El gato de Iris Murdoch

Un gato se asoma por debajo de un coche. De pronto, sale de su escondite, se escabulle silenciosamente unos metros más allá y empieza a restregar su pelaje moteado contra la pared de ladrillo rojo. ¿Lo notaste? Eso es amor, nos dice Iris Murdoch. O, en palabras de Isabel a su cuñado Edmund, protagonista de The Italian Girl: “¿Ves ese gato? Hasta hace poco yo no lo podría haber visto. Ahora existe, está ahí, y mientras está ahí, yo no estoy; simplemente lo veo y lo dejo ser… Así es cómo uno, de pronto, es capaz de ver el mundo y de amarlo, así es cómo uno se sale de uno mismo”. Haciendo eco del pensamiento de Simone Weil, esa mística heterodoxa y peculiar que inspiró a Murdoch, podemos decir que amar es prestar atención y, por lo tanto, que amar tiene algo de llamado y algo de conocimiento a la vez. El amor es una especie de deber epistemológico, deber que cimbra a los personajes de esta escritora irlandesa heterodoxa y peculiar. Al leer sus novelas, tienes que prestar atención a las acciones de los personajes y a sus impulsos internos, tienes que prestar atención a las palabras sencillas y potentes del narrador, a la ironía, a veces devastadora, a veces graciosa, que rezuman sus situaciones dramáticas y disparatadas. El gesto más sencillo y sin importancia puede ser el fundamento del amor. ¡Tienes que prestar atención!

Image for post
Joaquín Sorolla, Paseo a orillas del mar, 1909, Madrid, Museo Sorolla

La historia comienza con Edmund, a mitad de la noche, llamando discretamente a la puerta de la casa de su infancia. No quiere despertar a nadie, no se atreve a incomodarlos. Han pasado varios años desde la última vez que estuvo aquí y sólo ahora que Lydia ha muerto ha decidido regresar. Lydia es la mamá de Edmund, quien incluso difunta está más presente que nunca. Su cuerpo inerte, como la matriarca de As I Lay Dying de William Faulkner, interpela al lector con la misma intensidad que Edmund, su cuñada Isabel, su hermano Otto, alcohólico y violento, o su sobrina Flora, bella y aparentemente inocente. ¿Quién más aparece en esta historia? Ah, sí: David Levkin, un joven ruso de origen judío, aprendiz de Otto en el arte de la escultura; Maggie, la sirvienta italiana; y Elsa, la hermana de David, que inmediatamente atrapa la atención de Edmund con su comportamiento excéntrico y su manera sensual y desquiciada de andar por la vida.

Image for post
Iris Murdoch, The Italian Girl, Nueva York, Open Road, 2018

Edmund sólo quiere cumplir con las formalidades del velorio, averiguar si Lydia dejó un testamento, platicar con Flora, su querida sobrina, pero pronto empieza a desenterrar secretos terribles, a experimentar emociones inesperadas y a descubrir realidades insólitas. Así es, pronto se vuelve consciente del deber epistemológico del amor y, como consecuencia ineluctable de ello, empieza a sentir más, a sufrir, a ver más. Y así es cuando uno ama: uno se vuelve más vulnerable. Cuando uno ama, es inevitable ensuciarse las manos, porque la realidad es incómoda, molesta y macabra. Por eso nadie se atreve a hacerlo, por eso la mayoría se conforma con los remedios falsos contra el “mal de amores”: el placer ciego, el sentimiento fácil, el estatus, la dependencia, la autonomía hueca y artificial. Para Iris Murdoch, atea que a causa del Alzheimer murió sin recordar las novelas que escribió, el amor era la realidad misma y el deber ineludible de enfrentarla. Una sociedad que rehúye de las dificultades del amor es una sociedad que busca refugio en la irrealidad. En uno de sus textos filosóficos, llena de clarividencia e ironía, Murdoch menciona cuál es el principal refugio al que acuden estas sociedades cobardes y desencantadas: “Es mucho mejor confiar en ideas utilitarias y existencialistas, simples y populares, añadirles un poco de psicología empírica y quizá algo de marxismo docto, para tratar de que la raza humana vaya tirando”. Utilitarismo, existencialismo, psicología simple y marxismo docto, en una palabra, ideología. En ese pasaje, Murdoch está hablando de las soluciones fáciles que la posmodernidad ofrece a las viejas preguntas filosóficas sobre el bien, la verdad y la belleza. Resulta evidente que la ideología nos ofrece el mejor escape de la realidad. Y si la realidad es amor y el amor es realidad, la ideología es el antídoto perfecto contra el amor. La ideología es el opio de los pueblos. Pero bueno, no quiero quitarte más minutos de tu valioso tiempo. Espero que hayas llegado hasta aquí y no te hayas rendido a mitad del camino, espero que hayas prestado atención. Volteas a la pared de ladrillo rojo en busca del gato, pero no: el gato ya no está ahí.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

Comparte

Debes ser identificado introducir un comentario.