Dos novelas pederastas

Ningún deseo es reprobable. Nadie puede ser juzgado por un pensamiento íntimo y secreto, por más depravado que sea, porque la maldad de una sola de estas imaginaciones nos haría merecedores de una tortura perpetua en la prisión más oscura y pestilente. Sólo las acciones pueden ser valoradas moralmente. En el caso del arte, la división entre lo implícito y lo explícito no es suficiente para determinar si se trata efectivamente de arte o de algo totalmente diferente. Intentaré aclarar a lo que me refiero: una novela puede narrar una violación, una película puede mostrar un caso de abuso sexual, pero cómo se presentan los hechos hace un mundo de diferencia entre si se trata de la descripción artística de un evento o más bien de una justificación del acto descrito. En otras palabras, en materia de arte no hay temas prohibidos: el juicio moral recae en la forma en la que se tratan estos temas.

Francisco de Zurbarán, Carnero con las patas atadas, 1632, Barcelona, Colección privada.

Desde la primera línea de Lolita el lector es raptado a un universo en el que toda consideración ajena a su arte, entre ellas cualquier consideración moral, palidece ante la fuerza poética de su prosa y el encanto seductor de su estilo: Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three on the teeth. Lo. Lee. Ta. No se tiene que ser un poeta para saber que la repetición armoniosa de los sonidos: las eles, esas tres efes, las eses, luego las tes y las pes, que nos llevan de vuelta a las eles y las tes del nombre de Lo-li-ta, son un truco genial que nos arrebata inmediatamente al ojo narrativo de un huracán. ¿Importa mucho que la tal Lolita, ese “fuego de mis entrañas”, sea una niña de 12 años? Por un lado está, entonces, el hechizo de las palabras; por otro, los motivos que pueden guiar a los personajes y cómo son presentados por el escritor. En Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann que narra, en apariencia, una situación similar, podemos ver una lucha interna en ese viejo escritor que se enamora de la belleza física de un adolescente de 14 años. Esta lucha desemboca en un sueño lleno de elementos dionisíacos del que despierta “enervado y tembloroso” y reconociendo que ahora, totalmente indefenso ante sus anhelos, que en un principio eran simplemente estéticos, “pertenece al demonio”.

Vladimir Nabokov, Lolita, Inglaterra, Penguin, 2011
Thomas Mann, Death in Venice, Estados Unidos, Dover, 1995

Más allá de si estos hombres llegan a materializar sus deseos, o para decirlo sin perífrasis ni disfraz alguno: si estos hombres llegan a tener relaciones sexuales con los objetos (sujetos) de su deseo, es claro que en un caso hay un combate moral y en el otro no. Para el personaje de Mann hay una fuerza que finalmente lo rebasa, pero que no por eso deja de reconocer como maligna; para el de Nabokov, en cambio, hay sólo una contienda lingüística de la que puede salir victorioso con sofismas y arrebatos de elocuencia falaz: “No soy un criminal psicópata sexual que se toma libertades indecentes con un infante… El violador es Charlie Holmes; yo soy el terapeuta”, dice en la segunda parte de la novela. Llena de referencias a la mitología griega, Muerte en Venecia es a veces un tratado de estética, a veces una puesta en escena de la filosofía de la primera etapa de Nietzsche y a veces el relato de un hombre acosado por un deseo que lo toma por sorpresa. Lolita es siempre la historia de un hombre que tiene miedo de ser descubierto por la sociedad, no porque crea que sus acciones están mal en sí, sino porque esto significaría el fin de esa relación idílica con la menor de edad, relación de la que se regodea con falsa modestia y que es a todas luces perversa. Me pregunto si no estaré alentando, al escribir esta reseña, a que el lector mismo se pierda en ese mundo de depravación que Nabokov retrata con una habilidad verdaderamente diabólica. Por eso seré explícito y directo: Lolita es una aberración, Muerte en Venecia es una buena historia narrada con una prosa elegante. Las cosas como son.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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