El niño del tambor

Por Alfonso Gómez Arciniega*

Yo quisiera poner a tus pies

algún presente que te agrade, Señor,

mas tú bien sabes que soy pobre también

y no poseo más que un viejo tambor

ropopon pon, ropopon pon…

Cuando tenía siete años, todos los miércoles recorría con mis compañeros, en filas de tres columnas, la distancia desde el salón doce –ubicado estratégicamente junto a la dirección escolar– hacia el “salón de usos múltiples” para asistir a una clase de “apreciación artística”. En la mano llevaba un Cancionero para niños –un devocionario que mi madre había engargolado religiosamente, forrado con plástico y rotulado con mi nombre en su inconfundible letra cursiva–. La clase era responsabilidad de una pareja de músicos: ella tocaba el piano; él nos dirigía con un movimiento de manos que traslucía el compromiso irrenunciable con la disciplina. Conforme se acercaban las vacaciones de invierno empezábamos a ensayar villancicos. Los días se tornaban nublados y fríos. De pronto me veo sentado de nuevo en aquellos bancos corridos de madera y los recuerdos empiezan a murmurarme imágenes lejanas. Recuerdo mi álbum con cromos de futbol; recuerdo a mis  compañeros: “X”, quien, después de robarme arteramente una colección de estampas, recogió del piso ajedrezado del salón un “cara de niño” (Stenopelmatus) y lo introdujo por el cuello de la camisa azul de deportes a “Y”; recuerdo al prefecto “Z” recorriendo las aulas para entregar menciones honoríficas, el bote de la ropa perdida del patio con los espiros, las formaciones castrenses, los villancicos, el maquinista degollado, el niño del tambor, palabras omitidas, astillas clavadas…

Detalle de Bartolomé Esteban Murillo, Niño espulgándose, 1640-1650, Museo del Louvre, París

Pienso en esto mientras releo las páginas de Die Blechtrommel (El tambor de hojalata), la epopeya picaresca de Günter Grass. Leí el libro en la traducción de Carlos Gerhard en mayo de 2007, como indica la primera página del ejemplar que sostengo en mis manos. Sobre el fondo blanco de la cubierta aparece un dibujo a tres tintas: dos manchones azules forman los ojos, pinceladas rojo escarlata insinuan un tambor y brochazos negros van perfilando una figura de candorosa rusticidad, que evoca los trazos de un niño en la pared o los bisontes temblorosos de algún homínido.

(Antes de seguir es necesaria una confesión de parte: haya yo admirado al escritor Grass, el activista Günter no goza de mis simpatías. No lo digo por aquel delirante “poema” sobre el rearme nuclear de Israel titulado “Lo que hay que decir” (Was gesagt werden muss) o por su controvertida participación en las Juventudes Hitlerianas, sino por la arriesgada militancia del escritor comprometido, la suficiencia del acólito que divide al mundo en bandos inequívocos, que se regodea con poses admonitorias y se introduce en el terreno cenagoso de la industria de los premios editoriales. Mi desencanto con el poster child de la socialdemocracia con boina y pipa, que se volvió la “conciencia moral de Alemania”, se alimenta, además, de cierto eurocentrismo que intuyo en la polémica con Mario Vargas Llosa. No soy quién para juzgar sus vaivenes políticos. La insistencia en una “memoria oficial” me molesta más, porque encuentro ahí, palpitante, el mismo frenesí iconoclasta que obliga a retirar monumentos, rebautizar calles, cancelar obras de teatro. Hay algo peor. El afán geométrico por diseñar la Alemania perfecta desertifica los mundos del niño que se admiraba de la complejidad humana. Pero nada de esto me impide disfrutar al escritor que nos ha regalado páginas inundadas con el aroma a repollo hervido, la textura de las cáscaras de cebolla, las curvas de la caligrafía Sütterlin, la visión de los campos de patatas en Danzig al amanecer, el rumor de las aguas bálticas con rodaballos, el ámbar de los comerciantes de Memel… un deslumbrante bodegón con objetos que murmuran historias interminables. En las estampas que plagan la producción literaria de Grass se adivina la curiosidad con la que el niño miraba la Virgen de Dresde de Rafael o el Amor de Caravaggio en un álbum que había recibido como regalo de Navidad. En su vasta producción literaria, el niño-escritor invita a tomar el catalejo para contemplar las interminables vacaciones de verano de la niñez, con gaviotas, Strandkörbe y brisa nórdica… Hasta que el mar empiece a convulsionarse y arrojar imágenes aterradoras: la destrucción de la iglesia de San Juan en Danzig, las virutas de aserrín de las muñecas destripadas por los SA en la juguetería del judío Segismundo Markus, la violación de su madre por soldados soviéticos o el hundimiento del Wilhelm Gustloff… Una memoria infantil, con todas sus pesadillas, más fascinante que la del nobel moralizando a los adeptos de su imagen pública).

