ilegítima entre economía y política, y un llamado a divorciarlos de una vez y para siempre. Suena bien… y no dice mucho. ¿Cuál es su problema? Que puede significar tantas cosas como queramos sin entrar al meollo del asunto: la necesaria (y complicada) relación entre el interés público y el interés privado.

Advirtamos que cuando alguno de estos dos frentes — político y económico — exceden su relevancia, se producen monstruos. Si se incrementa incesantemente el control estatal se generará hambruna y pobreza. Si en cambio, se deja todo al libre mercado, se acentuarán desigualdades que desestabilizarán el orden social. Como en todo gran dilema humano, no hay fórmula mágica que lo resuelva, mas sí claridad en la dirección que se tiene que tomar. En una palabra, claridad en las reglas del juego: qué sí se vale y qué sería castigado en las relaciones entre políticos y empresarios. Como ciudadanos quisiéramos normas que lleven a un diálogo continuo, sensato y transparente entre ambos bandos. ¿Cómo lograrlo y qué sucede hoy en día?

En este número te explicamos lo mínimo que tienes que saber sobre la incidencia del sector privado en la política. El fenómeno es inevitable y, por lo mismo, se tiene que ver de frente y sin prejuicios.

Image for post
Bill Brandt, Bloomsbury Party, 1937. Créditoshttps://www.moma.org/collection/works/157723?artist_id=740&locale=es&page=1&sov_referrer=artist

Los puntos clave del tema

Lo legal no necesariamente es moral y viceversa, pero en México es legal que los empresarios participen en la política. Antes que empresarios, son ciudadanos y tienen todos los derechos de uno: votar y ser votados, asociarse para perseguir sus intereses, presentar leyes, etc. Y qué bueno. Un debate público sin la visión de los que crean valor en el mercado estaría incompleto. Ahora, esto no significa que no deban de colocarse barreras a su forma de participar, especialmente allí donde puedan generarse conflictos de interés, corrupción, licitaciones falsas y concesiones para la explotación desmedida de recursos naturales. El Estado debe de anteponer el bien común al de grupos particulares, pero hay instancias en donde ambas cosas son posibles. Desglosemos la situación actual:

• Dice Carlos Elizondo que la “relación entre el gobierno y los empresarios importa porque afecta tanto la disposición del sector privado a invertir como la forma en que lo hace y, por tanto, tiene un efecto sobre el crecimiento de la economía”. Si esto es cierto, dicha relación está quebrada y lo sabemos por dos hechos: a junio de este año, han salido del país más de 13 mil millones de dólares de inversión y la tasa de crecimiento de la inversión privada ha ido decreciendo desde el cuarto trimestre del 2018. El dinero no miente, hay desconfianza. Además, vivimos en una economía en la que el sector público solo ejerce un gasto total de 20.4% del PIB y donde la inversión pública solo representa el 2.9%. La labor del sector privado es crítica para la economía de nuestro país.

• Continúa Elizondo: “los empresarios invierten si tienen perspectivas de rentabilidad y cierta certidumbre de que no serán expropiados”. Esto se puede lograr con pocas regulaciones y bajas tasas impositivas, con lo cual el Estado no tiene muchos recursos para proveer bienes públicos, pero las utilidades son altas y hay por lo tanto incentivos para la inversión privada o se puede crecer en una economía capitalista a partir de mayores tasas impositivas y más regulaciones, esquema sostenible solo si se le da mayor productividad al capital y al trabajo a través de bienes públicos de calidad. Es este el gran dilema económico en las relaciones público-privadas.

