Esbozo para una antropología de la nieve

Lo presentí recostado en el sillón de la sala. Es difícil precisar si fue una vibración lejana, el súbito cambio de temperatura, el juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de reflejos o algunos orbs que el rabillo del ojo alcanzó a divisar por la ventana. Cuando dirigí la mirada hacia el ventanal, me percaté del cielo tornasolado. Entonces supe que estaba nevando. Sobresaltado, me levanté, salí al balcón y miré los copos cayendo blandamente, a contraluz de la farola, posándose imperturbables en las ramas secas de fresnos y abedules, en los tejados o alféizares, cargados de una esencia conmovedora. Los cristales se inclinan hacia mí. Extiendo un brazo y los tomo. Escucho sus cuerpos estallar contra el piso, en los barandales, en las cercas. La gravedad no tiene que ver con este suicidio colectivo. Hay erizos, calamares luciérnaga, tiburones boreales, pasados por cianotipia, regados en el suelo. Me inclino para descifrar los fractales en las escamas y encuentro hocicos boqueantes secretando un líquido cianita. Eran las dos de la mañana. En la calle se escuchaban risas y expresiones de regocijo. Triunfo decisivo de la cristalización del instante: calles que antes parecían eriales exangües, ahora lucían cubiertas por un abrigo de armiño –y si los autos rasgaban el tapiz de vez en cuando, la nieve resanaba al instante las imperfecciones–; ramas, meses antes infestadas con las heridas supurantes del otoño, aparecían cauterizadas con criogenia; automóviles que antes afeaban el paisaje, ahora dotaban el paisaje de armonías. Lo mismo que una gema luminiscente pierde toda su fascinación sin el contraste adecuado de claroscuros, la ciudad invernal pierde toda la belleza si se suprimen los efectos de la nieve.

Jean Fouquet, Virgen de Melun, c. 1452, Real Museo de Bellas Artes de Amberes.

Esquiva, ingrávida, sutil: los adjetivos con los que suele describirse el fenómeno atmosférico no bastan para aprehenderlo en su totalidad. La nieve puede ser cualquier cosa, pero es, ante todo y sobre todas las cosas, un milagro. Menchu Gutiérrez ha consagrado esta verdad en un ensayo canónico: “El nacimiento de la nieve es una operación mágica: lo que hace un instante eran diminutos dardos de hielo, ahora parecen pétalos de seda fría que cayeran sobre nosotros bendiciéndonos”. Y añade que, “si prestamos atención, advertimos que un extraño calor, un calor extranjero se abre paso en medio del frío: éste es el primer milagro, el primer acto de magia operado por la nieve. Su llegada ha creado una especie de paréntesis de la temperatura… Porque este frío parece fantasma del frío real que lo precedía; parece haber cedido espacio, hablar desde otro lugar, desde lejos”. La nieve aísla de forma breve pero segura durante un momento. A donde quiera que uno mire, los copos dibujan un paisaje moral del espíritu. Después hay que asomar la cabeza, respirar, volver al mundo. Lo milagroso no se revela todo el tiempo. Entre incontables“Navidades verdes” destellan apenas un par de “Navidades blancas”. Insisto: la nieve es un milagro, por definición, raro, extraordinario y maravilloso. Ni siquiera importa que nunca alcance a experimentarse el milagro. La fe tiene valor en sí misma. Lo sabía bien Friedrich Hölderlin, quien pensaba al ser humano como un ser mutilado, expulsado del paraíso, pero siempre esperanzado en el retorno de lo divino: “Nah ist/ Und schwer zu fassen der Gott./ Wo aber Gefahr ist, wächst /Das Rettende auch”.

Y como todo milagro, es imposible reproducir una nevada de forma artificial. Lo captó bien el cineasta Federico Fellini, quien, en la Dolce Vita (1960),expone en tono sombrío la desilusión y miseria que se posan sobre una multitud histérica que había esperado en vano durante la noche a que ocurriera un milagro incitado por niños astutos. El equivalente son los paisajes de poliestireno o los aerosoles con “nieve artificial”: milagrerías que truecan oro por latón –contra la inquina de poseer la belleza a la fuerza previene alguna excelsa escenificación de El anillo del Nibelungo–. Con lo que sí es legítimo –y hasta obligado– conmoverse es con el gesto de quien hace un recorrido incansable hasta las cumbres nevadas: unos viajan al Himalaya, otros se apresuran a visitar los bisontes en Białowieża –pasan las noches bebiendo un licor de centeno con hierbas amargas, calentándose en el lomo del animal menesteroso, mientras los lamentos del vientre eviscerado resuenan en el valle desolado; comparten el pan con manos temblorosas, acurrucándose bajo el pelaje nevado–; y algunos más peregrinan al Brocken para escarbar en la nieve restos de la Noche de Walpurgis… polvo electrificado, maldecido, partículas que vuelan, revolotean como urracas y brillan al despegar. Hay almas que están condenadas a vivir en montañas nevadas, eremitas en perpetuo contacto con lo sagrado. Y también esto tiene sus riesgos: así como las figuras barrocas de santos quedan chamuscadas por el contacto incesante con la devoción expresada en velas, Tántalo, Ícaro o Prometeo acabaron los días insolentes con castigos dolorosos.

