El inamovible discurso del presidente de la República

*Escrito por Benjamín Castro Martínez

Andrés Manuel tiene un imán: apenas se pronuncia, atrae hacia sí comentarios y especulaciones de toda índole. No es tan relevante lo que diga, sino que lo haya dicho él. Así sucede desde hace años y el desconcierto en torno a su persona genera tantos detractores como seguidores. El discurso de AMLO ha pesado en la política Mexicana más allá de los cargos que ha ocupado y de su actual envestidura como presidente.

Andrés Manuel López Obrador

Lo sorpresivo no son sus declaraciones, sino que éstas nos sigan sorprendiendo. El actual presidente ha sostenido un discurso homogéneo durante los últimos veinte años y nunca ha procurado ocultarse en sus palabras. Todo está escrito con implacable claridad en sus libros (particularmente en el más reciente, “2018: La Salida”), en sus discursos, y en el Proyecto de Nación de MORENA. Aquello que defiende se condensa en tres proposiciones fundamentales, internamente coherentes y simples:

En el país se vive un drama, una lucha de buenos contra malos. Para el presidente, los dos bandos están divididos por un único criterio: la honestidad. La “mafia del poder”, ahora los “conservadores,” los enemigos a vencer, están mal en la medida en que no practican este valor. Llegaron al poder en 1982, su líder es Carlos Salinas (“el padre de la desigualdad moderna”) y están corrompidos: buscan el beneficio propio a costa de lo que sea y, en particular, de los más pobres. Mienten, roban, engañan vistiéndose con cuellos blancos… Si cambiaran, el país mejoraría en un santiamén. Los “buenos” son quienes marchan en la dirección contraria. Anteponen el servicio al pueblo a su interés personal, y se atreven a luchar frontalmente contra los deshonestos. Andrés Manuel nos quiere convencer de que él encabeza este bando, y que su espíritu combativo es la brújula que debemos de atender. El resto de la población es una espectadora incauta en este drama. Adormilados por falsas esperanzas, alejados de la arena, no nos queda más que apoyar a un equipo desde las gradas, es decir, seguir votando por MORENA y participar en los ejercicios propuestos desde la Presidencia, como las consultas.

El mal, si bien representado por individuos particulares, es sistémico e ideológico. Si la deshonestidad es el germen que disuelve el desarrollo nacional, ésta se ha valido de un disfraz inteligente para capturar a los ciudadanos. Su nombre es el “modelo neoliberal neoporfirista” y está incrustado en las instituciones. Bajo esta lógica, las reglas del juego democrático están diseñadas para que ganen unos cuantos y legitimadas en la falsa promesa de un desarrollo de arriba hacia abajo. En términos concretos, el modelo neoliberal es de desestatización y libre mercado, fusionado con relaciones de compadrazgo y competencia desleal. Mediante la privatización, leyes ad hoc, un “contratismo voraz”, la sobreexplotación y el tráfico de influencias. Esta “mafia” acapara la riqueza nacional. ¿Cómo llegamos a este esquema? El truco ha estado en el empaque en el que estos políticos han envuelto sus labores: el FMI, marchar conforme a los estándares internacionales, abanderar la legalidad de las adquisiciones empresariales, «profesionalizar» la burocracia y justificar todo con un ardid técnico. Y el resultado es siempre el mismo: ganan pocos, pierden muchos.

Existe un antídoto contra todo mal y tiene la siguiente fórmula: “la simple moralidad y algunas pequeñas reformas”. Andrés Manuel lo repite incansablemente: la honestidad es la solución a los problemas nacionales. ¿Cómo entenderla? Desde el gobierno implica actuar con austeridad republicana, eliminar los fueros y reutilizar el dinero no robado en obras públicas; en la población se manifiesta como una “revolución de conciencias” derivada de imitar a los nuevos gobernantes y de formar nuevos hábitos morales. Así, la llamada “cuarta transformación” no es tanto institucional sino de conciencias. La gran apuesta del nuevo gobierno es quitar (o reformar) a los deshonestos, predicar con el ejemplo y generar un efecto dominó sobre el resto de la población. Según esta lógica, ello generará un nuevo ánimo que, aunado a nuevos proyectos, levantará de los escombros nuestra cultura y nos pondrá, ahora sí, en las vías de un verdadero desarrollo. Así se explica su reiterada frase de hacer un equipo que sea “99% honestidad y 1% experiencia”. El presidente quiere invitarnos a una épica del desengaño, quizá aburrida, de salir de nuestro encierro y ver las cosas como son. Lo ve como una decisión de “sentido común”: gobernar es fácil.

«Antes no había estado de derecho, era un estado de chueco».

AMLO, EL 10 DE ENERO DEL 2019 AL DEFENDER LA LEY DE SALARIOS Mínimos.

Este es el discurso. Contrario a lo que muchas veces nos repetimos, un discurso no es solamente una “finta” que quiere distraer nuestra atención. Palabras huecas que no hacen más que distraernos del lugar importante. Junto a las acciones, modela el destino político. El lenguaje transforma y AMLO ha creado un discurso que ha permeado como pocos otros en nuestra historia reciente. ¿Sus acciones? Por supuesto, nos dicen el resto.

* Es director editorial de Mínimo Necesario y politólogo por el ITAM.