El pueblo bueno y sabio

De las marchas y protestas por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la imagen más vívida que quedó en mi mente es la de las multitudes en el Zócalo que se congregaban alrededor de unas enormes letras de fuego que decían: FUE EL ESTADO. Recuerdo sentir una extraña conmoción viendo esas imágenes, un sentimiento que oscilaba entre miedo y ansias animales de rebeldía. Como el niño en la escuela que ve que, en ausencia del maestro, el caos se empieza a desatar y se debate entre unirse al creciente frenesí o resguardarse al amparo de la autoridad. La historia del siglo XX nos deja suficiente evidencia de autoritarismos estatales que se impusieron por medio de la violencia y la manipulación: el fascismo encarnó al pueblo en la figura del líder carismático, los Hitlers y los Mussolinis, y el comunismo, por medio de la revolución, se hizo del poder para imponer un gobierno todavía más fuerte y opresor, los Stalins y los Maos. Conocemos claramente el peligro de un Estado todopoderoso y hasta resulta chic mostrar desprecio hacia la idea de gobierno, todo, obviamente, desde la seguridad de nuestras vidas citadinas y acomodadas. Sin embargo, me parece que creer que la amenaza más seria a nuestras libertades proviene sólo por parte del Estado es una simplificación muy peligrosa que nos hace ciegos al enemigo de verdad: nosotros mismos; para ser más específicos, nosotros mismos como masa estúpida y desenfrenada.

Eugene Delacroix, La libertad guiando al pueblo, 1830, París, Musée du Louvre

Mijaíl Bulgakov es el ejemplo de un escritor que sobrevivió a un régimen inmiscuido en todos los aspectos de la sociedad, desde la economía hasta el arte, pasando, como bien sabemos, por las almas humanas mismas. Pero si logró esto sin convertirse en un panfletario al servicio del régimen soviético, lo hizo también a costa de su fama en esta vida: su obra más conocida, El maestro y Margarita, sólo pudo ser publicada más de veinte años después de su muerte. En Los huevos fatídicos, Bulgakov narra la vida de un científico en una sociedad rusa altamente desarrollada; veamos, con un breve pasaje, qué espectáculo tan horrendo nos presenta una sociedad así, saturada de luces artificiales, ruido y tecnología horrorosa: “El pasaje Teatralny, el Neglinny y la plaza Lubianka ardían en franjas blancas y violetas, llovían rayos, aullaban las señales, se arremolinaba el polvo. Un gran gentío se apelotonaba en las paredes, junto a las enormes páginas de anuncios iluminadas por reflectores rojos deslumbradores”. El protagonista de esta historia, un profesor de zoología de nombre Pérsikov, se dedica afanosamente al estudio de reptiles, anfibios y todo tipo de herpetos. Como casi todo gran descubrimiento científico, el profesor Pérsikov encuentra, por azar, la manera de acelerar, por medio de un aparato hecho de espejos y haces de luz, el desarrollo de los seres vivos. Inmediatamente se vuelve famoso y recibe la visita de representantes del gobierno que buscan usar su maravilloso invento para combatir la escasez de huevos de gallina, escasez provocada por una extraña enfermedad que exterminó a todas las aves del país.

Mijaíl Bulgakov, Los huevos fatídicos, España, Nevsky, 2016

Los empleados del gobierno, resulta innecesario decirlo, son descritos como estúpidos, ignorantes e ineptos, y uno de ellos provoca una catástrofe de dimensiones épicas, que dejaré a la imaginación del lector. Mientras el gobierno y el ejército se encuentran enfrascados en la defensa de la nación, las masas alocadas y sin freno buscan culpables de la tragedia… Y llegan, inevitablemente, al Instituto Estatal no. 4, donde el tranquilo profesor Pérsikov tiene su laboratorio y realiza sus inocentes experimentos… Esta novela satírica y de ciencia ficción es, claramente, una crítica a la idiotez bestial del Estado, idiotez que nosotros, seres humanos moralmente superiores y democráticos, conocemos muy bien. Pero si uno mira con un poco más de profundidad, esta novela revela que el Estado no es el mayor de nuestros peligros, revela que el enemigo de verdad es, más bien, esas masas estúpidas y desenfrenadas que, en la búsqueda de culpables, no dudan en matar a un pobre profesor de zoología y sus tiernas ranas de laboratorio. FUE EL ESTADO.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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