El milagro, como fenómeno cultural, ha acompañado siempre al ser humano. Y es que, así como parece un sinsentido imaginar una vida sin la posibilidad de la nieve, también suena a disparate decir que lo sagrado es una esfera desligada de la existencia humana; cada detalle de la naturaleza está transido de sustancia milagrosa, dolorosamente entremezclada con la imagen del hombre. Pese a todas las maravillas es imposible retener la nieve “para siempre”. Hace falta siempre la distancia para apreciarlo: la vida taimada, rutinaria, alejada de los exabruptos. “La felicidad que nos procura”, dice Menchu Gutiérrez, es tal que, para hacerla nuestra, para convertirla en eterno presente, creamos estuches para sus prodigiosos cristales; encapsulamos la nieve en bolas de cristal; construimos mundos en miniatura para alojarla, para inducir sueños a plena luz del día”. Yo lo intenté en Hamburgo, saliendo del mercado navideño y “hablando de amor de una forma tan etérea que incluso los copos de nieve pedían perdón”; insistí en la Selva Negra, mientras me abría camino entre leñadores arrodillándose en las cruces de términos; reincidí en Heidelberg, durante el primer semestre de la maestría, mientras las botas se hundían en una ciénaga blanca; y todavía dediqué algunas fuerzas a la empresa en Reikiavik, queriendo conservar una aleación de cabellos dorados con ojos de un azul tan profundo que ni siquiera reclamaba el descanso de los párpados, y uno a uno todos los cristales de hielo se me escaparon de las manos. Sin embargo, en retrospectiva, todo aparece iluminado con un resplandor que no dudaría en llamar milagroso, igual que si hubiera sucedido en el ámbito onírico, y yo, sentado, de pie o tendido en una cama, no hiciera otra cosa que ver los copos caer plácidamente. Ese es el peligro de la vida, pero así es como debería ser: encuentros o paradas en las que colmar la sed de lo maravilloso, tal vez lo justo, nada más que lo suficiente para poder seguir caminando.

Las nevadas son apenas un cauterio, umbrales para despedirse, remansos para asimilar la belleza. Después de la nevada, la ciudad quedará unos días con rastros del milagro; pero poco a poco irá recuperando los tonos originales. El reconocimiento de la fragilidad humana se contempla con la nostalgia de lo efímero. Por eso marida la nieve tan bien las ruinas, cementerios, crómlech o iglesias de las pinturas de Caspar David Friedrich: ambos son testimonios del paso de la vida por la tierra. En “Primera Nevada” (Frühschnee 1828), un manto sagrado resguarda las estaciones aniquiladas, ciudades derruidas, cuerpos lacerados, almas muertas. La nieve se derretirá y la ruina acabará por derrumbarse, pero la glaciación temporal nos pone en contacto con la trascendencia. Pero no es un triunfo definitivo. Por eso Friedrich combina vegetación nueva y vieja, árboles jóvenes de rasgos bien definidos conviven con troncos vetustos: alegoría de muerte y resurrección.

Sin embargo, en retrospectiva, todo aparece iluminado con un resplandor que no dudaría en llamar milagroso, igual que si hubiera sucedido en el ámbito onírico, y yo, sentado, de pie o tendido en una cama, no hiciera otra cosa que ver los copos caer plácidamente.

Pero no se piense que con “milagro” me refiero a un truco bobalicón de felicidad inmediata; lo milagroso, en tanto relacionado a lo sagrado, tiene un aspecto profundamente perturbador y una presencia abrasadora. Rudolf Otto en Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios (publicada originalmente en 1917 como Das Heilige: Über das Irrationale in der Idee des Göttlichen und sein Verhältnis zum Rationalen) utiliza el término “numinoso” para describir la experiencia de lo sagrado, aquello que escapa a toda conceptualización y reconocimiento. Lo numinoso, piensa Otto, tiene algo de atractivo y fascinante que abarca la gracia, conversión o resurrección: mysterium fascinans; pero también ostenta la contraparte: mysterium tremendum, un temblor existencial ante la sensación de una omnipotencia incomprensible. ¿Y qué otra sensación podría desencadenar la tragedia de una avalancha? ¿Existe acaso desesperación más terrible que la experimentada por quien queda perdido en un mar de nieve, buscando en vano alguna referencia en una masa blanca y movediza? ¿A qué dioses malignos hay que encomendarse cuando una tormenta de nieve deja incomunicada una aldea lejana por meses? En la película Schindler’s List (1993), de Steven Spielberg, un grupo de trabajadores judíos es obligado a retirar la nieve para que un convoy de soldados de la SS pueda avanzar. La orquesta macabra de palas en movimiento, aciaga y fraccionada, queda interrumpida abruptamente cuando unos alemanes separan a un obrero manco de la fila por ser “doblemente inútil” y le disparan en la cabeza. La nieve acaba llenándose de sangre junto con la pantalla. Con menor dramatismo, pero igual intensidad emocional, hay algo siniestro en Los cazadores en la nieve (1565) de Pieter Brueghel el Viejo. Lo que a distancia segura parece una villa idílica reposando bajo la nieve, cobra tintes ominosos al acercar la mirada: sobre un lago congelado yace una sombra en posición fetal, ¿es un cadáver?, ¿murió por congelamiento?, ¿apaleado hasta la muerte por las otras sombras? En una esquina, una vieja parece arrastrar a otra sobre un trineo, ¿o se trata de alguna humillación pública? Y en el otro extremo, bajo el cielo agrisado, los cazadores desfilan con las lanzas descubiertas, acompañados por galgos espigados sedientos de sangre. Llegado a este punto, ¿alguien duda que la nieve sea, ante todo, un acto milagroso?

Autor

  • Actualmente cursa el doctorado en Filosofía política en la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, donde también realizó sus estudios de maestría. Es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y cuenta con estudios en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM. "—¿Qué es más precioso que el oro? —preguntó el rey. —La luz —contestó la serpiente. —¿Qué es más reconfortante que la luz? —preguntó aquél. —La conversación —respondió aquélla." - Johann Wolfgang von Goethe

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