  • De fondo, el argumento del gobierno en turno es que existe un pésimo diseño institucional, diseñado para consolidar las fortunas de los intereses corporativos y mediáticos. Investigaciones periodísticas — pienso en la revista Proceso — han documentado consistentemente este fenómeno, sobre todo en relación a los medios de comunicación y los bancos; también se trata de una realidad históricamente comprobable, sobre todo en el sexenio de Miguel Alemán. Esta fue durante muchos años la tónica del priismo que se extendió hasta el gobierno de Peña Nieto que, si bien buscó aminorar el comportamiento monopólico en ciertos sectores con la implementación de órganos autónomos (ver COFECE e IFETEL), también estuvo teñido por múltiples indicios de corrupción público-privada. Se trata del clásico “capitalismo de cuates”, que no se se basa en la competencia o en la innovación, sino en su obstaculización. Debe corregirse.
Image for post
Bill Brandt, Kensington Children’s Party, 1934. Créditos: https://www.moma.org/collection/works/159814?artist_id=740&locale=es&page=1&sov_referrer=artist

Así, sigue irresuelta la cuestión de fondo: ¿cómo se debe manejar esto? En México la implementación de las reglas del juego todavía le dan la ventaja a unos sobre otros y, sin embargo, el actual gobierno no ha buscado emparejar el terreno, sino estatizarlo, es decir, darle más peso al Estado en distintas industrias, como la eléctrica. Escuchamos muchas palabras y vemos pocos cambios institucionales para deshacer monopolios y frenar la corrupción. Lo idóneo sería balancear dos fuerzas:

  • Desregular para beneficiar a los consumidores. Repitámoslo: si las empresas compiten, ganamos los consumidores con productos mejores y más baratos. Pero esta fórmula no lo resuelve todo.
  • Regular para empoderar a los ciudadanos. La aplicación de la ley es el gran pendiente de nuestra sociedad y de ella se derivan muchos males. Puesto en palabras sencillas, debemos aspirar a construir un sistema judicial donde los menos educados y adinerados puedan protegerse de los abusos de los más grandes, sean empresas, gobiernos o criminales. La regulación también le conviene a los empresarios, porque le da certeza a su quehacer y propicia que hagan proyecciones de largo plazo.

¿Qué herramientas usan los empresarios para incidir en estos procesos? Para el sector privado hay, cuando menos, tres frentes claramente identificables: las asociaciones empresariales, las relaciones con gobierno y la dinámica con embajadas. Cada una tiene su complejidad por lo que nos ayudará clasificarla en relaciones formales e informales:

• Las relaciones formales sirven para promover intereses sectoriales a través de cámaras, confederaciones y otras organizaciones (COPARMEX, CONCAMIN, CONCANACO, etc.). A través de ellas, los secretarios de Estado consultan a los empresarios organizados para conocer su postura sobre determinadas políticas públicas. En este rubro también está el cabildeo, actividad del sector privado que consiste en buscar obtener del poder legislativo resoluciones favorables para los intereses propios, algo legal en nuestra democracia. Esta dinámica implica grandes retos de organización y acuerdos hacia dentro de las industrias, pues no todas quieren lo mismo, y hacia todos los órdenes de gobierno, pues normalmente las actividades empresariales están reguladas municipal, estatal y federalmente. En este sentido, es entendible y deseable la profesionalización de quienes ejercen estas relaciones. Hay que saber pedir qué pedir, cómo hacerlo y con quién hacerlo.

• Las relaciones informales son relaciones opacas e ilegales, donde se pone en práctica la corrupción, el conflicto de interés y todo que implica el “capitalismo de cuates”. Si bien el nuevo código penal federal castiga seriamente este tipo de actos, es importante que la ley se aplique. Estas relaciones opacan las interacciones público-privadas y estigmatizan el ejercicio de lo que es, en principio, una práctica democrática.

No temamos al involucramiento activo de distintos actores políticos. Al contrario, aboguemos para que los conflictos sean más ricos y más transparentes, de modo que estén a la vista de la ciudadanía. Debatir, asociarse, buscar cambiar leyes, esgrimir opiniones en foros públicos: eso es hacer política. Hagámosla bien. Se nos dice que hay que separar el poder económico del político. Mejor evidenciemos cómo sucede este proceso y generemos debates ricos. Hablando se entiende la gente.

Excelente semana, gracias por leernos.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

Comparte

Debes ser identificado introducir un comentario.