Günter Grass, El tambor de hojalata, Alfaguara, 2003

La fábula, luminosa y terrible a la vez, del niño que se resiste a crecer comienza con Ana Bronski –abuela de Oscar–, quien, mientras se encuentra en un campo de patatas, acepta que José Koljaiczek, incendiario prófugo de la policía rural, se esconda bajo sus “cuatro faldas color patata”. La historia sugiere que José mantuvo relaciones sexuales con Ana, hecho en el cual es concebida Agnes, la madre de Oscar. José toma la identidad de un hombre ahogado, se casa con Ana y comienza un trabajo como empleado en un barco. Mientras trabaja, José conoce a alguien que conoce su pasado, entra en pánico y desaparece entre troncos flotantes. Agnes crece, se casa con Alfred Matzerath y juntos abren una tienda de ultramarinos (Kolonialwarengeschäft). Aquí comienza la historia de Oscar. Al nacer, ve cómo una mariposa revolotea alrededor de una bombilla encendida. Agnes le promete entonces que, en su tercer cumpleaños, le comprará un tambor de hojalata. Cuando Oscar recibe su tambor rojo y blanco, éste, convencido de que su apariencia a los tres años es ideal, decide detener su crecimiento. A partir de ahí sigue un espléndido mosaico de Danzig en la primera parte del siglo XX, cuya tesela más brillante evoca el drama que significa abandonar la niñez. Y es que, por mucho que se piense en ello, nadie está preparado para envejecer, para quedarse cada vez más vulnerable, solitario. Soplamos velas de cumpleaños y pensamos que nos quedaremos siempre igual. Pero no es así. De pronto comenzamos a hablar de rostros borrosos en algún lejano salón de clases y descubrimos con sorpresa que ya ni siquiera recordamos los nombres. Uno querría tomarse la vida como Oscar, quien contempla cómo sucede todo por primera vez; puede acertar o equivocarse, pero todo deja tras de sí la estela milagrosa del descubrimiento: aprender a formar palabras, descubrir la magia de las sensaciones táctiles, mantener el equilibrio con los pies. Pero ya no es posible. Y entonces el mundo empieza a poblarse de remordimientos, frustraciones y desilusiones. A veces, las sombras regresan con uniforme de la Schutzstaffel (SS), pero ni siquiera necesitan adquirir contornos definidos para asustarnos. Lo peor es que ya no es posible remediar nada. Esa desesperación se adivina en la torpeza del escritor de Lubeca cuando, hacia el final de sus días, se pregunta por qué Alemania no pudo reinventarse –“se veía tan fácil todo en los años sesenta” –. Por eso siempre será mejor volver a la niñez, escondernos debajo de la falda de esa matrona de Danzig que pelaba patatas en una cocina con aromas familiares. Le podemos reprochar a Grass cualquier cosa de su atribulada biografía pero ¿quién tiene el valor para reprocharle el horror que le provocó abandonar la niñez?

*Alfonso Gómez Arciniega actualmente cursa el doctorado en Filosofía política en la Ruprecht-Karls-Universität Heidelberg, donde también realizó sus estudios de maestría. Es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y cuenta con estudios en Lengua y Literatura Modernas Alemanas en la UNAM.