El diario de Faustina

Estuve poco más de tres horas en el infierno. Todo empezó como a eso de las 3:30 de la tarde, última vez que saqué mi celular para ver la hora y los números se derritieron como plomo líquido y se escurrieron pesadamente por la pantalla. Como a las 7 fui regresando lentamente a la conciencia de mi cuerpo, sentado en una banca de esas que hay en el camellón de la calle Ámsterdam. Me dolía el cuello y cada respiro era un alivio celestial. Escuché la voz de otro amigo que no le había entrado al maldito “panqué mágico” y por fin sentí la paz de encontrarme en esta vida, de no estar condenado para toda la eternidad. En ese entonces yo no era creyente; incluso durante varios meses seguí explicando esta experiencia con los dogmas básicos y de fácil uso que cualquiera maneja: sólo fue una alucinación resultado del consumo de drogas, todo está en la mente, la religión es una ilusión colectiva impuesta por una casta de sacerdotes codiciosos y pederastas, la religión es el opio del pueblo, bla, bla, bla. Mi intención ahora no es refutar ninguno de estos dogmas, que, como todo dogma, es irrefutable por definición. No escribo yo un tratado de apologética. Sólo quiero relatar una experiencia y señalar una conexión, una simple conexión.

Una fábula, El Greco. Hacia 1580. Óleo sobre lienzo, 50,5 x 63,6 cm. Extraído de https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/una-fabula/2c69097b-fa49-4fe9-8cf5-8b5bda2baf61

En los días después de mi estancia en el infierno me vinieron a la mente las experiencias y visiones reportadas históricamente en la literatura cristiana. Recordé el famoso pasaje de santa Teresa de Ávila en su Libro de la Vida, 32, en el que narra cómo de pronto se halló en “una concavidad metida en una pared, a manera de alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho.” Más allá de las discrepancias físicas del lugar descrito y el lenguaje rebuscado de la santa, tan extraño para un lector moderno, encontré una similitud escalofriante entre su narración y la experiencia ridícula que me mantuvo tirado y llorando a gritos en las jardineras de la colonia Condesa, esa colonia tan nice: santa Teresa describe un “fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es.” Pasaron varios meses, escuché arrobado la cantata BWV 106 de Bach, visité la Sagrada Familia de Gaudí, mi exnovia pulverizó lo que me quedaba de corazón y renuncié a un buen trabajo en la Secretaría de Energía; en resumen, me convertí al catolicismo. Pedí un libro por Amazon, el diario de una monja polaca que murió en 1938, y me topé con el siguiente pasaje: “Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento… es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual” (741).

Santa María Faustina Kowalska, Diario, Estados Unidos, Marian Press, 1996

Otra vez el fuego, tres veces el fuego: en el relato de la famosa santa española que vivió en pleno Siglo de Oro español, en el de la monja polaca que murió poco antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial y en el del pobre diablo que se comió un panqué malignamente verde y sulfuroso en la Ciudad de México. He ahí la conexión, una simple conexión. Ahora una reflexión apresurada: como dice Wittgenstein en su colección de aforismos, Cultura y valor, el concepto de infierno no puede llevar a alguien a adoptar una postura ética o religiosa, no mueve a nadie a la conversión; una idea así de terrible sólo puede generar “desesperación o incredulidad”. Bajo esta luz se entiende la extraña paradoja de que el Diario de santa Faustina, con sus más de 700 páginas repletas de sucesos extraordinarios y visiones infernales, es el diario de una mujer arrebatada por el amor de Dios, en el que no domina la ira divina ni el sufrimiento insoportable de la condenación eterna, sino la infinita misericordia de Dios. Terrible y fascinante paradoja.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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