El silencio de Kafka

Kafka tenía pedos. A esta conclusión puede llegar cualquiera que lea sus cuentos o una de sus novelas. Y los Diarios lo confirman: “…tendría que andar buscando un año entero para hallar en mí un sentimiento auténtico, y he de tener derecho a permanecer sentado en mi sillón, en el café, hasta altas horas de la noche, torturado por las ventosidades de una digestión que es mala a pesar de todo, frente a una obra tan grande.” Vaya que tenía pedos, ¿pero cambia en algo la lectura de sus obras una vez que lees esto? ¿Cambia algo una vez que te enteras de que se le dificultaba relacionarse con las mujeres, odiaba su trabajo, se sentía abrumado frente a la figura de su papá, detestaba el ruido de la casa, simplemente no podía dormir aquejado por un insomnio infernal o se pasaba horas en un café torturado por una mala digestión? ¿Vale la pena enterarnos de las intimidades de los grandes artistas? Si eso es lo que buscas al leer, en este caso, los diarios de un escritor enigmático como Kafka, me adelantaré a arruinarte la historia: además de los traumas ya mencionados, la vida de este escritor checo de habla alemana parece simplemente la búsqueda desesperada de un artista por deshacerse de esa carga expresiva que lleva dentro. Eso es todo. Una necesidad apabullante de plasmar por escrito ese mundo nebuloso que lo atormentaba interiormente. No tienes que leer el libro, ya te hice la chamba. O, si todavía quieres saber más, te adelanto que se comprometió dos veces, pero nunca se casó, que le dio tuberculosis y se murió relativamente joven y que le desagradaba casi todo lo que escribía, incluido ese relato magistral que todos conocemos, La metamorfosis.

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Gerhard Richter, Bombarderos, 1963, Wolfsburg, Städtische Galerie Wolfsburg

¿Qué más quieres saber? No hay nada más. Si lo que quieres es conocer detalles curiosos de la vida de este hombre, creo que eso es todo lo que hay; además, todo lo puedes encontrar en Wikipedia. Bueno, ¿era al menos una especie de profeta o visionario? Tal vez. Veamos este pasaje en el que pronostica su muerte con gran precisión: “Pero difícilmente llegaré a los cuarenta; así lo indica, por ejemplo, la tensión que se me pone a menudo en la mitad izquierda del cráneo.” Catorce años después de haber escrito eso, murió exactamente a los 40 años de edad. Y, sin embargo, en la lectura de sus diarios una curiosidad como esta no importa en lo más mínimo, porque lo que realmente anonada es su escritura, esa fría y extraña forma de narrar, que raya en lo místico. En el pasaje anterior, por ejemplo, describe esa sensación en el cráneo con la minuciosidad y el detalle de un cirujano de las letras. Él describe un hecho y el lector es el que se queda con la duda inmensa de sus implicaciones.

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Franz Kafka, Diarios, España, Tusquets, 2010

Porque en estos Diarios, por paradójico que parezca, no vas a encontrar explicaciones ni grandes introspecciones, sólo silencios, silencios aterradores. Nada de interpretación psicoanalítica, nada de largos soliloquios iluminadores o arrebatos estilo Shakespeare. Nada de eso. Me atrevo a decir que “nada” es la palabra más repetida en las más de 300 páginas de este libro; un breve ejemplo: “…cómo podría uno, no siendo más que una nada, entregarse de un modo consciente a la nada, y no sólo a una nada vacía, sino a una nada rugiente, cuya nulidad sólo consiste en su incomprensibilidad.” ¿Y, entonces, acaso vale la pena leer un libro que no te dará nada de lo que esperas de un libro? Dejaré que una imagen y una evocación que esta imagen despertó en mí respondan a esa pregunta: Kafka nos narra, el 19 de enero de 1915, en primera persona, la visita de unos amigos que se sorprenden cuando encuentran una espada, de la que sólo asoma la empuñadura, enterrada en su cuello y que penetra toda su espalda, sin derramar una sola gota de sangre o mostrar una sola fisura en la piel. Esta fría y extraña forma de narrar, que raya en lo místico, me recordó la historia, retratada en tantas pinturas y esculturas que representan esa devoción católica a la Virgen de los Dolores, de María, la madre de Jesús de Nazareth, a la que el profeta Simeón le anuncia una visión de su futuro: “¡Y a ti, una espada te atravesará el alma!”. ¿Existe una imagen más poderosa que una espada que te atraviesa el alma y no te mata? Los Diarios de Kafka están llenos de descripciones del estilo, narraciones realmente sublimes en su sencillez misteriosa, pasajes que parecen la sombra de una espada que se blande con la maestría de un genio. Esa sombra puede ser el silencio de su vida. Termino retomando la pregunta, ¿vale la pena leer este libro? Y la dejo en el aire.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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